Mini jobs, máximos descontentos: Por qué la extrema derecha conquista los votos de la Europa empobrecida

24 de febrero de 2025 19:48 h

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Este domingo toda Europa miró a Alemania conteniendo el aliento para frenar a la extrema derecha más radical, el AfD, liderado por Alice Weidel, que a pesar de la campaña internacional en su favor liderada por Elon Musk no logró convertirse en primera fuerza, ni tampoco pudo deshacerse del cordón sanitario impuesto por el resto de fuerzas encabezadas por el conservador Friedrich Merz, el líder de la coalición ganadora CDU/CSU.

El auge de los populismos y de la extrema derecha no es un fenómeno aislado, en el actual Parlamento Europeo ya hay hasta cuatro grupos diferentes que integran en su seno a diferentes sensibilidades, desde partidos autoritarios, populistas de derecha radical o antiliberales como Europa de las Naciones Soberanas, grupo parlamentario en el que se enmarcan los alemanes AfD junto con parte de la Confederación Polaca y eurodiputados búlgaros del partido prorruso Renacimiento. Si observamos qué une a los países en los que crece tanto la extrema derecha populista, vemos que todos tienen un denominador común, una creciente desigualdad agravada por medidas de austeridad, acrecentado por una crisis de representación democrática y por un debilitamiento de los partidos tradicionales por falta de modernización del sistema político. Veamos.

Entendiendo la desigualdad como el distinto acceso, propiedad y uso de los bienes y recursos que coexisten en una sociedad, se han evidenciado en los últimos años y, sobre todo, a partir de la crisis de 2008, las enormes desigualdades que con el boom económico habían sido camufladas entre el abundante trabajo, el crecimiento económico y la expansión del neoliberalismo. Alemania es un ejemplo de ello donde el 10% más rico del país concentra casi el 60% del patrimonio total y el 1% más rico cuenta con el 24%. En el lado opuesto, más del 15% de los trabajadores padecen pobreza salarial. Unos contrastes que han despertado un acentuado descontento social, especialmente en la zona oriental del país donde la riqueza es inferior y las condiciones laborales peores. Así, no resulta baladí que en este contexto partidos como la AfD se hayan lucrado del descontento a través de discursos populistas donde arremeten contra la inmigración, entre otros temas, lo que no nos resulta muy alejado del panorama político español.

Además, se da también una dinámica que no es específica del caso alemán y es la pérdida de confianza en los partidos políticos tradicionales, materializada a partir de una crisis de representación por factores como la falta de eficacia de estos ante las problemáticas sociales. Problemas como el aumento del desempleo, la desigualdad o la precariedad laboral que no son abordados con franqueza y que propicia la entrada de estos partidos de extrema derecha prometiendo un cambio.

Tras la crisis del 2008 y con el neoliberalismo consagrado como paradigma económico imperante, las medidas aprobadas por los Estados miembros no lograron escapar de esta línea de actuación consistente en una acelerada reducción del déficit público mediante medidas de austeridad y recorte. Con ello, la capacidad protectora del Estado en términos de cobertura y calidad de la prestación, menguó trasladándose en una reestructuración restrictiva del modelo del bienestar y alimentando aún más la desigualdad, que en 2022 para España se situaba en un Gini del 33%, tres puntos por encima de la media europea, y 4 por encima de Alemania. Esto se debe a que allá donde el Estado no llega, entran las prestaciones privadas que solo se encuentran al alcance de unos pocos provocando que las familias, en especial las mujeres, asuman cargas mayores, agudizando la brecha entre clases sociales.

La recuperación económica tampoco benefició a todos por igual, como se suele referir a menudo en prensa “los ricos son cada vez más ricos” y, en consecuencia, los pobres lo son cada vez más. Cuando hablamos de las consecuencias del modelo impulsado para salir de la crisis, no nos referimos solamente a una reducción del gasto público en materia de sanidad, educación, pensiones y seguridad social, dependencia o vivienda; los llamados pilares del Estado de bienestar, sino también al marco normativo del mercado laboral. Tras la salida de la crisis en 2014 se aumentó la temporalidad, la parcialidad y la creación de empleo de baja calidad, que en el caso alemán, se materializó en una segmentación del mercado laboral y en la creación de los llamados “mini jobs”.

Toda esta amalgama de políticas aplicadas consolidaron la desigualdad anterior a la crisis y la aumentaron de forma que sigue latente a día de hoy. Estas desigualdades, tanto económicas como sociales, generan malestar y operan como catalizador de la polarización política, síntoma del auge del populismo y de la extrema derecha.

El caso alemán es uno de los más paradigmáticos. Y esto no es mérito exclusivo de Hitler y NSDAP. Tras la Segunda Guerra Mundial, la extrema derecha no tardó en reorganizarse y permaneció latente en la política del país hasta el día de hoy, con algunos repuntes de popularidad fugaces y puntuales. Ahora, su presencia ya no pasa desapercibida. Si bien Alternative für Deutschland (AfD) no es el único partido alemán de “extrema derecha”, sí es el que más apoyo y espacio mediático ha logrado recabar. Desde su fundación en 2013, el AfD trató de desvincularse de la extrema derecha, acercándose más al liberalismo clásico. De hecho, una de las principales razones de ser del partido en sus inicios tenía que ver con su oposición a las políticas federales alemanas en el contexto de crisis de la eurozona y, más concretamente, a los rescates apoyados por Alemania para los llamados PIGS. No obstante, cuando en 2015 Frauke Petry tomó las riendas de la organización, la inmigración y el islam se convirtieron en temas estrella, al mismo tiempo que se predicó la necesidad de fortalecer las relaciones con Rusia. A grandes rasgos, esta misma línea el partido sigue en la actualidad bajo el liderazgo de Alice Weidel.

Este fenómeno no es exclusivo de Alemania. En España, donde el índice de Gini refleja una desigualdad superior a la media europea de 2022 -que es el 30%-, también se observa el fortalecimiento de formaciones populistas y de extrema derecha. El reciente respaldo de Elon Musk a Santiago Abascal como “próximo presidente de España” -a pesar de que su partido fue tercera fuerza con sólo el 12,38% de los votos en las elecciones generales de 2023- evidencia la creciente internacionalización de los movimientos derechistas y de sus redes de apoyo ultraconservadoras a través de redes sociales propiedad del magnate de X.

El panorama político europeo enfrenta así una doble amenaza, por un lado, la persistencia de desigualdades estructurales que generan malestar e incomprensión ciudadana de la situación global y de los grandes indicadores macroeconómicos y, por otro, la consolidación de alianzas transnacionales entre figuras de extrema derecha, magnates y broligarcas con inmensa capacidad económica y mediática.

El futuro de la democracia europea dependerá de la capacidad de los gobiernos para aunar fuerzas y abordar estas desigualdades mediante políticas que fortalezcan el Estado de bienestar así como del desarrollo de políticas de reindustrialización y fortalecimiento del proyecto europeo.

*Este artículo ha sido elaborado por el Equipo Panóptico formado por: Joana Silvestre Vañó, Llum Barberá Agustí, Saray Peñarubia Plaza y Danylo Titenko.