El tempo

0

El pasado 30 de julio se inició la entrada de una cantidad ingente de personas a Ceuta por su frontera con Marruecos, tanto desde tierra, caminando, como por el mar, nadando.

Muchos de los que lo intentaron murieron: posiblemente más de 140 personas.

Hoy, más de un mes después, gobierno y oposición siguen defendiendo sus posturas, sin escucharse y con un aumento desmedido de lenguaje soez, que en nada ayuda a solucionar el problema generado inicialmente con la avalancha de personas que entraron hace un mes y, en la actualidad, con el colectivo numeroso que todavía deambula por la ciudad de Ceuta.

Evito referirme a la vergüenza ajena que siento por los gobiernos que siguen utilizando a sus ciudadanos o súbditos, deshumanizándolos, como arma política de sus intereses. Mi reflexión se basa en mi experiencia como trabajador de los Servicios Sociales en el área del Menor, tanto como Psicólogo como Director de un Centro de Recepción.

La primera idea que hay que tener clara es que estas personas, todavía menores de edad, requieren mayor preocupación para proveerles de un cuidado y atención integral. Pero para ello, es previo que el análisis de la situación sea riguroso y profesional.

Y lo primero que observo en la discusión política actual es que se unifica a todo este grupo como un colectivo homogéneo (“extranjeros menores de edad”, cuando no, despectivamente, como MENA). Mi, experiencia, en cambio, me ha demostrado que no es cierto y no porque provengan de diversos países, sino porque su recorrido vital los hace diferentes. Diferentes en expectativas de futuro, diferentes en su capacidad de resiliencia, diferentes en sus capacidades y diferentes, también, en su conducta.

Una de las mayores preocupaciones que he tenido como profesional en la atención a la infancia y la adolescencia, cuando he podido tomar algunas decisiones, ha sido intentar no juntar a jóvenes de características incompatibles. A partir de los 13 y hasta los 18 años me he encontrado realidades no solo diferentes, sino difíciles para convivir, sobre todo cuando el Centro de Recepción ha estado saturado.

Cuando pienso en la juventud que ha cruzado a Ceuta, me preocupa sobre todo el “inicial triaje”, porque no solo se trata de buscarles un espacio donde estar, sino también un espacio donde puedan estar seguros. Y eso es muy difícil, aunque no imposible, si se ponen los medios necesarios (profesionales y físicos).

Sin conocer la particularidad de esos jóvenes, nadie los conoce de entrada, la primera precaución que se deberá haber tenido en cuenta es su separación por sexo, pero con eso solo tenemos una primera medida. Luego deberemos atender al género y a la manera como viven su sexualidad.

A continuación, los intervalos de edad han de ser muy pequeños: no podemos juntar a niños o niñas de 13 hasta los 16 años, porque no tienen (ni biológica ni psicológicamente) nada que ver: tal vez subgrupos de 2 años de diferencia puede ser una buena opción.

Pero la edad no configura, per se, la conducta. Personalmente, he atendido a niños de 13 años con un comportamiento disruptivo que suponían un peligro para el resto de compañeros e incluso para ellos mismos. Eso es muy importante, porque de lo contrario puedes provocar situaciones de violencia que se te escapen de las manos y, sobretodo, porque puedes estar consintiendo (aunque sea involuntariamente) situaciones de abuso hacia las personas más vulnerables.

La mayoría de personas jóvenes, migrantes, con las que he trabajado eran jóvenes que venían a trabajar y punto aunque muchos tuvieran unas expectativas de futuro muy elevadas, incluso irreales, a medio plazo.

Venían a conseguir un trabajo con el que enviar dinero a su familia, a veces, para que esta devolviera “el préstamo” que tenían en el pueblo, con los vecinos, con el resto de la familia. Han sido personas con una experiencia vital mucho más madura a la edad que tenían (se habían jugado la vida, literalmente, para venir), por lo que no se les podía tratar como niños-estándar. Si el trato era sincero y claro, su respuesta era buena. Algunos los he visto, años después, y seguían trabajando en lo que podían, pero tirando hacia adelante.

También he conocido a jóvenes con una mochila mucho mayor que ellos mismos, inseguros y violentos, que difícilmente dejaban que “entraras” en su vida. Venían huyendo… y seguían huyendo aquí.

Por ello, cuando el colectivo es tan numeroso como el que hay en estos momentos en Ceuta, estos jóvenes disruptivos, que en mi experiencia han sido muy minoritarios, pueden generar situaciones de alto conflicto si conviven en situaciones de gran densidad demográfica y no tienen satisfechas sus expectativas, que demandan imperiosamente, aunque muchas veces sus pretensiones sean irreales a corto o medio plazo.

Tengo que reconocer, en honor a la verdad, que pocas veces se han atendido mis demandas de diversificar los recursos en función de las características de los jóvenes que se agolpaban en mi Centro. Pero sigo pensando que mi razonamiento era válido: si quieres dar una respuesta profesional, adecuada a cada persona, no puedes aumentar la densidad de personas en un Centro ni desatender sus especiales características, porque a ellos no les ayuda y pueden generar conflictos añadidos.

¿Y en Ceuta?

Lo mismo. Y ahí es donde veo que se puede estar fallando: hacen falta muchos recursos, eso es cierto, como también lo es que la política (en mayúsculas) tiene que buscar el mejor bien común de las personas (los que estaban por derecho propio en su ciudad y los que han entrado de manera ilegal).

También es hacer política buscar los responsables que han originado esta situación. Y al margen de todo lo que se quiera argumentar, puede zanjarse con este comentario jocoso: si un ave tiene pico de pato, se mueve como un pato y grazna como un pato… ¡pues será un pato! ¿Se entiende?

Por último, afirmo que la intervención adecuada, rápida e integral que se reclama con aquellas personas que han entrado en avalancha no es incompatible con el trabajo riguroso, sobre todo con la infancia y adolescencia, para averiguar sus motivos, discriminando los que conviene que vuelvan a su país de los que demandan ayuda y deberíamos acogerlos, si nos consideramos una sociedad democrática y decente.

Y no es que no se esté haciendo nada… el problema son los tiempos en los que se ejecutan las medidas. Como decía un buen amigo mío, para que una sinfonía suene bien es preciso que se ajuste bien “el tempo”.

Pues eso.