València, ese oasis urbano inmaculado de turistificación
A pesar del vulgar y plebeyo rumor que campa por mentes simples, València —la misma, la de las flores, la de la luz, la del insuperable orxata— no alberga, ni ha albergado, ni albergará jamás, un solo apartamento turístico. Poseedor como soy de una perspicacia que raya en lo metafísico, tengo la prueba irrefutable, la Q.E.D. existencial, que sepulta tal patraña y de cuya procedencia nadie puede dudar: el Ayuntamiento de la dos veces leal Valencia del Cid. La mera insinuación de que existan tales alojamientos en nuestro sagrado término municipal es un bulo de la misma estirpe intelectual que sostener que la Tierra es un geoide errante por la inmensidad sideral, o que el clima se altera por la insignificante actividad de una especie —la humana— que ni siquiera es capaz de volver a doblar correctamente el plano de nuestra ciudad después de haberlo desdoblado. Y si no lo creen, prueben.
Vayamos, pues, por partes, pues la plebe necesita instrucción dosificada.
Desde hace algún tiempo, observo con la condescendencia que otorga el vivir en un barrio avant la lettre, cómo en el perímetro de mi residencia proliferan viviendas que presentan síntomas de una alarmante ausencia botánica en sus balcones. Estos, esos mínimos pulmones urbanos, carecen de la más mínima clorofila. Si acaso, si exhiben una flora eterna, e inquebrantable, es porque está hecha de un polímero que desafía las estaciones: esto es, el plástico. Un detalle menor, sin duda, pero como la colilla en un cenicero en el escenario de un crimen atroz podemos decir aquello que dijo un mal detective: “aquí ha fumado alguien”.
Este pequeño detalle no tendría importancia si no fuera porque paralelamente, con la llegada del estío, comienzan a florecer, colgadas hacia la calle con un primitivismo conmovedor, toallas de playa, práctica no admitida por nuestras inolvidables madres. Además, y he aquí la maravilla, estos mismos balcones parecen haber suscrito un pacto tácito de decoración low-cost: cada toalla viene invariablemente acompañada de una mesita plegable de dudosa estabilidad y al menos dos sillas de una marca sueca, famosa por sus manuales de instrucciones que parecen escritos en código rúnico “i-que-a” menudo exigen una destreza próxima a la del montaje de un reactor nuclear.
Mi curiosidad, ya de por sí exacerbada por tan pintoresco panorama y alarmentes detalles, alcanzó cotas de asombro antropológico al percatarme de los seres que deambulan por el área. Una heterogénea colección de bípedos de todo pelaje, altura y, sobre todo, anchura cuya fisonomía delata un origen remoto y exótico. Unos, procedentes de latitudes tórridas, exhiben una pigmentación epidérmica que tiende, con voluptuosidad, al ébano. Otros, huidos de gélidas tundras, presentan una palidez espectral que bien podría confundirse con una anemia galopante, de no ser por el rubor —casi exagerado— que les inflama las mejillas o el cuerpo entero bien por tras ingerir cantidades industriales de alcohol de baja calidad, bien por exponerse al sol valenciano en largas sesiones.
Estos especímenes humanos (sí, he convenido científicamente, que son “personas”, pues poseen, en esencia, los mismos atributos básicos que nosotros, los valencianos de pro) se distinguen por dos rasgos identitarios inconfundibles. El primero: su inseparable séquito de maletas con ruedas de un plástico duro, diseñado aparentemente para producir el máximo estrépito. El trac-a-trac rítmico contra baches, alcantarillas o, en el colmo del esperpento, contra los arcaizantes adoquines que algún edil, en un arranque de genialidad historicista, decidió implantar para dotar al barrio de un “je-ne-sais-quoi” de aldea medieval. Ignoró, el buen hombre (o mujer, pues desconozco su género y aún menos su sexo), que el adoquinado medieval no fue una elección estética de nuestros antepasados, sino la resignada aceptación de la ausencia de otro material, pongamos por caso, asfalto. Pero como me desvío de mi preocupación central en un lapsus que me lleva a los cerros de Úbeda, -lugar, por cierto, infinitamente más auténtico que este esperpento pero que nada tiene que ver con el asunto-, volvamos a mi argumentación
La segunda característica es su volatilidad existencial. Puede uno toparse con ellos en la verdulería, comprando tomates con la perplejidad de quien descubre un artefacto alienígena, o apiñados en mesas de pizzerías en un número que va de dos a cientos. Coincides un día, quizá dos. Luego, puf, se esfuman. Desaparecen sin dejar rastro, como un espejismo, y son inmediatamente reemplazados por otra cohorte de seres de pelaje y dimensiones distintas, pero ocupando los mismos lugares. La deducción lógica es obvia: o han desarrollado una fobia repentina al barrio, o han regresado a sus hogares de origen. La tercera opción, su desaparición natural o forzada, no llevaría a conclusiones que no quiero ni pensar.
Ante tal cúmulo de evidencias circunstanciales —balcones yertos o plastificados, muebles nórdicos o valencianos pero de imitación, desfile de maletas, metamorfosis humana constante—, mi mente privilegiada empezó a hilvanar una teoría. Una conexión casi causal. ¿Podría ser que estos se alojaran en… ¡pisos turísticos¡? La idea, lo confieso, me asaltó con la fuerza de un rayo. Decidí, pues, acudir a la fuente de toda verdad terrenal en la ciudad: el Ayuntamiento. Con la precisión de un cirujano, delimité mi consulta a una plaza concreta y sus aledaños, donde una veintena de inmuebles exhibían, de manera “fehaciente y estadísticamente relevante” (permítanme la auto cita), todos los síntomas descritos.
Y hete aquí la revelación, el momentum que separa al vulgo del iluminado, la intuición y la razón, la falsedad de la Verdad (así, con mayúsculas). La respuesta municipal fue de una claridad meridiana, un monumento a la lógica administrativa, un acto de racionalidad frente a una fake news: en esos casi veinte inmuebles en los que yo creí ver lo que no es visible, no hay, no ha habido, ni habrá, ningún piso turístico registrado. Y, en un alarde de rigor entre administrativo y científico, se me sugirió que, si persistía en mi ridícula sospecha, realizara un censo puerta a puerta, concediéndome así licencia para el allanamiento de morada.
Ante tan rotunda, inapelable e intelectualmente devastadora demostración de que los apartamentos turísticos en València son un mito, un fantasma, una quimera, no me queda más que rendirme a la evidencia. He decidido, en un acto de coherencia suprema, revisar todas mis creencias previas. Acepto, pues, que la Tierra es plana, que el clima cambia por las flatulencias de los dinosaurios (una teoría, sin duda, más sólida que la del COâ) y que, en efecto, València es una ciudad preservada en ámbar, inmune a las bajas pasiones del turismo masivo. Los turistas, claramente, son alucinaciones colectivas. Y sus maletas, el sonido de los renos de Santa Claus rodando sobre nuestros adoquines de cartón-piedra.