Sobre la difamación
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Odio y codicia, de la telebasura a las redes sociales, pasando por la política
El bulo del 'caso Bar España' y el rastro viscoso de la calumnia
Un peluquero alcohólico llamado Reinaldo Colás, incapaz de asumir su divorcio, se inventó una atrocidad para vengarse de su exesposa y acusó a su nueva pareja de abusar de las hijas pequeñas del matrimonio. Hizo para ello declarar en falso (como han reconocido en su declaración judicial, ya de adultos) a las niñas y a otros menores, que aparecían en grabaciones efectuadas por él mismo afirmando que habían sido víctimas de una supuesta trama de pederastas en el establecimiento de la carretera de Benicarló. Así empezó el 'bulo del Bar España' hace casi tres décadas. Un caso del que se celebra estos días el juicio ante la Plaza 3 de la Sección Penal del Tribunal de Instancia de Castellón. Se trata de un escandaloso montaje de difamación conspirativa alimentado en su momento por el indecente tratamiento televisivo del asesinato de las 'niñas de Alcàsser' –que fue durante meses carnaza de la telebasura entonces recién inventada en programas como el que conducía en Telecinco Pepe Navarro– para su posterior amplificación en el mundo digital a través de las redes sociales.
Lucas Marco ha explicado muy bien el proceso que llevó desde la colocación inicial de pasquines calumniosos en las calles de Benicarló, con acusaciones de Colás a su exmujer, a la exdirectora del centro de menores del Baix Maestrat y a una variada nómina de enemistades personales, hasta la compulsiva cacofonía de cuentas y mensajes creada por mucha mala gente en internet para dejar una estela tóxica en la que se implicaba en la supuesta red de pederastia a la jueza que desestimó la denuncia judicial del peluquero insidioso y, en un crescendo demencial, a personajes de la política tan dispares como Carlos Fabra, Francisco Camps, Gabriela Bravo o Mónica Oltra.
El fiscal Javier Carceller, que solicitó inicialmente hasta siete años y medio de cárcel, petición que posteriormente elevó, para los acusados –entre los que no se encuentra el peluquero, ya que falleció en 2017–, afronta, como ha explicado el periodista de elDiario.es, “la titánica y compleja tarea de hacer desaparecer los contenidos difamadores colgados en la red”, una empresa imposible dado que muchos contenidos han escapado al control de sus mismos autores. Estos últimos tienen condenas y antecedentes en la difusión de calumnias, como los conspiranoicos Pilar Baselga o Juan Lankamp Riaza; el autodenominado “un técnico preocupado” Ramón Valero Martín Consuegra, o Gabriel Hernández Serrano, del canal Las cloacas del sistema. Los difusores del bulo dicen ahora ante el tribunal estar “sinceramente arrepentidos”, pero la justicia exige que, más allá de las reparaciones económicas que correspondan, paguen penalmente por persistir en una maledicencia que pensaron gratuita en lo que atañe a su responsabilidad (apelan para ello en vano a la libertad de expresión) y que fue provechosa para captar audiencia y pedir aportaciones económicas en sus cuentas y webs.
Lo más preocupante, tal vez, es que el argumento del bulo es bien poco original. En Estados Unidos tuvo tanta vigencia el denominado pizzagate, entre la base de extremistas reunida bajo la etiqueta QAnon al amparo del movimiento MAGA (Make America Great Again) del actual presidente Donald Trump, que en diciembre de 2016 un tipo condujo desde Carolina del Sur hasta Washington con un rifle y abrió fuego en un restaurante en el que, según esa teoría conspiratoria, tenía su base una presunta red de pedofilia ligada a la candidata demócrata Hillary Clinton. Desde luego, fue condenado a cuatro años de cárcel, pero una vez más la calumnia, como una babosa, dejó su rastro viscoso en el ámbito digital.
Es cierto que no todos los casos tienen connotaciones políticas tan evidentes. El pasado 18 de octubre, la profesora de historia de la Universidad de Idaho Rebecca Scofield escribía un artículo en The New York Times titulado Una tarotista de TikTok me acusó de asesinato y destruyó mi vida. En él contaba que una mujer que echaba las cartas del tarot y que vivía a la otra punta de los Estados Unidos, en Texas, a quien no conocía de nada, la acusó incansablemente de ser la culpable del asesinato de cuatro estudiantes de su universidad incluso después de que fuera arrestado y condenado el verdadero asesino. La profesora, que ganó un juicio por la demanda que interpuso contra la tarotista, señalaba en el artículo: “Nadie necesitaba buscar las acusaciones en mi contra: el algoritmo de TikTok simplemente se las daba. El desplazamiento infinito, la reproducción automática de videos y los algoritmos depredadores dan a los espectadores los mismos niveles de dopamina que otras sustancias adictivas. Y con cada visualización, un creador se acerca más a conseguir patrocinadores o a recibir un pago de la plataforma”.
La difamación se alimenta del odio, la mayoría de las veces de carácter ideológico, y de la codicia. Uno de los ejemplos más brutales, que combina las dos motivaciones, es el de Àlex Jones, otro agitador que se mueve en el ambiente ultra del trumpismo. Desde el canal Infowars, con la intención de oponerse a quienes reclamaban una regulación de la venta de armas de fuego y, de paso, aumentar las ventas on line de los productos que promocionaba, sostuvo durante años con todo tipo de mentiras que el tiroteo de 2012 en la escuela de Sandy Hook (Connecticut), en el que murieron 20 niños y seis adultos, era un montaje. Acabó condenado a pagar a las familias de las víctimas más de 1.400 millones de dólares y declaró en quiebra la empresa pero sigue por ahí esparciendo bilis.
Suelo recomendar el documental de 2024 La verdad contra Alex Jones, que recoge el desarrollo de los juicios contra ese fulano, a quienes estén dispuestos a entender, no sin estremecerse, el clima de estulticia moral que el mundo conspiranoico de la extrema derecha es capaz de condensar. El espectador detecta en él muchos de los tics y las excusas mezquinas sobre “hechos alternativos” que pseudomedios, activistas y políticos ultras manejan habitualmente. Una monstruosidad que hay que evitar normalizar a toda costa.
La versió en valencià d'elDiario.es
El seguiment informatiu de casos de difamació com el de la faula del 'bar España', juntament amb altres notícies de tribunals, de política, societat i cultura, es publica en la versió en valencià d'elDiario.es. La pots llegir ací.
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