Los chistes sobre el cáncer no curan el cáncer, pero lo hacen transitable
En la íntima privacidad del cambiador de pacientes de la sala de radioterapia del Hospital Infanta Luisa de Sevilla se pegan cartas en las paredes. Tienen diferentes colores, formas y longitudes. Siempre son de agradecimiento: a técnicas, médicas, enfermeras o limpiadoras (por usar un femenino plural para un conjunto de profesionales de los cuidados muy feminizado). Aunque van dirigidas al personal, en realidad sirven más a otros pacientes: mensajes lanzados desde el pasado, como la luz de una estrella que llega hoy, pero que se emitió antes de que existiéramos.
Ese cubículo es “un lugar habitado por afectos”, como lo definió aquí Rubén Díaz, “donde el tiempo clínico queda interrumpido para dar paso a la experiencia compartida”. Las cartas dibujan un mapa orográfico, una cartografía de montañas y valles de los pacientes de cáncer. En ese hospital tienen cientos de ellas bien guardadas en archivadores.
Entre esas cartas, una llamó la atención de Felipe G. Gil, miembro de ZEMOS98 y mediador del proyecto Quásares. Venía desde la lejana galaxia de 2015 y la escribía Isabel. En ella comparaba a los profesionales sanitarios con los objetos celestes llamados quásares, “los más luminosos del universo”, como “un billón de soles”, una intensa luz que “de forma desinteresada y altruista que hace que la gente no se quede indiferente”. Esa es la chispa de inspiración de un proyecto de mediación entre pacientes, profesionales sanitarios y artistas que ha concluido con un acto en el CaixaForum Sevilla este pasado jueves.
Qué tienen las polaroids
Dice el fotógrafo Óscar Romero que lo que tienen las cámaras instantáneas, con la impresión rápida y automática de la imagen tomada, es que “no reflejan la belleza, sino las emociones”. Por eso, les dio unas cuantas de estas cámaras a pacientes oncológicos, esperando que de esta manera se revelaran sus sentimientos.
Los pacientes buscaban la imagen de aquello que se les aparecía como sanador: espacios, personas, momentos. Romero, en paralelo, realizó un ensayo fotográfico de “los quásares” de los pacientes —las personas en las que encontraban apoyo—, retratados a contraluz, envueltos en un poderoso halo.
Luisa, paciente oncológica que ha participado en este proyecto —impulsado por la Universidad Internacional de Andalucía (UNIA), Quirónsalud, Concomitentes y la Fundación Daniel y Nina Carasso, con la coordinación de ZEMOS98— explicó en la presentación cómo se había sentido al utilizar la cámara fotográfica no para crear recuerdos, sino como una herramienta artística: “Me ha ayudado a pensar que soy una hormiguita más del universo”.
Lourdes es otra de las pacientes que recibió la cámara Instax. Dice que al verla, se vino abajo, se dijo que no podría. Fue parecido a cuando, hace ocho años, perdió la visión por un cáncer cerebral. Pero, como una luz, apareció una idea en su cabeza: “No estoy sola”. Su compañero Joaquín, su ‘quásar’, que lleva siendo sus ojos desde el diagnóstico, también lo fue en este paso creativo. “Esto me hace mirar las cosas desde otro sitio”, dice.
Chistes en el límite
“Doctor, ¿y después del tratamiento podré mantener relaciones sexuales?”. “Será igual que antes”, responde el médico. “Mierda”, contesta el paciente.
Es difícil saber si el humor, en relación con el cáncer, va a pasarse de la raya. La psicooncóloga Raquel Calero está totalmente a favor de explorar este territorio. “El humor es una expresión de la personalidad, no niega el dolor pero ayuda a hacerlo transitable”, opina. La dibujante Adela por dios tenía ese miedo, pero en realidad ha sabido encontrar una veta, a partir de las conversaciones con pacientes, que le permite transformar el comentario en chascarrillo, el pensamiento en brillante golpe de efecto con sonrisa final.
Ana, otra paciente oncológica cuenta que la persona que más utiliza el humor sobre su cáncer es su madre, su 'quásar'. Cuando Ana llora, le dice que no lo haga: “¿Y si el siguiente diagnóstico es peor que este? ¿Entonces qué, si ya lo has llorado todo aquí?”. Ese tipo de comentario desdramatizador probablemente solo pueda hacerlo una madre con su hija.
Un hombre comprando en un supermercado. Una mujer tomando el sol en la playa. Una persona probándose camisetas. Una pareja tomando algo en una terraza. “La gente con cáncer no solo hace cosas de cáncer”, dicen los bocadillos de cuatro viñetas. Adela por dios ha creado 60 ilustraciones, tiernas pero también mordaces, a partir de la escucha y la cocreación.
Narrar el cáncer
“En la práctica artística y en la periodística no siempre hay tiempo para escuchar y eso fue lo primero que pude hacer aquí”, explica Andrea Morán, creadora del podcast Vivir desde el cáncer, que ha surgido también del trabajo con los hospitales sevillanos del grupo Quirón Sagrado Corazón e Infanta Luisa.
La enfermera María del Pilar Muñoz tiene una idea interesante sobre la escucha activa y es que no es solo una cuestión de empatía, es “una intervención enfermera”. “Cuando un paciente se siente escuchado se abre más y puedes hacer unos mejores cuidados enfermeros”, explica. Además, como enfermera, puede tomar mejores decisiones sobre el paciente, derivarle al profesional adecuado —un psicooncólogo, quizá— y reducirle el estrés.
El cáncer no es solo un proceso físico, sino que es también emocional y social. Y para tratar ese proceso también hace falta radioterapia, por jugar con las palabras que presta el ámbito radiofónico. Eso ha hecho Morán —quien estas semanas estrena junto a José María Sadia el podcast La memoria en ruinas en elDiario.es— en esta serie sonora.
Salvador es una de las voces del podcast. Como le interesa el lenguaje y la palabra, reclama que se destierren los belicistas en la narración del cáncer. “¿Dónde está ‘la batalla’? ¿Dónde ‘el enemigo’? ¿Quién es ‘un crack’? ¿Y los que no superaron la enfermedad es que no fueron valientes? Todos lo intentan a su manera”, dice.
“Tener cáncer y tener buen aspecto es jodido”, añade, en lo que podría ser un chiste de Ana por dios. Salva piensa que hace daño pensar que una persona con cáncer es alguien sin pelo, con ojeras y mala cara. No todos los procesos oncológicos son iguales y la comparación con el estereotipo también puede ser dolorosa. Estas son cosas de las que no se hablan.
Medicina analógica
La pequeña cámara Bolex 16H SB va a manubrio. Parece un juguete, pero rueda en 16 mm. Cuando desescalas un proyecto cinematográfico, puedes ir a lo íntimo. Minimizar y ocupar de manera menos intrusiva el salón de la casa de una paciente como Luisa.
Rocío Mesa y Jorge Castillo han rodado el cortometraje Quásares de esta manera, con un equipo de tres personas y bajo este mismo criterio de la cocreación. Se estrenó el pasado 11 de junio en Sevilla y esperan que encuentre visibilidad por el circuito de festivales y que también se abra hueco en colegios u hospitales.
Es una historia hermosa sobre la intimidad y la fragilidad de un proceso oncológico, narrado con delicada poética. Los cineastas dejaron que Luisa contara su historia desde el lugar que ella eligiera, y de esta manera sencilla, ella y ‘sus quásares’ pasaron de ser objetos a sujetos narrativos.
Dice Rocío Mesa que este proyecto “ha sido mediado de forma tan humana” que les ha recordado por qué quieren “hacer cine”. Para ellos también ha sido transformador.
Aunque el arte no cura por sí solo, esta sería una de las conclusiones, sí ayuda a la curación. El mediador Felipe G. Gil recordó en la presentación a la dibujante de Persépolis, Marjane Satrapi. “Se dijo que murió de pena, necesitamos la alegría para vivir”. Y añadió: “Los pacientes pueden mejorar gracias al arte y la cultura”.