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Las monjas de Toledo que salvaron los artesonados del convento y acabaron vendiéndolos a Estados Unidos

“En esta época tan oscura para el patrimonio español, a finales del siglo XIX y principios del XX, se perdió la parte más valiosa del convento”. Eduardo Sánchez Butragueño, director de la Real Academia de Bellas Artes de Toledo, lamenta así la desaparición de los dos artesonados de estilo mudéjar que coronaban las cubiertas del convento Madre de Dios, situado en pleno corazón histórico de la ciudad. No era ni el más valioso ni el más popular de sus edificios conventuales, pero la pérdida duele casi un siglo después. Sobre todo, por el curso de aquellos acontecimientos.

En 1904, cuando el edificio se venía abajo, las monjas desmontaron las armaduras del siglo XV. Querían salvar de la ruina su mayor tesoro. Pero solo por pura supervivencia. En 1931, se las vendieron al arquitecto Arthur Byne, principal agente en España del magnate de la prensa norteamericana William Randolph Hearst. A diferencia de otros techos que salieron hacia Estados Unidos en la época, el rastro de las piezas toledanas se ha esfumado. Ahora, las fotografías y la divulgación en las redes sociales podrían ayudar a recuperar esa huella. “La esperanza nunca hay que perderla”, sostiene Sánchez Butragueño.

El caso del convento Madre de Dios no es único en el país, pero sí especial. Entre otras razones, por el lugar en el que ocurrió. “Toledo no fue una ciudad especialmente expoliada en este tipo de sucesos”. Eduardo Sánchez Butragueño —que lleva dos décadas hablando del patrimonio de la ciudad a través de su blog Toledo Olvidado— se refiere a la acción de figuras tan dañinas para el arte español como la de Arthur Byne a principios del siglo XX, cuando el país era una especie de casa de subastas. “Eso tuvo lugar sobre todo en la España rural o con algunas piezas tan bestiales como las rejas de la Catedral de Valladolid”, precisa.

De hecho, la localidad toledana de Torrijos sufrió un célebre episodio de liquidación de obras artísticas en uno de sus palacios. Aun así, en la capital también se recuerdan oscuros capítulos como la venta y dispersión de varias de las obras que el Greco pintó para el convento de Santo Domingo el Antiguo, pero el verdadero drama para la ciudad vino después. “La Guerra Civil se llevó por delante conventos e iglesias enteras”, explica el divulgador.

El convento Madre de Dios no precisó de balas ni de bombas para arruinarse. La casa religiosa, que nació en el antiguo palacio familiar de las fundadoras, vivió su esplendor entre los siglos XV y XVII. Las monjas de clausura crecieron y ampliaron las instalaciones. Pero entonces, llegó el declive. El XIX fue particularmente complicado para los monasterios españoles, debido a las sucesivas exclaustraciones de religiosos y a las desamortizaciones de los edificios, que fueron subastados por el Estado para obtener recursos económicos. El convento toledano menguó y llegó parcialmente arruinado a 1904.

“Las comunidades religiosas no tenían dinero ni para pagar a los albañiles”, refleja Eduardo Sánchez. Un historiador de la época denunció la situación del monasterio y los derribos que se estaban llevando a cabo, pero dejó constancia de que “al menos, las monjas habían logrado desmontar los artesonados y colocarlos bajo un chamizo”, recoge Sánchez. Se salvaba así la techumbre de grandes dimensiones que cubría el refectorio (comedor) y una cúpula más reducida, adornada con los característicos mocárabes de tradición islámica, como los que se pueden ver en La Alhambra de Granada.

Utópica localización

Pero aquel rescate sería solo un espejismo. Las maderas permanecieron bajo el chamizo durante casi tres décadas. El tiempo que Arthur Byne —que se había establecido en España en la segunda década del siglo XX— tardó en localizar los techos y ofrecérselos a su cliente más opulento, Randolph Hearst. La venta se cerró en 1931 en 22.000 dólares. “Seguro que Byne le dio dos duros a las monjas”, sospecha Eduardo Sánchez Butragueño. La reflexión, basada en las operaciones que el supuesto hispanista solía realizar, hace aún más dolorosa la pérdida.

Una parte importante de los artesonados españoles que se vendieron por aquel entonces “se encuentra actualmente en museos y colecciones visitables, pero otro elevado número, quizás mayor que el anterior, lo está en residencias privadas de utópica localización”. En La destrucción del patrimonio artístico español (Cátedra, 2012), los investigadores José Miguel Merino de Cáceres y María José Martínez Ruiz calculan que unas doscientas techumbres históricas salieron de España. La dificultad para localizarlas hoy es máxima, ya que solo aparece la información de procedencia “en contadísimas ocasiones”.

Los principales compradores de las armaduras españolas fueron el propio Randolph Hearst y otro norteamericano, Addison Mizner. Este arquitecto —según refleja el estudio de Merino de Cáceres y Martínez Ruiz— adquiría las piezas singulares para dar un toque de distinción a las viviendas que diseñaba en Estados Unidos. La motivación del magnate era bien distinta. Se debía a su “desmedido apetito coleccionista”, explican los investigadores.

Los autores sostienen que Randolph Hearst llegó a comprar cerca de 140 techumbres de diferentes estilos artísticos. Más de la mitad procedía de España y las operaciones comerciales se canalizaron siempre a través de Byne. Algunas de las cubiertas acabaron en el castillo que Randolph Hearst construyó en San Simeón (California), mientras que otras se dispersaron en museos y colecciones privadas. Incluso algunas no llegaron a desembalarse y se sospecha que aún podrían permanecer en los almacenes portuarios. Es aquí donde Eduardo Sánchez Butragueño ve una oportunidad para hallar las piezas toledanas. “Hay una labor detectivesca, muy bonita, todavía por hacer”, opina el divulgador.

Una pérdida y un hallazgo

Tras la salida de los artesonados, la vida en el convento Madre de Dios continuó hasta los años noventa. En ese momento, las últimas monjas salieron y el monasterio echó definitivamente el cierre. Pero las religiosas habían dejado un último secreto tras de sí. “No todos los días se produce un descubrimiento que pueda ser incorporado a la vida pública”, afirma el arqueólogo Juanma Rojas, quien vivió en primera persona el hallazgo que se produjo a principios de los años 2000 en uno de los muros que cerraban el convento.

Cuando su equipo realizaba allí una serie de catas, un operario dio la voz de alarma: “¡Mira, aquí están saliendo unos ladrillos que parecen hacer una forma de arquito!”. En efecto, los arqueólogos comenzaron a descubrir una serie de arcos a diferentes alturas y restos de una decoración de azulejos en diferentes colores. Aquello comenzaba a encajar: siglos atrás, las monjas habían decidido ocultar la portada del antiguo palacio del siglo XIV tras un muro, con el fin de ampliar en ese nuevo espacio el número de habitaciones.

“Una vez que se detecta la portada, se decide recuperar”, precisa el arqueólogo Juanma Rojas. La actuación se producía dentro de la reconstrucción del antiguo palacio, que recuperaba así un elemento de prestigio para la familia de nobles que lo había construido más de quinientos años atrás. Tras la restauración, la fachada original se convirtió en el acceso principal de las nuevas dependencias, varias facultades de la Universidad de Castilla-La Mancha, ahora propietaria. “El hallazgo ha sido un logro importante para la universidad”, valora Rojas. Un descubrimiento que viene a compensar —de alguna forma— la importante pérdida del patrimonio del convento Madre de Dios en los años treinta. Para no olvidar aquel oscuro episodio —y quién sabe si localizar algún día los artesonados perdidos—, Eduardo Sánchez Butragueño conserva y difunde el único testimonio visual conocido de aquellas techumbres desaparecidas: sus fotografías.