Crítica
‘Godzilla Minus Zero’, una secuela eficaz y emocionante para avergonzar a los espectáculos de Hollywood
En la gala de los Oscar de 2023 se palpaba una tensión extraña. Tanto Takashi Yamazaki como Christopher Nolan asistían como candidatos: Yamazaki optaba al premio a Mejores efectos visuales por su trabajo en Godzilla Minus One (que también dirigía), mientras Nolan firmaba la posible gran triunfadora de la noche, Oppenheimer. Y en efecto esta se llevó 7 estatuillas de las 13 a las que estaba nominada, mientras Yamazaki lograba el primer Oscar de una saga tan longeva como Godzilla. La tensión venía, por otra parte, del hecho de que Oppenheimer y Godzilla Minus One ofrecieran vistazos contrapuestos a lo mismo: el bombardeo de Hiroshima y Nagasaki en 1945.
Una crítica recurrente a la película de Nolan había apuntado a la ausencia de la perspectiva japonesa: todo se narraba desde el punto de vista del susodicho Oppenheimer, padre de la bomba atómica. El filme había incomodado lo suyo a Japón por la frivolidad con la que Universal Pictures había compartido memes de Oppenheimer y Barbie durante la promoción —luego la major se disculparía—, pero sobre todo por la propia naturaleza de la trama, que imposibilitó inicialmente un estreno en el país nipón. Yamazaki solo pudo verla durante un viaje a Taiwán y, aunque aseguró que la película le había gustado, no pudo resistirse a hacer un comentario sobre la coincidencia que le había llevado a la misma gala de premios que al director estrella de Hollywood.
“Como persona de ascendencia japonesa, mi respuesta a Oppenheimer es que me gustaría dedicarle una película propia algún día”, dijo. Y es que Godzilla nació en 1954 como respuesta al trauma de Hiroshima y Nagasaki: un monstruo generado en los despojos de la posguerra para seguir atormentando al conmocionado pueblo japonés. Puesto que la película de Yamazaki volvía al origen de todo casi parecía que Oppenheimer fuera una precuela de Godzilla Minus One, mientras la dialéctica se mantenía como siempre: el cine estadounidense hablando de remordimiento, el cine japonés regodeándose en la destrucción propia.
La diferencia es que esta destrucción, ahora, podía rivalizar en espectacularidad con Hollywood. Godzilla Minus One le arrebató el Oscar a sagas como Misión imposible y Guardianes de la galaxia. Esa estatuilla contrastaba, de hecho, con cómo habían pasado prácticamente desapercibidas en esta categoría las películas estadounidenses de Godzilla, adscritas al llamado Monsterverso. Con algunos títulos disfrutables como Kong: La isla calavera o los dos crossovers de Godzilla vs. Kong, pero todos a muchísima distancia de la excelencia que había logrado Yamazaki.
Tiempo después el tráiler de la secuela, Godzilla Minus Zero, mostraba al monstruo llegando a Nueva York y destruyendo la Estatua de la Libertad. ¿Había llegado la hora de la venganza?
Hollywood bajo el terror del monstruo
Resulta tentador leerlo así. Por mucho que la alianza de EEUU y Japón continúe tan boyante como siempre, o por mucho que Godzilla Minus Zero parezca seguir buscando ansiosamente el placer del público occidental. La cuestión es que aquel Oscar a Mejores efectos visuales que obtuvo en 2023 —en conjunto a la mayor taquilla que nunca haya logrado una película japonesa de Godzilla— es de lo más jugoso a efectos simbólicos y nos habla, como tantas otras cosas alrededor, del declive de la hegemonía hollywoodiense a la hora de proporcionar taquillazos globales.
Todo empezó en la pandemia, cuando por primera vez la industria estadounidense no tuvo la mayor recaudación… en beneficio del mercado de China. Una potencia que años después, gracias a Ne Zha 2, le arrebataría a Del revés 2 de Pixar la posición de película animada más taquillera de todos los tiempos. Podríamos sumarle a eso el creciente influjo de la superproducción india —con el fenómeno también traducido en Oscars que fue RRR en 2022 o las notables ambiciones depositadas en la inminente Ramayana, a estrenarse en España el mismo día que Godzilla Minus Zero—, y por supuesto el desempeño japonés, con otros hitos alrededor de la película de Yamazaki.
No debemos obviar que en la misma ceremonia de Godzilla Minus One también ganó El chico y la garza de Miyazaki el Oscar a Mejor película de animación. Ni que dos años después otro anime, Guardianes de la noche: La fortaleza infinita, pudo colarse en el ránking de mayores recaudaciones. La potestad de producir blockbusters con opciones de arrasar a lo largo del mundo —o de, al menos, conseguir cifras enormes sin apenas moverse del sitio, como acostumbran China e India— se ha expandido, y por supuesto que Godzilla debía beneficiarse también. Es quien más se lo merece, además, por cómo Hollywood ha llegado a entorpecer directamente su trayectoria.
Allá por 2016 Toho, el gran estudio japonés responsable de Godzilla, se había labrado otro gran éxito. La incorporación de efectos especiales por ordenador y de un autor tan inclasificable como Hideaki Anno (Neon Genesis Evangelion) dio forma a Shin Godzilla: una entrega que se atrevía a sustituir los bombardeos nucleares por la reciente explosión de Fukushima como génesis del monstruo. El resultado era un enfoque más frío que el que posteriormente seguiría Yamazaki, pero por bien que funcionara no hubo manera de darle continuidad. Y la culpa, al parecer, fue el trato que Toho acababa de hacer con Legendary Pictures para incluir a Godzilla en su Monsterverse. Hasta bien entrado 2020, que dieron luz verde a Yamazaki, no pudo empezar a desarrollarse otra entrega.
Es inevitable, entonces, no percibir todo lo que rodea a Godzilla Minus One y Godzilla Minus Zero —mejor no darle muchas vueltas a la absurdez de los títulos— desde un halo de justicia poética. Así como llamar la atención sobre las notables diferencias entre Shin Godzilla y las películas de Yamazaki, que van mucho más allá de la mejora (absolutamente categórica) de los efectos digitales. Frente al sarcasmo de Anno y su interés en darle a la población japonesa un protagonismo colectivo —aprovechando para burlarse de la burocracia y el sentimiento de inferioridad japonés—, Yamazaki se ha apegado a una narración más clásica y emocional, partiendo de una idea brillante que sigue explorando en Minus Zero: ahora el gran oponente del monstruo es un expiloto kamikaze, arrepentido por no haberse sacrificado durante la Segunda Guerra Mundial.
Una secuela que gana complejidad y espectáculo
La gracia está en que Koichi (Ryunosuke Kamiki) ha acabado formando una familia con Noriko (Minami Hamabe) y una niña huérfana a la que adoptan, Akiko (Sae Nagatani). Con lo que el imperativo de morir por la patria ha cambiado radicalmente: ahora ha de seguir vivo por su nueva familia, y enfrentarse a los monstruos que siguen amenazando a Japón a escasos años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Otro detalle encantador de estos nuevos Godzilla es que hablamos de cine de época (seguimos anclados en la década de los 40), con un diseño de producción estupendo que además permite la fabulación histórica… con kaijus incorporados.
El proyecto de Yamazaki busca seguir preguntándose por la identidad del Japón contemporáneo —que es, por supuesto, de lo que siempre han hablado Godzilla—, y sus preguntas ganan virulencia al toparnos en Godzilla Minus Zero con la introducción del profesor Murakami (Jun Kunimura). Superviviente de los bombardeos estadounidenses que concluyeron abruptamente la contienda, en los primeros minutos de esta secuela sobrevive a otra espantosa catástrofe: el ataque de King Ghidorah, otro monstruo clásico de Toho, poco después de la primera aparición de Godzilla.
Como manda la lógica de este tipo de producciones, el incremento del espectáculo de Minus Zero con respecto a Minus One se cifra en que Godzilla ya no es el único monstruo (resucitado tras su aparente muerte en el film anterior), sino que ahora le tocará zurrarse con uno aún más grande y poderoso que él, un dragón de tres cabezas nada menos. Y en efecto todo está resuelto de maravilla, con una contundente mejora del CGI con respecto al film anterior y una puesta en escena felizmente segura de sí misma por parte de Yamazaki, que garantiza secuencias tan apabullantes como el primer ataque de los aviones a King Ghidorah. O los guantazos monstruosos finales, claro.
No obstante, y volviendo a los personajes, lo mejor de Godzilla Minus Zero es que mantiene intacta la virtud troncal del primer film en cuanto a la materialización de una ficción satisfactoria, con ambiciones sorprendentes. A través del profesor Murakami Godzilla Minus Zero plantea la posibilidad de una venganza japonesa contra los EEUU mientras estos son retratados como una potencia traicionera, seducidos por la posibilidad de usar a Godzilla para sus propios fines. Todo lo cual rinde estupendamente como metáfora —que volvemos a lo mismo, es lo que siempre ha sido este grandullón—, pero sobre todo favorece una narración honesta y transparente, según la furia de este biólogo se cruza con el remordimiento del profesor Noda (Hidetaka Yoshioka) tras haber comandado los batallones de kamikazes y las dudas de la pareja Koichi-Noriko.
La gran debilidad de las películas hollywoodienses de Godzilla (aparte de unos efectos digitales sin fuste) suele pasar por una presencia humana bastante irritante que le estorba a los monstruos tanto como al espectador. Yamazaki, de forma sencilla a la vez que sólida, ha esquivado este problema —hasta el anecdótico personaje de la meteoróloga que interpreta Masami Nagasawa se hace querer— e incluso logra emocionar con las vivencias de esta pequeña sinécdoque de Japón, donde se cruzan y resuenan el amor familiar, el patriotismo y el deber.
No es que todas estas inquietudes aterricen bien en Godzilla Minus Zero. El guion termina sucumbiendo a la necesidad de originar más secuelas echando a perder la opción de algo realmente desafiante, y depende mucho del subrayado cursi para asegurar el impacto. Lo que, por otra parte, no deja de redundar en la impresión que se concreta cada vez que suena el épico tema musical de Godzilla, compuesto por Akira Ifukube hace más de 70 años: este es el tipo de blockbuster tramposo e irresistible que Hollywood solía hacer, y que ya no hace. Larga vida al nuevo rey.