CRÍTICA

James Gray emociona con un retrato familiar que también es un bofetón al sueño americano

Cannes (Francia) —

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En los últimos años se ha creado un subgénero cinematográfico, el de los directores que miran a su infancia buscando ese momento que les cambió como personas. Para Almodóvar, ese instante fue en el descubrimiento del primer deseo; para Kenneth Branagh cuando tuvo que dejar su Belfast natal; para Sorrentino, cuando descubrió que su destino era contar historias. Algunos de ellos también miran atrás para ajustar cuentas con el pasado, para establecer un mea culpa. Fue lo que hizo Alfonso Cuarón en Roma; y de alguna forma es lo que hace James Gray en Armageddon Time, la primera gran película presentada en este Festival de Cannes.

Gray mira a su propia infancia y la recrea a través del personaje ficticio de Paul Graff, un niño que crece en el Queens de 1980. El hijo de una familia descendiente de inmigrantes polacos que se ha creído esa mentira llamada sueño americano. Los valores que inculcan a sus hijos giran en torno a esa máxima: esfuérzate y lo lograrás. Gray clava su cámara en el momento en el que de niño se da cuenta de que la meritocracia no existe y que el clasismo y el racismo marcan todo, hasta la amistad de dos chavales.

Como hizo Clara Roquet en Libertad, Armageddon Time cuenta ese punto exacto donde uno descubre el privilegio. Paul se hará amigo del niño negro del colegio, y a partir de ahí se dará cuenta de que incluso sus padres, demócratas y progresistas, consideran que es una mala influencia para él. Gray analiza la familia como centro neurálgico de la sociedad y para radiografiar todo un país a través de ellos. Son padres poseídos por un complejo de clase. Quieren que sus hijos no sean como ellos. Que tengan una casa más grande, que no sean conocidos como ‘el fontanero’ del barrio. Es el momento en el que compran los principios de un liberalismo económico que empieza a arrasar EEUU. Es la época de Reagan, con un triunfo electoral que la familia ve por la televisión consciente de que es una tragedia para el país.

Armageddon Time también se convierte, de una forma sutil, hermosa y emocionante, en una defensa de la educación pública. La película se divide en dos de forma casi simétrica. La primera, los días felices en una escuela pública de Queens donde descubre la amistad, las travesuras y la libertad con su amigo negro. La segunda, el cambio a un colegio de pago y prestigio. Una decisión que sus padres toman pensando que para tener un futuro mejor hay que pagar por la educación, un mantra que se repite hasta la actualidad en cada país. La defensa de la educación pública de boquilla pero no en la práctica. Gray parte de su experiencia en un colegio elitista donde se insulta a los negros, se mira a los diferentes y que está financiada, literalmente, por la familia Trump.

El director, siempre sin forzar las tintas y sin subrayar, deja claro que las escuelas crean comportamientos y hasta votantes. Ahí está esa magnífica escena en la que se habla de las elecciones escolares y todos los niños gritan el nombre de Reagan pensando que les hablaban de las elecciones americanas. Escuelas elitistas que transmiten ideologías elitistas. No es casualidad que Gray elija ese momento concreto, esos 80. Hay un hilo invisible que une a Reagan, y ese colegio de la familia Trump con el pasado reciente y el presente de EEUU.

Como siempre, James Gray vuelve a demostrar que es uno de los pocos directores que sigue apostando por un clasicismo en su forma de narrar. Hay una austeridad tanto narrativa como visual con la que evita el subrayado y los virtuosismos innecesarios. Nunca se coloca por encima de su historia en un ejercicio de humildad que siempre repite y que aquí adquiere una especial importancia. Retrata a esta familia con amor, ternura, pero sin paternalismos ni idealizaciones. Hay un padre que saca el cinturón a pasear en cualquier ocasión y una obsesión por competir, por ser los mejores. 

La película desprende luminosidad, sobre todo cuando aparece en escena ese abuelo que interpreta de forma magistral Anthony Hopkins, que vuelve a demostrar que es uno de los grandes actores de la historias del cine. Está perfecto en cada gesto, en cada frase. Ese referente inquebrantable que le dice a su nieto que nunca permita que nadie diga nada de los diferentes y en cuyo pasado (hijo de judíos polacos) está la clave para entender cómo se comporta toda la familia. El miedo todavía a ser americanos de segunda clase, a ser siempre el judío. Todo en el país de las oportunidades en el que hay que cambiarse el apellido para tener esa oportunidad. Hopkins da una lección interpretativa que se consuma en una escena (su despedida mientras tiran un cohete) que emociona hasta la lágrima. Si no hubiera ganado hace dos años el Oscar seguramente estaría entre los favoritos a ganarlo como actor de reparto en la próxima edición.

A su lado un elenco que ofrece lo mejor, desde Anne Hathaway como la matriarca, Jeremy Strong como padre severo y acomplejado y el descubrimiento de Banks Repeta, en cuyos ojos se encuentra la decepción del niño que descubre que ya nada va a ser igual. Armageddon Time es una joya que no debería irse de vacío de Cannes.

En los últimos años se ha creado un subgénero cinematográfico, el de los directores que miran a su infancia buscando ese momento que les cambió como personas. Para Almodóvar, ese instante fue en el descubrimiento del primer deseo; para Kenneth Branagh cuando tuvo que dejar su Belfast natal; para Sorrentino, cuando descubrió que su destino era contar historias. Algunos de ellos también miran atrás para ajustar cuentas con el pasado, para establecer un mea culpa. Fue lo que hizo Alfonso Cuarón en Roma; y de alguna forma es lo que hace James Gray en Armageddon Time, la primera gran película presentada en este Festival de Cannes.

Gray mira a su propia infancia y la recrea a través del personaje ficticio de Paul Graff, un niño que crece en el Queens de 1980. El hijo de una familia descendiente de inmigrantes polacos que se ha creído esa mentira llamada sueño americano. Los valores que inculcan a sus hijos giran en torno a esa máxima: esfuérzate y lo lograrás. Gray clava su cámara en el momento en el que de niño se da cuenta de que la meritocracia no existe y que el clasismo y el racismo marcan todo, hasta la amistad de dos chavales.

Como hizo Clara Roquet en Libertad, Armageddon Time cuenta ese punto exacto donde uno descubre el privilegio. Paul se hará amigo del niño negro del colegio, y a partir de ahí se dará cuenta de que incluso sus padres, demócratas y progresistas, consideran que es una mala influencia para él. Gray analiza la familia como centro neurálgico de la sociedad y para radiografiar todo un país a través de ellos. Son padres poseídos por un complejo de clase. Quieren que sus hijos no sean como ellos. Que tengan una casa más grande, que no sean conocidos como ‘el fontanero’ del barrio. Es el momento en el que compran los principios de un liberalismo económico que empieza a arrasar EEUU. Es la época de Reagan, con un triunfo electoral que la familia ve por la televisión consciente de que es una tragedia para el país.

Armageddon Time también se convierte, de una forma sutil, hermosa y emocionante, en una defensa de la educación pública. La película se divide en dos de forma casi simétrica. La primera, los días felices en una escuela pública de Queens donde descubre la amistad, las travesuras y la libertad con su amigo negro. La segunda, el cambio a un colegio de pago y prestigio. Una decisión que sus padres toman pensando que para tener un futuro mejor hay que pagar por la educación, un mantra que se repite hasta la actualidad en cada país. La defensa de la educación pública de boquilla pero no en la práctica. Gray parte de su experiencia en un colegio elitista donde se insulta a los negros, se mira a los diferentes y que está financiada, literalmente, por la familia Trump.

El director, siempre sin forzar las tintas y sin subrayar, deja claro que las escuelas crean comportamientos y hasta votantes. Ahí está esa magnífica escena en la que se habla de las elecciones escolares y todos los niños gritan el nombre de Reagan pensando que les hablaban de las elecciones americanas. Escuelas elitistas que transmiten ideologías elitistas. No es casualidad que Gray elija ese momento concreto, esos 80. Hay un hilo invisible que une a Reagan, y ese colegio de la familia Trump con el pasado reciente y el presente de EEUU.

Como siempre, James Gray vuelve a demostrar que es uno de los pocos directores que sigue apostando por un clasicismo en su forma de narrar. Hay una austeridad tanto narrativa como visual con la que evita el subrayado y los virtuosismos innecesarios. Nunca se coloca por encima de su historia en un ejercicio de humildad que siempre repite y que aquí adquiere una especial importancia. Retrata a esta familia con amor, ternura, pero sin paternalismos ni idealizaciones. Hay un padre que saca el cinturón a pasear en cualquier ocasión y una obsesión por competir, por ser los mejores. 

La película desprende luminosidad, sobre todo cuando aparece en escena ese abuelo que interpreta de forma magistral Anthony Hopkins, que vuelve a demostrar que es uno de los grandes actores de la historias del cine. Está perfecto en cada gesto, en cada frase. Ese referente inquebrantable que le dice a su nieto que nunca permita que nadie diga nada de los diferentes y en cuyo pasado (hijo de judíos polacos) está la clave para entender cómo se comporta toda la familia. El miedo todavía a ser americanos de segunda clase, a ser siempre el judío. Todo en el país de las oportunidades en el que hay que cambiarse el apellido para tener esa oportunidad. Hopkins da una lección interpretativa que se consuma en una escena (su despedida mientras tiran un cohete) que emociona hasta la lágrima. Si no hubiera ganado hace dos años el Oscar seguramente estaría entre los favoritos a ganarlo como actor de reparto en la próxima edición.

A su lado un elenco que ofrece lo mejor, desde Anne Hathaway como la matriarca, Jeremy Strong como padre severo y acomplejado y el descubrimiento de Banks Repeta, en cuyos ojos se encuentra la decepción del niño que descubre que ya nada va a ser igual. Armageddon Time es una joya que no debería irse de vacío de Cannes.

En los últimos años se ha creado un subgénero cinematográfico, el de los directores que miran a su infancia buscando ese momento que les cambió como personas. Para Almodóvar, ese instante fue en el descubrimiento del primer deseo; para Kenneth Branagh cuando tuvo que dejar su Belfast natal; para Sorrentino, cuando descubrió que su destino era contar historias. Algunos de ellos también miran atrás para ajustar cuentas con el pasado, para establecer un mea culpa. Fue lo que hizo Alfonso Cuarón en Roma; y de alguna forma es lo que hace James Gray en Armageddon Time, la primera gran película presentada en este Festival de Cannes.

Gray mira a su propia infancia y la recrea a través del personaje ficticio de Paul Graff, un niño que crece en el Queens de 1980. El hijo de una familia descendiente de inmigrantes polacos que se ha creído esa mentira llamada sueño americano. Los valores que inculcan a sus hijos giran en torno a esa máxima: esfuérzate y lo lograrás. Gray clava su cámara en el momento en el que de niño se da cuenta de que la meritocracia no existe y que el clasismo y el racismo marcan todo, hasta la amistad de dos chavales.