Crítica

La mejor comedia en mucho tiempo es escatológica, incorrecta y quiere la Palma de Oro

Cannes (Francia) —

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¿Es incompatible ver una película de Ken Loach en un esmoquin? La pregunta la lanzaba el propio director del Festival de Cannes, Thierry Frémaux, en su encuentro con la prensa el primer día. Abordaba así una de las polémicas constantes del certamen, que se plantea si no es incoherente hablar de clase obrera y de diferencias sociales mientras las actrices y actores lucen relojes de marcas de lujo y joyas de miles de dólares. Cuando a pocos metros hay yates de oligarcas derrochando champán y caviar. Hacerlo en una ciudad en la que respirar cuesta dinero. 

Esa incoherencia se ha multiplicado con la llegada a la competición oficial del sueco Ruben Ostlund, que con Triangle of sadness (Triángulo de la tristeza) ha realizado una de las sátiras más bestias, incorrectas y divertidas contra los ricos y su forma de vida. La película es mucho más que eso, porque como en sus anteriores películas, Ostlund no deja títere con cabeza. Por su bisturí pasan las influencias, los hombres deconstruidos, la lucha de clases, el feminismo, los juegos de poder, el marxismo… Seguro que quedan muchas cosas que enumerar a las que el guionista y director ataca con tanta mala baba que es imposible no caer rendido.

Para empezar habría que hablar del título de la película, que hace referencia a la zona de la frente que se arruga con el paso de los años y que los modelos, actores y actrices llenan de botox y sustancias para echar un pulso al paso del tiempo. Ahí ya hay una pista de por dónde van los tiros. También en una hilarante escena inicial en la que un periodista sensacionalista acude a un casting de una película en la que hay decenas de jóvenes apolíneos con el torso desnudo. Les entrevista y les junta para que posen y les pide que pongan cara triste como si posaran para Balenciaga, y caras felices como si fuera H&M. Porque la ropa cara pide mala hostia, y la que es para los pobres felicidad falsa y una imagen multirracial.

Es el primero de los dardos y la primera escena brillante de esta comedia que pide a gritos la Palma de Oro. Por precisa, divertida, bestia y por análisis sin compasión de la sociedad actual. Triangle of sadness da su protagonismo a una pareja de modelos - un Harry Dickinson maravilloso y Charlbi Dean-. Su primera escena juntos, una discusión en torno a quién paga el dinero que saca a flote masculinidades que quieren ser diferentes pero no lo son, y asuntos como el dinero, es otra muestra de la genialidad y acidez del sueco. 

La película se divide en tres partes, una primera donde se nos presenta a esta pareja de influencias, y una segunda donde toca su cima. Un crucero de lujo presidido por un capitán Marxista -brillante Woody Harrelson- y en el que sus clientes compiten por ver quién tiene más dinero. Un oligarca ruso con una mujer más joven que él, la pareja de influencias -obsesionados con los likes-, una encantadora pareja de viejos británicos que se han forrado vendiendo granadas y minas antipersonas, una aristócrata francesa que quiere ser normal y obliga a toda la plantilla de trabajadores a bañarse… Ostlund mete a la sociedad capitalista y de clases -siempre hay alguien más abajo que tú- en un barco y la abre en canal. 

La escena más delirante del filme es un festival escatológico de altura. Parece imposible que Cannes programa en su Sección oficial una película que contiene una escena tremendamente larga en la que una panda de ricos egoístas e idiotas vomitan y se vomitan entre sí. Un festival de fluidos corporales que parece la versión 'anticapi' de una escena mítica de Este chico es un demonio 2. En las manos de Ostlund es un ajuste de cuentas hilarante, brillante y retorcido. Los ricos también cagan y se vomitan encima, parece decir. Un momento que arrancó carcajadas y aplausos en varias ocasiones durante la proyección a la prensa. No es sólo una provocación, sino que el director se las apaña para sacar oro de un humor visual y chusco convirtiéndolo en un festín.

La tercera parte (y la más irregular) se desarrolla en una isla desierta cuando el crucero se hunda. La película se convierte en una especie de Parásitos en la que Ostlund vuelve a ajusticiar al capitalismo. Tirados en una playa, los que tienen el Rolex de Oro no saben hacer ni un fuego. El dinero ya no sirve para nada y la limpiadora filipina que horas antes limpiaba sus vómitos se alzará como poderosa matriarca cuando demuestre que es la única que sabe pescar y sobrevivir. Se cambiarán las tornas, se derribarán las clases y se creará otras dinámicas de poder diferente en donde hasta el sexo se convierte en moneda de cambio.

Triangle of sadness no teme meterse en todos los charcos. Es provocadora, políticamente incorrecta y divertidísima. Una de las mejores comedias en mucho tiempo y la confirmación de que Ostlund es uno de los mejores cronistas, a través de la sátira, de las miserias del capitalismo salvaje. El sueco quiere su segunda Palma de Oro, y si existiera un aplausómetro o se midieran las carcajadas del público de Cannes, estaría muy cerca de lograrla.

¿Es incompatible ver una película de Ken Loach en un esmoquin? La pregunta la lanzaba el propio director del Festival de Cannes, Thierry Frémaux, en su encuentro con la prensa el primer día. Abordaba así una de las polémicas constantes del certamen, que se plantea si no es incoherente hablar de clase obrera y de diferencias sociales mientras las actrices y actores lucen relojes de marcas de lujo y joyas de miles de dólares. Cuando a pocos metros hay yates de oligarcas derrochando champán y caviar. Hacerlo en una ciudad en la que respirar cuesta dinero. 

Esa incoherencia se ha multiplicado con la llegada a la competición oficial del sueco Ruben Ostlund, que con Triangle of sadness (Triángulo de la tristeza) ha realizado una de las sátiras más bestias, incorrectas y divertidas contra los ricos y su forma de vida. La película es mucho más que eso, porque como en sus anteriores películas, Ostlund no deja títere con cabeza. Por su bisturí pasan las influencias, los hombres deconstruidos, la lucha de clases, el feminismo, los juegos de poder, el marxismo… Seguro que quedan muchas cosas que enumerar a las que el guionista y director ataca con tanta mala baba que es imposible no caer rendido.

Para empezar habría que hablar del título de la película, que hace referencia a la zona de la frente que se arruga con el paso de los años y que los modelos, actores y actrices llenan de botox y sustancias para echar un pulso al paso del tiempo. Ahí ya hay una pista de por dónde van los tiros. También en una hilarante escena inicial en la que un periodista sensacionalista acude a un casting de una película en la que hay decenas de jóvenes apolíneos con el torso desnudo. Les entrevista y les junta para que posen y les pide que pongan cara triste como si posaran para Balenciaga, y caras felices como si fuera H&M. Porque la ropa cara pide mala hostia, y la que es para los pobres felicidad falsa y una imagen multirracial.

Es el primero de los dardos y la primera escena brillante de esta comedia que pide a gritos la Palma de Oro. Por precisa, divertida, bestia y por análisis sin compasión de la sociedad actual. Triangle of sadness da su protagonismo a una pareja de modelos - un Harry Dickinson maravilloso y Charlbi Dean-. Su primera escena juntos, una discusión en torno a quién paga el dinero que saca a flote masculinidades que quieren ser diferentes pero no lo son, y asuntos como el dinero, es otra muestra de la genialidad y acidez del sueco. 

La película se divide en tres partes, una primera donde se nos presenta a esta pareja de influencias, y una segunda donde toca su cima. Un crucero de lujo presidido por un capitán Marxista -brillante Woody Harrelson- y en el que sus clientes compiten por ver quién tiene más dinero. Un oligarca ruso con una mujer más joven que él, la pareja de influencias -obsesionados con los likes-, una encantadora pareja de viejos británicos que se han forrado vendiendo granadas y minas antipersonas, una aristócrata francesa que quiere ser normal y obliga a toda la plantilla de trabajadores a bañarse… Ostlund mete a la sociedad capitalista y de clases -siempre hay alguien más abajo que tú- en un barco y la abre en canal. 

La escena más delirante del filme es un festival escatológico de altura. Parece imposible que Cannes programa en su Sección oficial una película que contiene una escena tremendamente larga en la que una panda de ricos egoístas e idiotas vomitan y se vomitan entre sí. Un festival de fluidos corporales que parece la versión 'anticapi' de una escena mítica de Este chico es un demonio 2. En las manos de Ostlund es un ajuste de cuentas hilarante, brillante y retorcido. Los ricos también cagan y se vomitan encima, parece decir. Un momento que arrancó carcajadas y aplausos en varias ocasiones durante la proyección a la prensa. No es sólo una provocación, sino que el director se las apaña para sacar oro de un humor visual y chusco convirtiéndolo en un festín.

La tercera parte (y la más irregular) se desarrolla en una isla desierta cuando el crucero se hunda. La película se convierte en una especie de Parásitos en la que Ostlund vuelve a ajusticiar al capitalismo. Tirados en una playa, los que tienen el Rolex de Oro no saben hacer ni un fuego. El dinero ya no sirve para nada y la limpiadora filipina que horas antes limpiaba sus vómitos se alzará como poderosa matriarca cuando demuestre que es la única que sabe pescar y sobrevivir. Se cambiarán las tornas, se derribarán las clases y se creará otras dinámicas de poder diferente en donde hasta el sexo se convierte en moneda de cambio.

Triangle of sadness no teme meterse en todos los charcos. Es provocadora, políticamente incorrecta y divertidísima. Una de las mejores comedias en mucho tiempo y la confirmación de que Ostlund es uno de los mejores cronistas, a través de la sátira, de las miserias del capitalismo salvaje. El sueco quiere su segunda Palma de Oro, y si existiera un aplausómetro o se midieran las carcajadas del público de Cannes, estaría muy cerca de lograrla.

¿Es incompatible ver una película de Ken Loach en un esmoquin? La pregunta la lanzaba el propio director del Festival de Cannes, Thierry Frémaux, en su encuentro con la prensa el primer día. Abordaba así una de las polémicas constantes del certamen, que se plantea si no es incoherente hablar de clase obrera y de diferencias sociales mientras las actrices y actores lucen relojes de marcas de lujo y joyas de miles de dólares. Cuando a pocos metros hay yates de oligarcas derrochando champán y caviar. Hacerlo en una ciudad en la que respirar cuesta dinero. 

Esa incoherencia se ha multiplicado con la llegada a la competición oficial del sueco Ruben Ostlund, que con Triangle of sadness (Triángulo de la tristeza) ha realizado una de las sátiras más bestias, incorrectas y divertidas contra los ricos y su forma de vida. La película es mucho más que eso, porque como en sus anteriores películas, Ostlund no deja títere con cabeza. Por su bisturí pasan las influencias, los hombres deconstruidos, la lucha de clases, el feminismo, los juegos de poder, el marxismo… Seguro que quedan muchas cosas que enumerar a las que el guionista y director ataca con tanta mala baba que es imposible no caer rendido.