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“¿Por qué no hiciste nada?”. La pregunta se la hizo el exnovio de la actriz Bàrbara Mestanza a ella cuando un día le contó que años antes había sido abusada sexualmente. Mestanza sintió la fuerza para contar por fin lo que le había pasado y lo que recibió de la persona en la que había confiado y con quien compartía su vida. Fue un escupitajo en forma de prejuicio machista. Colocaba, de nuevo, la responsabilidad sobre la víctima del abuso. Consideraba que había algo de culpa en su pareja porque había permitido, con su pasividad, esa agresión.

Aquel momento fue fundamental para que Bàrbara Mestanza se diera cuenta de que algo no estaba bien. No solo por el abuso sufrido, sino porque ni siquiera hombres progresistas entendían a aquellas que lo sufrían. Esa pregunta, ese “¿por qué no hiciste nada?”, sobrevuela como un leitmotiv el documental que la actriz ha dirigido junto a Marc Pujolar y en el que se abre en canal para intentar poner palabras e imágenes a aquello que sintió. Lo que sintió no solo en aquel 2015 cuando fue abusada en la camilla de un masajista, sino lo que sintió todos los años que siguieron hasta que consiguió una condena para su agresor.

Entre medias hubo miedo, ansiedad, ganas de dejarlo todo… pero también el apoyo de unas mujeres —sus amigas, su madre— que le apoyaron en la decisión que quiso tomar. El resultado es Sucia, que se ha presentado en el Festival de Málaga y que tiene el mismo nombre que una de las obras de teatro que Mestanza escribió y en la que abordaba esos abusos. Porque este trabajo, que funciona como un puñetazo en el estómago del espectador, también habla de cómo el arte puede ayudar a sanar y restaurar la herida. Para Bàrbara Mestanza fue la interpretación, el teatro y ahora el cine quienes han servido para vehicular el dolor y la rabia y convertirlo en otra cosa. 

Meryl Streep siempre recuerda lo que le dijo Carrie Fisher en un momento duro para la actiz. “Coge tu corazón roto y conviértelo en arte”, le dijo. Y de alguna forma eso es lo que consigue Mestanza en su trabajo: coger los pedazos y convertirlos en una película que muestra de forma clara y evidente que esto no es un problema individual, sino algo colectivo. Un problema que afecta a todos. Los hombres deberían ver Sucia para entender por qué esa pregunta, ese “¿por qué no hiciste nada?”. Es otra forma de agresión a una mujer. 

La actriz se graba a sí misma en un largo viaje de años a través de las distintas fases de esta especie de duelo. Pero no se convierte en el clásico documental autoficcional, sino que sirve como radiografía también de todo el arco lineal desde que una mujer es agredida hasta que toma conciencia. En este caso, ella decidió denunciar, y ahí Sucia ofrece una mirada que normalmente no se está ofreciendo, la de todo lo que cuesta hacerlo. No solo por la presión social, las preguntas a las que va a ser sometida en el juicio… sino también por lo que cuesta económicamente. Unos carteles van anunciando lo que supone en dinero cada acción que decide tomar. 

La película consigue plantear todo ello de forma clara, pero sin perder el ritmo, convirtiendo en ocasiones su narración hasta en una especie de thriller, como cuando Mestanza intenta localizar a su agresor llamando a teléfonos móviles, o buscar el local donde sufrió la agresión a través de Google Maps y regresando a aquella calle marcada a fuego en su recuerdo. La actriz pone del revés los clichés, y deja claro que no hay ‘malas víctimas’, aunque la sociedad y los hombres se empeñen en calificarlas así poniendo en el foco las contradicciones o decisiones que no concuerdan con lo que ellos esperan que debería hacer una mujer que ha sido abusada.

El documental termina con unas cifras incontestables. 400.000 personas han sido victimas de violencia sexual. Solo un 5% denuncia y, de las que lo hacen, solo un 9,7% obtiene sentencia condenatoria hacia su agresor

La actriz explicaba en una entrevista a este periódico que durante diez años vivió obsesionada con su agresor. “Pensaba en por qué me escogió a mí, por qué hizo eso ese día y por qué conmigo. Y necesitaba tenerle delante para que me lo explicase, pero también para que me viera viva. Él me había arrebatado mi cuerpo, mi juventud, casi me muero por su culpa. Con los años comprendí que era como un veneno que entró en mi cuerpo: no solo me metió los dedos en la vagina, sino que logró meterse dentro de mí durante años. Así que para mí era importante que me viese la cara y decirle: ‘Aunque hayas intentado quitarme lo más vital, yo sigo aquí. Estoy viva’”, decía.

Sucia es su carta para certificar que sigue viva, pero que esto no ha acabado. Aunque al final pueda responder a esa pregunta de por qué no hizo nada, algo tan simple como “porque no podía”, los datos de las mujeres que son agredidas y abusadas son espeluznantes. El documental termina con unas cifras incontestables. 400.000 personas han sido victimas de violencia sexual. Solo un 5% denuncia y, de las que lo hacen, solo un 9,7% obtiene sentencia condenatoria hacia su agresor. Nada más que añadir.

La voluntad de este trabajo de generar conversación y de que esto continúe se confirma cuando al finalizar el filme aparece un QR en la pantalla. Al escanearlo, uno accede a un cuestionario para poder compartir sus propias experiencias y si ellas y ellos han sufrido alguna situación parecida. Porque ese es el verdadero trabajo del arte, seguir planteando preguntas que nos hagan avanzar como colectivo.