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Crítica

‘Supergirl’, un cansino recordatorio de que el cine de superhéroes está totalmente acabado

25 de junio de 2026 21:57 h

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El plan de James Gunn iba mucho más allá de reiniciar el Universo DC tras los excesos de Zack Snyder y la interminable sucesión de producciones ruinosas que espantaban a crítica y público. Lo que quería, en realidad, era devolver el cine de superhéroes a sus mismos orígenes, hacer borrón y cuenta nueva para regresar a los años 70. Al amanecer del género. Apartándose de esa fatiga inevitable tras casi dos décadas de ininterrumpida afloración superheroica —consolidada, al menos hasta el despegue de las adaptaciones de videojuegos, como patrón oro del blockbuster—, el presidente de DC se iba a remontar a la época en que “creímos que un hombre podía volar”. 

Tal era el ingenuo eslogan, claro, del primer Superman. Y las intenciones de Gunn fueron tan transparentes como para reutilizar la célebre fanfarria de John Williams en la banda sonora del nuevo Superman que él mismo dirigió, y que serviría para relanzar este maltrecho Universo DC. Su estrategia, por lo que parece, no se reduce a volver al primer gran superhéroe cinematográfico, sino que está siguiendo el esquema manejado entonces por los productores Alexander e Ilya Salkind: el año que viene tendremos una secuela directa de Superman, Man of Tomorrow. Y entre medias, es Supergirl la que da continuidad inmediata en el calendario al Superman de 2025.

Es a grandes rasgos lo que sucedió en los años 80. Cuando nadie tenía la ambición suficiente como para elucubrar universos cinematográficos, se dedujo que una forma lógica de expandir el éxito de Superman más allá de Christopher Reeve era llevar al cine las aventuras de la prima del kryptoniano, presentada en los cómics a finales de los años 50. Así que, tras tantear una aparición finalmente abortada del personaje en Superman III —algo que Gunn sí hizo posible, con el cameo de Milly Alcock como nueva Supergirl en los minutos finales de su Superman—, los Salkind impulsaron un ambicioso spin-off poco después, con la debutante Helen Slater como protagonista y la legendaria Faye Dunaway como villana. La Supergirl que nos ocupa, por tanto, es tan reflejo de la Supergirl de 1984 como el Superman del año pasado lo era del Superman de 1978.

Así lo ha querido Gunn. Pero hay un problema: la Supergirl original fue un absoluto fracaso. Podía esperarse tras la decepción que ya había sido Superman III —con aquella incomprensible decisión de colocar al cómico Richard Pryor como un protagonista cuyo tiempo en pantalla rivalizaba con el del superhéroe—, y de hecho los Salkind ya se temieron lo peor al no lograr convencer a Reeve de que Superman bendijera esta nueva película con su presencia. El único personaje de las películas de Superman que reaparecía en Supergirl era… Jimmy Olsen. Nada podía librar a Supergirl (pese a contar con una escala semejante a las entregas previas) de parecer un producto de segunda fila. 

Gunn, en este aparente afán de rectificar la historia del cine superheroico, sí ha garantizado que Superman esté presente en Supergirl. Y las breves apariciones de David Corenswet resultan ser lo mejor de la película, confirmando el avasallador encanto de alguien que ha nacido para interpretar al superhéroe del mismo modo que antes había nacido Reeve. Pero no es suficiente. No es suficiente para olvidar que la película en la que se refleja Supergirl era atroz, y que además había contribuido a acelerar la muerte de la saga de Superman. Tres años después de aquella Supergirl, en 1987, Superman IV: En busca de la paz fue una experiencia tan embarazosa como para apartar al personaje del cine durante décadas. Quién sabe si la industria no va hoy encaminada a un episodio similar.

La historia se repite (en todos los sentidos)

Esta Supergirl tampoco es una buena película, aunque se han tomado medidas para evitarlo. Gunn suele presumir de que, bajo su mando, en el Universo de DC no se empezará nunca a rodar sin un guion completo y aprobado (al contrario, se supone, de como hacen en Marvel). Así que el estudio debió quedar convencidos cuando la semidesconocida Ana Nogueira entregó un libreto con reminiscencias a Mad Max: Furia en la carretera. En principio el gran referente era el cómic Supergirl: Woman of Tomorrow de Tom King y Bilquis Evely, pero Nogueira lo había planteado todo a fin de cuentas como una larga persecución a través del espacio, que contemplaba el rescate de varias mujeres obligadas a casarse con los pérfidos Bandoleros. 

Estos eran, asimismo, los que habían asesinado a los padres de Ruthye Marye Knoll, una joven que a la manera de Imperator Furiosa requería la ayuda de Supergirl en su venganza. A todo lo cual hay que añadir una motivación extra para Kara: el envenenamiento de su perro Krypto, ya aparecido en Superman. Krem, líder de los Bandoleros, tiene el antídoto, así que el motor dramático central de Supergirl es la salvación de la mascota de la protagonista. Lo cual recuerda a lo visto en Guardianes de la Galaxia 3, dirigida por el propio Gunn, cambiando a Krypto por Rocket. De modo que no es tanto que lidiemos con un guion interesante, como con un entramado de ingredientes que deberían funcionar. Porque ya han funcionado antes, porque se supone que Gunn los domina perfectamente.

Gunn, cierto, no es el director de Supergirl. En su lugar tenemos a Craig Gillespie, si bien se trata de una firma más testimonial que otra cosa. Gillespie es un artesano llegado de la escena independiente —despuntó allá por 2007 con Lars y una chica de verdad— que viene amoldándose sin rechistar a las producciones de grandes estudios, como prueba la notable Cruella de 2021. Es esencialmente un mandado, y aunque podamos achacar a su oficio que Supergirl no luzca mal e incluso sea destacable alguna secuencia de acción, la visión primordial sigue siendo la de Gunn. De ahí lo sucedido con Krypto, de ahí los retazos de humor gamberro —francamente fallidos en este caso— y de ahí la selección musical, que aun decantándose por un rock alternativo y parcialmente ignoto, refuerza la sensación de que Supergirl no es más que una discreta derivación del Superman del año pasado.

La película sufre además del espectro de la anterior continuidad de DC pues por algún motivo Jason Momoa, tras interpretar a Aquaman, reaparece aquí con un nuevo personaje, Lobo. Que es básicamente el tipo de personaje que hace Momoa siempre y que tanto nos repatea a estas alturas, incorporándose a la aventura de Kara y Ruthye con la misma chulería bufa que había paseado por la DC de Snyder. Todo lo cual, por otra parte, ilustra un esfuerzo por alejarse de los errores cometidos por la Supergirl de 1984, preocupándose porque el segundo ladrillo de este nuevo Universo tenga un carácter prudentemente alejado de lo que propuso Superman el año pasado.

Pero eso no es algo necesariamente bueno. No lo es cuando las decisiones tomadas nos remiten simplemente a otras películas distintas —en el Universo de Marvel, en efecto y entre Guardianes de la Galaxia y los Thor de Taika Waititi, ya hemos visto varias así—, y el cruce de referentes obliga a una angustiosa indecisión en el tono. La escritura del filme, cuando no permanece en la ligereza y canallismo trasnochado de esta larga persecución, intenta acercarse a una construcción dramática a la medida, nuevamente, de la escuela James Gunn, insistiendo en presentar a Kara como una joven traumatizada por el pasado que aún dista de haber abrazado su auténtico heroísmo. 

Esta construcción fluye en torno a Krypto, a la relación con Ruthye y a varios flashbacks del pasado de Kara que hunden el ritmo y nunca logran ser lo bastante emotivos como para que compense. O como para que la protagonista pueda importarnos, más allá de la entusiasta interpretación de Alcock —la protagonista de La casa del dragón es la única que parece pasárselo genuinamente bien por aquí— o de ese vínculo con Krypto que solo conmueve por automatismo. Así que, en resumen, no es tanto que Supergirl sea una mala película —está a bastante distancia de la mayoría de los engendros de la anterior continuidad de DC—, como que simplemente es insulsa. Se queda a medias en todo, carece de aplomo para revalidar el impacto del Superman del año pasado.

Y el motivo de esto es más sencillo que todo el despiece que podamos hacer de la película, con el que intentemos racionalizar por qué Supergirl está tan cerca de funcionar, y por qué casi nunca lo hace. Basta, para ello, con acudir a las virtudes del Superman de Gunn. Aquel Superman estaba mejor escrito y mejor armado, sí, pero sobre todo estaba concienciado plenamente con un único y trascendental propósito: cada uno de sus elementos estaba dispuesto de forma que reivindicara su derecho a existir, su rechazo a la fatiga superheroica a la vez que una sutil comprensión de por qué esta había podido tomar cuerpo. El Superman de Gunn se preocupaba de los superhéroes a nivel simbólico, queriendo legitimar su existencia en una época de cansancio y creciente cinismo.

Saliera mejor o peor —salió maravillosamente, en realidad, casi como para oficiar de perfecto panegírico para el género—, hablábamos de un planteamiento creativo de primera categoría. De una razón de ser volcada en justificar la propia razón de ser. Algo de lo que carece Supergirl. No es más que otra película de superhéroes, impulsada por la inercia de siempre, contentándose con ser solvente y no molestar a nadie. Igual algo así podía haber sido suficiente hace diez años, pero ya no. Si llegado 2026 Hollywood sigue empeñado en hacer cine de superhéroes, lo mínimo que hay que exigirle es que nos dé alicientes para seguir mirando. No parece por lo demás que, en la vecina Marvel, las inminentes Spider-Man: Brand New Day y Vengadores: Doomsday vayan a ofrecerlos. Así que aquí estamos, una vez más, impacientes por que la burbuja explote del todo.