La violencia magnética de Jacques Audiard

En las películas de Jacques Audiard siempre hay bronca. De un modo u otro, en algún momento de su malaventura los personajes van a tener que arremangarse para fraguar su aprendizaje, pero eso no implica que el director esté dispuesto a encajar que se hable del suyo como de un cine con querencia por la violencia. Tal vez porque él entiende la palabra en su precisión y con esa precisión la aplica. La violencia no es un capricho, la violencia lo es todo.

Dheepan, el personaje que da nombre a su última película, es un emigrante escapado de la consumida guerra civil de Sri Lanka en la que ha sido combatiente. En su mudanza a la periferia de París le acompañarán una mujer y una niña, compatriotas desconocidas que en adelante, con vistas a conseguir asilo político en Europa, pasarán por ser su esposa y su hija. Juntos pero sin revolverse tendrán que ir desoyendo sus respectivas vidas anteriores mientras se integran en una jungla de asfalto tomada por la droga y el proxenetismo, un territorio hostil en el que deberán hacer frente a la impunidad del prójimo.

Demonios y Maravillas, vientos y mareas

En la opera prima de Audiard, el polar Regarder les hommes tomber, Jean-Louis Trintignant tutelaba a Mathiew Kassovitz en una relación casi conyugal y de culpas compartidas. Lee mis labios y De óxido y huesos también abundaron en parejas de inválidos físicos y emocionales, y tanto la adaptación literaria Un héroe muy discreto como el remake De latir mi corazón se parado o la celebrada Un profeta giraban en torno a hombres determinados a reinventarse.

Dheepan, su séptimo largometraje, mantiene ese interés en los individuos a los que les es preciso presentir su infierno para construirse no un paraíso, pero sí un entorno con fundamento, una identidad, un temple y una convicción. Nutrida de improvisaciones, la película está inspirada en la experiencia real de su protagonista, Antonythasan Jesuthasan, un antiguo combatiente con los Tigres Tamiles en su rebelión contra el gobierno de Sri Lanka que abandonó la organización y el país para establecerse como escritor en Francia bajo el nombre de Shobasakthi.

Sobre su papel recae ahora no solo la memoria sino el trapío naturalista de esta película cuyo fuerte, una vez más, es la forja de los personajes, algo que de casta le vendría al galgo si recordamos que Jacques es hijo de Michel Audiard, el más grande dialoguista del cine francés, si bien el primer hándicap con que se van a encontrar los protagonistas de Dheepan en su traspaso a Europa es que no disponen de la palabra.

Una película en su mayor parte hablada en la milenaria lengua tamil no se diría que está respondiendo a las necesidades del cine comercial, pero el director sabe domar muy bien sus esnobismos y mantenerse en una franja de seguridad. Porque el cine de Audiard parece siempre denso y grave pero es siempre ligero y leve, portador de la presunta majestad intelectual del que se quiere y es de arriba abajo francés pero se sabe también discípulo del cine norteamericano. Y a mucha honra.

El cine ambidiestro

Audiard empezó en el cine como ayudante de dirección de Polanski en El quimérico inquilino y en los años 80 escribió, junto a su padre, clásicos populares del cine europeo de acción como El profesional de Belmondo o la excelente adaptación de Marc Behm Mortelle Randonnée, unos orígenes que explicarían por qué su filmografía está agravada de la artesanía noble y sin sermones que funda los géneros populares.

La gestación de Dheepan aporta datos que señalan esas filiaciones, ya que la película se planeó en sus primeros estadios como una especie de Perros de paja donde el género debía operar como caballo de Troya. El problema con que se encontraron Audiard y sus guionistas entonces fue que desde esa perspectiva la propuesta se les convertía en una historia de justiciero urbano, un subgénero chico e ideológicamente reaccionario que no parecía conveniente a un cineasta de categoría. Para evitarlo optaron por diluir los elementos y extrañar el tono, postulándose así a la ansiada Palma de Oro en Cannes, el máximo galardón del mundo del cine en términos de prestigio. El peaje fue mínimo y la maniobra funcionó.

En su callada furia, Dheepan conserva trazas de ese thriller donde la violencia pasa por ser la manifestación de un desacuerdo íntimo, el diamante del conflicto y la posibilidad de una vida nueva, de una realidad distinta. En su intensidad es una hermosa película que hoy se está valorando como cine social en su retrato de la inmigración, que hay incluso quien percibe como denuncia, pero cuyo corazón temático no es otro que la invención de la familia y por extensión de la inevitabilidad de la guerra, y antes que nada es una película sobre el amor tal y como lo viene entendiendo Audiard en todo su cine, no como un asunto romántico sino como una cuestión de individuos aprendiendo a aliarse y a protegerse. Muchas veces de la adversidad y de la podredumbre que nos define como colectivo, pero más a menudo de sí mismos. De su propia inmovilidad en un mundo en llamas.

Desorientado e impotente como todos sus personajes desde el primer día de su carrera, Jacques Audiard sigue haciendo una y otra vez la misma película pero la sigue haciendo muy bien. Mucho más que suficiente.