La portada de mañana
Acceder
La guerra en Irán amenaza con provocar una escasez mundial de alimentos
Yasmina logró romper su matrimonio forzado tras cuatro años en Catalunya
'Cuando el dedo de Trump señala a la luna', por Isaac Rosa

El dibujante Robert Crumb pisa todos los charcos con sus 'Relatos de la paranoia'

Gerardo Vilches

2 de abril de 2026 22:05 h

0

El estadounidense Robert Crumb (Filadelfia, 1943) es uno de los autores vivos más influyentes del cómic mundial. No fue solo uno de los más decididos impulsores del comix underground a finales de los años 60, mientras vivía en San Francisco, sino que también fue uno de los primeros autores que consideró que el cómic podía ser un medio para la expresión personal y autoral, al margen de las grandes industrias.

Su influencia en la siguiente generación de historietistas puede rastrearse en figuras como Phoebe Gloeckner, Peter Bagge, Joe Matt o Daniel Clowes. Creador de personajes tan icónicos como el Gato Fritz o Mr. Natural, se reinventó a los 65 años con su propia versión del Génesis, su primera —y única— obra larga. Irreverente, ácido y autodespreciativo, el trabajo de Crumb constituye un corpus sólido y coherente a lo largo de las décadas, caracterizado por la crítica social y la exposición de su propia neurosis, lo que le ha traído no pocos problemas.

Recientemente, se ha publicado en nuestro país Crumb. Vida de historietista (Es Pop Ediciones, 2025, trad. Óscar Palmer), una extensa biografía elaborada por el escritor y crítico de cómics Dan Nadel. Se trata no solo de la más completa aproximación a la figura de Robert Crumb, sino también de una de las mejores biografías de autores de cómic que se hayan publicado.

Nadel aborda la labor con la intención de no ocultar ninguna de las muchas aristas del personaje, por deseo expreso del propio Crumb, que le puso esa condición para colaborar. El biógrafo no solo realiza interesantes análisis de las obras del dibujante, sino que también ha tenido entrevistas con prácticamente cualquier persona que haya sido importante en la vida de Crumb y siguiera con vida en el momento en el que realizó el proyecto.

Así, el viaje arranca desde una infancia y adolescencia marcadas por una familia disfuncional, con un estricto padre exmilitar y una madre con trastornos mentales, además de sus hermanos, con los que elaboraba sus primeros cómics artesanales. Crumb comenzó su carrera profesional en la empresa de tarjetas de felicitación de American Greetings, que le proporcionó sus primeros ingresos más o menos estables.

La biografía de Nadel nos guía por todas las idas y venidas de Crumb en una época en la que era más fácil vivir con lo puesto, saltando de ciudad en ciudad. Fue clave la creación del Gato Fritz, un éxito casi instantáneo que le procuró uno de sus primeros desengaños, cuando Ralph Bakshi la adaptó al cine en 1972 —fue la primera película de animación calificada X—, con unos resultados que no gustaron nada a Crumb.

El 'comix underground', la fiesta de las barrabasadas

Ya más o menos asentado en San Francisco, con su primera esposa, Dana Morgan, a quien abandonó más de una vez en su tendencia a la impulsividad, Crumb entró en contacto con dibujantes como Spain Rodriguez, Gilbert Shelton, Clay S. Wilson o Rick Griffin. Con ellos crearía Zap Comix en 1968, una de las primeras revistas consideradas underground: publicaciones subversivas que se distribuían por canales alternativos y que tuvieron no pocos problemas con las autoridades por sus contenidos violentos y sexuales.

El comix underground, como bautizaron a esta corriente informal, se inspiraba en autores como Harvey Kurtzman para explorar todo lo que no era posible en el cómic comercial, considerado un medio infantil o juvenil, con el objetivo de hablar de su tiempo, de las cosas que conformaban su mundo: drogas psicodélicas, música y algunas gotas de crítica social. Lo hacían, en ocasiones, con historias violentas, con sexo explícito y todo tipo de barrabasadas. Se trataba de hacer todo lo que estaba prohibido.

El underground fue el germen de todo el cómic adulto estadounidense que se desarrollaría en las décadas siguientes, desde Maus (1980-1991) de Art Spiegelman —que empezó su carrera como dibujante underground— al cómic periodístico de Joe Sacco, pasando por las obras de Alison Bechdel.

El éxito de Crumb, a pesar de la cadencia irregular de Zap Comix, estuvo en su capacidad de trabajo y su falta de límites. Fue uno de los primeros en usar una versión de sí mismo para hablar de sus obsesiones y exponer sus propios miedos y parafilias, como bien explica Dan Nadel. Sus historietas breves exploraban, además, la hipocresía de la sociedad burguesa tanto como la de la cultura hippie, con la que no terminaba de casar. Crumb, escéptico hasta el paroxismo, nunca pareció querer formar parte de ningún movimiento, más allá de sus colegas de profesión.

La obra de Nadel construye un certero retrato de un artista tímido, con evidentes dificultades para socializar en su juventud, contradictorio y con tendencia a huir de los problemas, lo cual le trajo, paradójicamente, sus mayores problemas. Crumb. Vida de historietista no obvia los acontecimientos más duros de la trayectoria de Crumb, como un mal viaje de ácido junto a su esposa Dana, de cuyos efectos tardó en recuperarse más de un año, su pésima paternidad con respecto a su primer hijo, Jesse, o sus problemas económicos motivados por su nula capacidad para los negocios.

La llegada a su vida de Aline Kominsky, su segunda esposa y una de las mejores dibujantes underground, pareció salvar a Crumb de una vida desastrosa. Tal y como cuenta Nadel, aportó orden y estabilidad, además de una pareja artística con la que publicó muchas páginas.

Convertido en un mito cuyos originales se subastaban por decenas de miles de euros, Crumb se alejó de la órbita del moribundo underground y se embarcó en nuevos proyectos, como la revista Weirdo (1981-1993). En 1991, la pareja, junto con su hija Sophie, se muda a una casa en un pueblo del sur de Francia —que Crumb pagó con el dinero obtenido de la venta de unos cuadernos de dibujos—, en busca de una vida más tranquila y cercana a la naturaleza.

Crumb sigue dibujando, al tiempo que desarrolla su pasión coleccionista por los discos de pizarra de música folk tradicional y toca el banjo. En 2009, publicaría El libro del Génesis, una traslación literal del primer libro de la Biblia realizada desde su ateísmo, y su primera obra larga, formato que había esquivado durante toda su carrera.

Fractura generacional

En 2019, durante la entrega de los Premios Ignatz —que reconocen los mejores cómics independientes— en la Small Press Expo, el dibujante afroamericano Ben Passmore motivó con sus críticas al trabajo de Crumb un aplauso cerrado en una sala llena de autores y autoras de cómic. El suceso evidenció de manera muy gráfica la fractura entre la generación de los underground y las nuevas sensibilidades.

Ciertamente, los estereotipos sexuales y raciales que manejaba Crumb resultan hoy inaceptables para mucha gente —dibujantes feministas como Trina Robbins también lo denunciaron en su momento—, y son claramente ofensivos si se extraen de su contexto. El propio Crumb reconoce abiertamente la misoginia de su juventud, que exhibía en historietas donde abundaba su esterotipo favorito: mujeres robustas, más grandes que él, a las que dominar sexualmente en todo tipo de tramas extrañas y delirantes.

En su defensa, el dibujante siempre ha dicho que esos trabajos no pretendían ser ejemplares ni modelo de conducta, sino, más bien, exploración de sus propias obsesiones y deseos enfermizos: a través de su exposición, señalaba los de toda la sociedad estadounidense.

En algunos casos, la lectura literal malinterpreta historias con un claro tinte satírico, como es el caso de Cuando los negros tomen América y Cuando los malditos judíos tomen América, publicadas ambas en Weirdo en 1993, dos provocativas piezas que mostraban todos los prejuicios racistas y miedos atávicos de la sociedad blanca estadounidense, con clara intención crítica. Sin embargo, las obras generaron una gran polémica y llegaron a ser prohibidas en Canadá, al considerar que incitaban al odio. Crumb, perplejo, pero también acostumbrado a meter la pata, no hizo nada por limpiar su reputación.

Las paranoias de Crumb

Pocos meses después de la llegada a las librerías de su biografía, lo ha hecho la última obra de Crumb hasta la fecha: Relatos de la paranoia (La Cúpula, 2026, trad. Hernán Migoya). Con la forma de un tebeo de toda la vida de los que le gustaba publicar, con 42 páginas, el padre del underground hace honor a su proverbial capacidad para pisar todos los charcos y expone en varias piezas cortas su espirítu crítico y suspicaz, que ha derivado a una paranoia evidente.

Desconfiado del sistema desde su juventud, Crumb se enreda en sus propias pesquisas sobre las vacunas contra la COVID-19, sin llegar a caer en una posición antivacunas clara, pero sí cuestionando inquisitivamente el papel de las empresas farmaceúticas en todo ello. Consciente de su propia deriva y sabiendo que puede haber perdido pie con la realidad, el propio autor siembra la duda en su discurso: en la portada leemos “¿Loco de atar o juez objetivo de la realidad? ¿Quién sabe?”.

A sus más de 80 años, el autor aún hace gala de una capacidad increíble para el dibujo, con sus precisas plumillas y su característico rayado, y dibuja no solo sus obsesiones paranoicas y su propia visión de las teorías de la conspiración, sino también un historieta cuyo guion escribió junto a Aline Kominsky años atrás, su particular homenaje a la esposa fallecida en 2022, o una reconstrucción de su mal viaje de LSD en 1966.

Cínico, afilado, dotado de su habitual verborrea, Crumb llama al pensamiento crítico e insta a los lectores a no creer a nadie, ni siquiera a él. Aunque se pase de frenada, su crítica contra los dogmas y el pensamiento único resulta válida, y coherente con toda una carrera dedicada a demoler tabúes sociales, para bien y para mal.