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Gary Shteyngart: “Odio la pretensión en la literatura”

Retrato de Gary Shteyngart por Brigitte Lacombe. Cortesía de Libros del Asteroide.

Gary Shteyngart es bajito, lleva gafas y sonríe dejando ver unos dientes bien alineados: se los pagaron sus padres después de décadas de trabajo en Estados Unidos. La familia llegó allí a finales de los años 70, después de que Jimmy Carter y Leonid Brézhnev firmasen el tratado de intercambio de cereales por tecnología que permitió a los judíos rusos parar de trabajar en el comunismo para continuar haciéndolo en el capitalismo, aviones mediante.

El autor deja de ser Igor para convertirse en Gary, un niño que no habla inglés y que aún vive mentalmente en la Unión Soviética pero que se fascina con los lujos capitalistas que se encuentra en Kew Gardens, el barrio de Queens en el que su familia aterriza al llegar a su nuevo país de residencia. “En América la distancia que media entre el hecho de desear algo y conseguir que te lo entreguen en tu salita de estar no suele ser muy grande. Y como quiero una bicicleta, un rico vecino americano (todos son incomparablemente ricos) me regala una bicicleta. Es un aparato monstruoso de color rojo con los rayos que se salen peligrosamente de sitio, pero ahí está”, explica en el libro.

Sus memorias recomponen minuciosamente los hechos que marcaron su desarrollo como persona, en muchas ocasiones traumáticos o no bien asimilados en su momento. La editorial Libros del Asteroide publica ahora en España Pequeño Fracaso [el apodo que le impuso su familia debido a sus problemas de integración] traducido por Eduardo Jordá, después del éxito cosechado en Estados Unidos. Este es el cuarto libro de Shteyngart que a estas alturas ya está considerado como uno de los mejores escritores estadounidenses de su generación.

Hacerle una entrevista es un poco complicado, ya que usted explica toda su vida en el libro ¿Qué es lo que ha dejado fuera, qué no ha contado?

No hay nada más. Nada, todo está en las páginas del libro. Como escritor siento que ya he completado esta misión. En cuatro libros, incluyendo este, describo la vida desde la infancia vivida durante el proceso de dos grandes imperios que se transforman: la Unión Soviética colapsa y Estados Unidos no es que esté muy bien tampoco. Una historia muy del siglo XX. Pero ya no hay nada más que explicar.

La primera entrevista que me hicieron en estados Unidos fue con Francine Prose para Interview Magazine y me dijo “Después de leer el libro creo que sé más de ti que de mi marido después de 20 años casada con él”. Está todo ahí.

Muchas de las reseñas sobre su libro lo califican como “muy divertido”, pero en realidad mientras lo leía más bien sentí tristeza e incluso enfado, pese a que la ironía claramente está ahí y provoca la sonrisa ¿Qué sentimiento quería transmitirles a sus lectores?

Es interesante, porque mucha gente en España me ha dicho que el libro les había parecido más triste que divertido, mientras que en Estados Unidos ha sido al revés. En realidad no lo sé qué quería. Utilizo el humor para hacer las cosas más entretenidas. Si no el libro hubiese sido como un funeral, teniendo en cuenta que las cosas que sucedieron no fueron especialmente felices.

Muchos escritores utilizan estas técnicas de contar historias que no son especialmente divertidas de una manera que hace parecer que sí lo son. Hacer posible el reírse de las desdichas es un método estupendo.

Se le ha señalado como uno de los mejores escritores norteamericanos de su generación ¿Qué significa esto para usted? ¿Cuál es el papel del escritor en la cultura hoy en día?

No demasiado. Es una figura muy marginal en la cultura norteamericana. Somos como los cantantes de ópera o los bailarines modernos. Tenemos algo de importancia para gente de Brooklyn, Portland o en las afueras de Boston. Pero para el resto de la gente en norteamérica pasamos desapercibidos. Pero no pasa nada, está bien.

Además de escribir da clases de escritura en la universidad de Columbia ¿Qué es lo más importante que les enseña a sus alumnos?

¡Ufff! Creo que la voz, al igual que los cantantes tienen su propio tipo de voz, los escritores también tienen que encontrar la manera de sonar como ellos mismos y no como escritores. Odio la pretensión en la literatura, odio los juegos y odio ese intento de probarle al lector lo inteligente que eres. Es muy molesto, aunque seguramente yo también hiciese eso cuando empecé a escribir. Ya sabes: joven, intentando camelar a la gente con sus ocurrencias… pero después de un tiempo tienes que encontrar la esencia de tu voz, desde la cual vas a hablar.

¿Sus padres han leído el libro?

No, porque no se ha traducido al ruso y no leen bien en otra lengua.

¿Y cree que a sus padres les gustaría o se enfadarían por sus descripciones?

Pues no lo sé, eso depende un poco de ellos. Pero bueno, algunos escritores lo han definido como una carta de amor a mis padres y estoy de acuerdo. Para mi una carta de amor tiene que ser todo lo honesta posible y huir de la glorificación de las personas. En las historias de los inmigrantes siempre se tiende a ensalzar esa batalla del inmigrante que llega y conquista los sueños. Pero, de hecho, la transición a América fue muy difícil y siempre hay historias muy complicadas y oscuras, incluso teniendo en cuenta que Estados Unidos es un país de inmigrantes. Y no hace falta mirar mucho más allá de Donald Trump para ver cómo puede ser la situación de un inmigrante en la actualidad.

Pero sus libros anteriores sí se han traducido a esa lengua ¿verdad?

Sí, pero este no y no sé muy bien por qué [sonríe irónicamente].

¿Y qué piensan los lectores rusos acerca de sus libros y la visión que tiene de su país (tanto del pasado como del presente)?

Bueno, realmente no les gustan demasiado mis libros. Se escribieron reseñas muy encolerizadas. En concreto una decía despectivamente: “Se ríe de nosotros, pero no vive aquí”.

Por otra parte, una de las mejores cosas de haber publicado este libro es que cuando estaba de promoción viajando por todo Estados Unidos, muchos inmigrantes de mi edad se acercaban y me decían: “Lo lograste, diste en el clavo”. Habían vivido lo mismo que yo y me pedían que le firmase el libro al “médico fracasado” o este tipo de apodos que sus padres les habían puesto. Fue un sentimiento estupendo, el haberme acercado a esta gente. El libro es lo más honesto posible, es lo que viví y hay muchas similitudes entre los padres de esos lectores y los míos, con esos roles tan específicos: el padre autoritario e ingeniero mecánico y la madre trabajadora que mantiene las tradiciones de su país de origen.

Su psicólogo aparece que como personaje esencial en su vida ¿Se ha leído su libro? ¿Usted sigue yendo a terapia?

Sí, él sí. Se los ha leído todos. Pero creo que ya ha terminado con la terapia. Con el libro he cerrado una etapa, he conseguido montar las piezas del puzzle.

Ahora que es padre ¿Entiende mejor al tuyo?

Realmente no. Es como si fuésemos de planetas diferentes. Mi padre del helado Leningrado de 1972 y yo de Nueva York en 2015: no tenemos nada en común. Lo único que compartimos es el instinto biológico de proteger a tu hijo que él experimentó, por ejemplo, manteniéndose a mi lado en la cama cuando estaba enfermo. Por mi parte hay otras cosas que he intentado hacer de manera completamente opuesta a cómo las habría hecho él. Entre un americano que va a terapia y un hombre que vivió en la época de Hitler y Stalin no hay muchas similitudes.

¿Ya tienes un apodo para tu hijo?

No y no lo tendrá [sonríe]

Y ya para terminar ¿Cómo es estar casado con James Franco? [ver vídeo]

Oh, es genial. Deberías saber que tiene unos labios muy, muy suaves y esa increíble estructura facial que no puedes dejar de mirar en todo el día.

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Publicado el
25 de octubre de 2015 - 20:09 h

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