'Antigüedades', la novela que contrasta el mundo que dejamos atrás con el que están construyendo los jóvenes
Tal vez Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) sea la mayor autora viva de la que muchos lectores, hasta los más asiduos, todavía no han oído hablar. En esta ocasión no se puede culpar a las editoriales: durante años, Lumen publicó sus grandes novelas, entre las que destacan Los últimos testigos (2004), Cuerpos extraños (2010) —su particular versión de Los embajadores (1903), de Henry James— y la nouvelle estremecedora sobre un campo de concentración El chal (1989), además de sus magníficos Cuentos completos (2015).
También se pueden encontrar, gracias a la editorial argentina Mardulce, obras como La galaxia caníbal (1983), su primera (y espléndida) novela; y una recopilación de sus no menos extraordinarios ensayos y piezas de crítica literaria. Cynthia Ozick, sí, ha tocado muchas teclas distintas, y siempre, siempre, estaban afiladas. Porque, al leerla, hasta en las respuestas a las entrevistas que ha concedido siendo ya nonagenaria, se percibe una inteligencia que no admite concesiones, una lucidez en su forma de estar en el mundo, y, por lo tanto, en su forma de escribir, que eleva los estándares de cuanto género toca.
Bien, ¿y quién es Cynthia Ozick, qué la distingue de la multitud de escritores de EEUU que llegan todas las semanas a las librerías (y a la prensa)? Es, para empezar, la hija de un matrimonio ruso que huyó del viejo continente tras los primeros conflictos de la carnicería humana que devendría el siglo XX. En EEUU, se instalaron en el Bronx, donde regentaban una farmacia. Crecer allí, junto con el desgarro familiar por el trauma del desarraigo, hizo de ella una intelectual consciente de las injusticias sobre los más débiles y, en particular, la identidad judía.
Cynthia Ozick forma parte de esa (brillante) generación de escritores estadounidenses judíos en la que figuran Philip Roth, Saul Bellow, E. L. Doctorow, Grace Paley, Edith Pearlman y Erica Jong, entre otros. Con Philip Roth, a propósito, se respetaban mucho el uno al otro, sin llegar a ser amigos; ella era una de las pocas mujeres escritoras a las que recomendaba. Lo interesante aquí es que ni Ozick ni ninguno de los mencionados convirtió su obra en un panfleto; aun teniendo el tema de la identidad judía en EEUU omnipresente, este se reviste de un tratamiento literario, sin buscar la denuncia explícita, como sucede demasiado a menudo en la narrativa reciente y esa insoportable tendencia creciente a la literalidad, como si el lector (y el escritor) no dieran más de sí.
Sirva esta presentación para entender que leer a Cynthia Ozick supone, de algún modo, un viaje al pasado; no porque su obra haya envejecido mal (¡en absoluto!), sino porque posee la característica de la buena prosa de antaño, esto es, rica, con gusto por la frase larga, la digresión, el punto de vista no confiable del todo, el tratamiento primoroso de la subjetividad del personaje, las capas de historia, política que reverberan. En fin: con el dato de que escribió una novela como homenaje a Henry James debería bastar para que cualquier amante de la literatura de verdad salga corriendo a buscar sus libros.
Vejez, memoria y el ocaso de un mundo que no volverá
Cuando parecía que ya no habría más novedades (no se sabe nunca qué esperar de un escritor cuando supera cierta edad: ¿seguirá en sus cabales? Y, si es así, ¿le apetecerá seguir escribiendo? Y lo que escribe, ¿será digno o carne de cañón para los herederos?). Por suerte, la mente de Ozick, como la de Edna O’Brien —otra escritora de su quinta, de identidad irlandesa católica renegada, que también fue una colega apreciada por Roth—, no solo se ha mantenido sana, sino que no ha perdido un ápice de su agudeza, ni se ha desentendido de la realidad (en sus últimas entrevistas no dudó en hablar de Trump).
Eso no es óbice, sin embargo, para que en su narrativa sí se aleje y mucho del presente: Antigüedades (2021; Alpha Decay, 2026; trad. Eugenia Vázquez Nacarino), su novela más reciente, narra las últimas confesiones del anciano Lloyd Wilkinson Petrie, uno de los siete últimos antiguos alumnos de la Temple Academy, una prestigiosa escuela para chicos de familia aristócrata cerrada que, en el momento en el que el narrador comienza estas memorias, está cerrada desde hace décadas.
Corre el año 1949, en plena posguerra, cuando el protagonista decide poner por escrito sus recuerdos, a modo de entradas de diario, de algo que vivió en aquel colegio y que lo marcó. Ese algo lleva el nombre de un compañero con el que perdió todo contacto: Ben-Zion Elefantin, un muchacho judío de orígenes inciertos. Los demás lo recibieron como el apestado de turno; y el narrador, hasta entonces integrado como uno más en el grupo, se vio arrastrado por ello sin pretenderlo. No era, ni mucho menos, un justiciero; es más, en sus memorias no duda en exponer los sentimientos contrapuestos que despertaba ese chico de nombre ridículo en él: “Ser amigo de un engendro […] parecía mucho más peligroso que verme convertido en un paria por los demás chicos”.
La novela no es un canto al amigo perdido; Ozick no busca que empaticemos con el protagonista, sino que sintamos sus contradicciones
“¿Dónde está ahora? ¿Existió de verdad? Hoy no es más que una ilusión, ¿y si fue una ilusión entonces?”, se pregunta el narrador, que se pierde por los vericuetos del pasado para evocar una amistad llena de ambigüedades, de tensiones contenidas, pero también de fascinación por el misterio que encarna el otro, por el universo de posibilidades (y el toque de exotismo) que representa. La novela no es un canto al amigo perdido; Ozick no busca que empaticemos con el protagonista, sino que sintamos sus contradicciones, esa lucha interior entre el deber, como hombre educado en unos valores conservadores, y el incontenible arrebato de los instintos.
El lastre de esa educación rígida, que lo encaminó a la existencia esperada para él, con la profesión estable, el matrimonio y la familia como pilares, pesa asimismo en los otros frentes abiertos que deja entrever, a saber: el enigma del padre, sobre quien se cierne un episodio un tanto turbio (una época en la que dejó a su esposa para marcharse a recorrer el mundo, de lo que trajo una reliquia que terminó a manos del protagonista, algo que se entrecruza con el resto de la historia); la atracción, no admitida pero evidente, por la que fue su secretaria (narrada con una sutileza magistral: no es fácil expresar el afecto de un señor educado en reprimir las emociones); y el difícil entendimiento con su propio hijo, que, más allá del habitual choque generacional, encarna el contraste entre dos mundos, el del pasado del anciano y el nuevo, en construcción, del joven, apasionado del cine.
En última instancia, Antigüedades se lee como el testamento de un hombre de antaño, un hombre que pertenece al viejo orden, demasiado elegante para admitir sus prejuicios, pero demasiado anquilosado para asimilar las transformaciones sociales. El contexto es clave: fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando se produjo la gran revolución cultural que se rebeló contra los antiguos preceptos y cuyos efectos perduran hasta hoy. El narrador, como el juez nostálgico de la esclavitud de Reloj sin manecillas (1961), la última (y nunca lo bastante recomendada) novela de Carson McCullers, añora un tiempo en el que lo que sus valores, que ahora calla, estaban alineados con el sentir colectivo.
El verdadero drama de envejecer
Quizá sea ese el verdadero drama de envejecer: mantener la mente fresca para ver cómo aquello en lo que uno creía se derrumba, que no comprende a los jóvenes, que la mujer a la que amó ya no está, que muchas preguntas se quedarán sin resolver, que aquello que no hizo por miedo lo va a carcomer hasta el fin de su conciencia. Una mente, eso sí, que se va debilitando: más que un Proust inspirado, el narrador es un anciano achacoso, que a medida que se acomoda en el relato se deja ir, pierde el hilo, desbarra un poco. Es ahí, ahí donde deslumbra la pericia narrativa de Ozick para dar vida a un personaje en todo su esplendor, un esplendor que, por supuesto, está hecho de grises, de sombras.
El protagonista tiene rasgos que pueden ser extrapolables a los veteranos chapados a la antigua de cualquier época (como la condescendencia con la que trata a su asistenta, una mujer judía recién llegada que no puede dedicarse a lo suyo por falta de homologación: se asombra, por ejemplo, de cómo la lectura de unos versos en voz alta “la transforman de una asistenta doméstica intrascendente en una mujer que piensa”); pero lo interesante no es tanto el retrato de una vejez como el testimonio de los últimos estertores del viejo mundo, en forma y fondo; cómo a través de la experiencia individual, y su mirada hacia lo vivido, se reflejan los pilares de un orden en declive.
“¡Dios mío, cómo falseo los recuerdos!”, exclama en un momento dado. Y nosotros, los privilegiados beneficiaros del genio de Cynthia Ozick, podemos discernir a través de su estilo elusivo los tabús, los remordimientos, los silencios, porque Antigüedades es una de esas novelas en las que importa sobre todo lo que se calla. De heridas familiares que se enquistan, de errores, de daños infligidos; de todo eso va esta pieza breve, de apenas cien páginas, un formato en el que la autora ha demostrado de sobra su destreza. Con el retrato de interiores de un hombre herido —un texto que, en otras circunstancias, tal vez no habría visto la luz o no habría sido valorado con justicia, por aquello de que la psique masculina y sus emociones parecían carentes de interés al lado de los “grandes temas”— vuelve a demostrar su excelencia. Ojalá esta sea la puerta por la que muchos lectores la descubran. Porque la (buena) literatura no se convertirá, jamás, en algo obsoleto.