¿Qué harías tú en mi lugar? La novela que advierte del peligro de idealizar las vidas de los demás (e infravalorar la nuestra)
¿Quién no ha fantaseado alguna vez, aunque sea por unos instantes, con vivir la vida de un millonario de los que aparecen en las revistas? Polly Wilkinson es una mujer casada y madre de dos niños que en apariencia está satisfecha con lo que tiene. Sin embargo, es también una criatura inquieta, y en sus tardes aletargadas de ama de casa londinense las ficciones del cine y la literatura romántica avivan su imaginación. Un día, asomada a su pequeño jardín, ve pasar a una elegante dama en un Rolls-Royce como los que ve en las crónicas de sociedad y, por un momento, le sobreviene el “deseo de estar en su lugar”. Y, ¡zas!, tras un leve mareo se despierta en un majestuoso salón.
No solo eso: Polly se encuentra dentro de un cuerpo que no es el suyo; el cuerpo de una mujer como siempre ha querido ser: esbelta, con la piel fina, de porte distinguido y con unos modales exquisitos. Y no está sola: a su lado tiene a una anciana que no tardará en descubrir que se trata de la suegra de la dama en quien se ha reencarnado. Hay también una criada a quien le da apuro mandar porque es más refinada que ella misma, es decir, que ella en su identidad de Polly. Su ocupación del cuerpo ajeno durará unas horas; a su regreso, se dará cuenta de que en su ausencia alguien ha vivido en su casa y se ha hecho cargo de sus tareas, como acostar a los niños.
La dinámica de ese singular “viaje” se repetirá de vez en cuando a lo largo de los meses siguientes, siempre de manera imprevista y siempre en el cuerpo de la misma mujer, que responde al nombre de Lady Elizabeth. Ese es el argumento de Extraños viajes (1935; Alba, 2025, trad. Daniel de la Rubia), la primera de las tres novelas de la noble británica Lady Maud Kathleen Cairnes Plantagenet Hastings (1893-1965), que firmó como Maud Cairnes. Esta aristócrata, gran amante de las artes escénicas, también cultivó el teatro y fue una personalidad de las revistas de su tiempo. Un bagaje poco habitual en una escritora, que sin duda contribuyó a recrear el entorno de lujo en el que emerge la protagonista.

Una vez aceptada la suspensión de la incredulidad, nos embarcamos en los intercambios temporales de Polly y Lady Elizabeth, narrados desde el punto de vista de la primera. El viaje, imprevisible e incontrolable, la deja en una doble intemperie: por un lado, no sabe desenvolverse en sociedad, ignora las costumbres de la dama de quien está ocupando el cuerpo y sus nuevos allegados no tardan en notarla extraña; por el otro, sus ausencias en el día a día como Polly hacen que se pierda momentos con los suyos y desconoce qué ha hecho o dicho la desconocida durante ese rato, lo que la pone en más de un aprieto.
Porque, más allá de lo externo, Polly y Lady Elizabeth son muy distintas: mientras que la primera es una mujer jovial, briosa y entusiasta, a la segunda la describen como un témpano de hielo. Tampoco sus aficiones, costumbres y preferencias coinciden: Lady Elizabeth es de poco comer, fumadora empedernida, amazona tenaz, gran conocedora de las artes y la cultura, y con total desinterés por los juegos de cartas; Polly, en cambio, nunca ha fumado, disfruta de las pastas de té y los placeres culinarios que le sirven en su nuevo hábitat, se divierte con el póker y apenas tiene experiencia a lomos de un caballo.
Quien más, quien menos ha envidiado en algún momento la comodidad de la que gozan los aristócratas y los protagonistas de la prensa rosa en general (o, en la actualidad, los influencers más populares de las redes sociales). En su vida prestada, Polly halla todo y más de cuanto ha podido imaginar asomada a esa realidad desde el filtro de las revistas de sociedad: los vestidos hermosos, el servicio amabilísimo, el tratamiento formal, la despreocupación por los gastos, los eventos sociales con la flor y la nata de su tiempo, los manjares más selectos, las actividades culturales. Sin embargo, también acusa una impostura que la constriñe, que los constriñe a todos, bajo el muro de la contención.
Mirar hacia otro lado
Como consecuencia de esa educación severa, expresar emociones con libertad o dejarse llevar por el impulso en una fiesta son costumbres que no se estilan. Además, Polly no tarda en detectar problemas en la vida íntima de Elizabeth, como la sospecha de que su marido le es infiel. De algún modo, todos a su alrededor lo saben, pero, escudados en la hipocresía de quien cree que es mejor mirar hacia otro lado antes que alentar el escándalo, fingen indiferencia. Es un universo social con muchas más dobleces de las que se entrevén en la imagen interesada que se transmite al público. Polly echa de menos la espontaneidad de las relaciones con su círculo, las fiestas de Navidad alegres y hasta las rutinas domésticas más modestas.
Extraños viajes va más allá del enredo cómico ocasionado por el contraste entre ambas y sus mundos; tampoco se limita a poner de relieve las carencias de la alta sociedad con el fin de celebrar las pequeñas victorias de la clase media. Lo interesante de la novela de Maud Cairnes es, sobre todo, el modo en el que, al introducir a una desconocida en los mandos de control de una existencia ajena, subraya aquello que la propia mujer no ve en su vida, aquello de lo que no es consciente o a lo que ha dejado de prestar atención por costumbre. Lo que a la interesada le pasa desapercibido (o le da miedo o no sabe cómo afrontar), a la inquilina le llama la atención o le resulta sencillo de gestionar. Quién sabe: quizá hasta se puedan ayudar la una a la otra.
Una comedia de costumbres
En ese sentido, que sean tan diferentes suma: lo que para una es una carga o una opción inconcebible, la otra lo hace de manera natural, sin apenas esfuerzo. Esto lleva implícita la idea de que, a menudo, para solucionar los problemas es necesario romper con los hábitos arraigados, atreverse a pensar (y actuar) de forma alternativa. Cambiar, en definitiva. De fondo, la tensión crece a medida que los viajes temporales se alargan, la protagonista teme perder su propia vida o que su sustituta meta tanto la pata (y viceversa) que los daños sean irreparables para ambas. Ese miedo, no obstante, no la paraliza ni a ella ni a Elizabeth, sino que las activa en busca de soluciones.
A diferencia de otras historias de encarnación de un cuerpo ajeno, como la turbulenta nouvelle La chaise-longue victoriana (1953; Automática, 2012, trad. Laura Salas Rodríguez), de su compatriota Marghanita Laski, Extraños viajes no es una novela oscura que envuelva al lector en una maraña de suspense psicológico extenuante, sino más bien una comedia de costumbres amena y juguetona que aprovecha la herencia decimonónica de la atracción por los fenómenos paranormales para desmenuzar, a través de una situación increíble, las verdades que se esconde en la vida doméstica.
Los que disfrutaron de comedias familiares como Tú a Londres y yo a California (1998) —y su antecesora, Tú a Boston y yo a California (1961)— o Ponte en mi lugar (2003) —de la que hay una secuela en camino—, encontrarán en el libro un tratamiento más complejo de lo que significa meterse, de manera literal, en la piel de otro. Con la viveza que da la escritura dramática, la autora firma una novela de costumbres al más puro estilo british, con personajes sólidos, ritmo ágil, tensión in crescendo, manejo diestro del diálogo, giros narrativos bien encontrados, sentido del humor y emoción. Y es, también, un recordatorio de aquella máxima perversa: “Ten cuidado con lo que deseas”.
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