Gustavo Faverón, el escritor que agita y renueva el legado de Vargas Llosa y Bolaño: “Nos gusta creer en la venganza”
Para el escritor Gustavo Faverón, La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, es la mejor novela en español después de El Quijote. El autor de dos novelas brillantes, originales y mastodónticas como Vivir abajo y Minimosca, siempre se ha visto influido por la sombra de Vargas Llosa, peruano como él y responsable de varias de las obras más importantes de la literatura del último siglo. Pero mientras que casi todo el mundo se apresura en recomendar títulos imponentes como Conversación en La Catedral o La fiesta del Chivo, Faverón recurre a su sexta novela, escrita en 1981, y que narra la guerra de Canudos.
Quizás de tanto preguntarle por Vargas Llosa, de tanto subrayar la influencia del escritor en su obra —también atravesada por el estilo incontrolable y a chorro de Roberto Bolaño—, Faverón ha decidido convertirle en el protagonista de su nueva novela. O algo parecido. Porque como siempre en sus novelas nada es lo que parece. Madame Vargas Llosa (Editorial Fulgencio Pimentel) es su obra más corta, aunque mantiene su mezcla de realidad y absoluta fantasía, de personajes reales e inventados, de encuentros fortuitos y de estructuras que giran sobre su eje. Incluso mantiene la obsesión con el Fitzcarraldo de Herzog. Aquí lo divide en cuatro capítulos, cada uno con un punto de vista.
Si uno se descuida, el primero cree que es de Vargas Llosa, y de alguna forma lo es, aunque realmente es de Maria Trindade, la Madame Vargas Llosa, del título, una transexual brasileña obsesionada con el escritor que como una escritora de fan fiction escribe las novelas del peruano antes de que lleguen traducidas a su país, creando versiones alternativas, locas e hilarantes de las creaciones reales del autor de La casa verde.
Faverón confiesa que la novela parte del reto de escribir “en un tiempo breve”. Quería hacerlo en un verano. De mayo a agosto. La idea era escribir una novela basada en Eleanor Rigby, la canción de Los Beatles. De aquel trabajo se quedó con el último mes, y la idea de Eleanor Rigby se ha quedado en una cita al final de Madame Vargas Llosa y en una idea que probablemente sea el germen de su siguiente trabajo. “Los juegos que había estado haciendo buscando una voz narrativa me llevaron a elegir una que era, en muchos aspectos, muy similar a la que usa Vargas Llosa en ciertas novelas”, cuenta del origen del manuscrito y, de alguna forma, de la idea de incluir al propio Vargas Llosa como un personaje.
Al escritor no se le caen los anillos por reconocer la “enorme influencia de Vargas Llosa” sobre él, su literatura e incluso sobre su “decisión de escribir”. “Fue el primer escritor al que leí pensando que eso es lo que me gustaría hacer a mí. Hay un momento en que lees algo y te das cuenta de que estás comenzando a leer como un adulto, aunque no lo seas todavía”, cuenta Gustavo Faverón desde la céntrica librería La Fabulosa en Madrid.
Por si fuera poca influencia, más tarde le conoció personalmente. Vargas llosa había leído su primera novela, El anticuario, y le gustó tanto que quiso conocerle. Le invitó a su casa y mantuvieron una relación cercana hasta su muerte el pasado año. “Jamás estuvimos muy cerca uno del otro políticamente, pero literariamente su influencia siempre ha sido muy grande para mí. Esta novela la escribí cuando Mario murió. Yo no tenía ninguna idea de qué iba. Yo estaba pensando en escribir Eleanor Rigby y no sé si su muerte tuvo algo que ver con el hecho de que yo haya terminado escribiendo una novela que lo tiene a él como uno de los centros de gravedad”, cuenta.
A pesar del humor y la retranca deja claro que no le gustaría que esta novela y ese personaje se tomaran como “una especie de caricatura o una parodia suya”. “La novela está llena de humor, pero al mismo tiempo creo que hay una serie de preguntas serias acerca de, en cierta forma, cómo funciona la literatura de Vargas Llosa en relación con la mía, pero también cómo funciona el tipo de literatura que él representa en el siglo XXI”, añade.
Jamás estuvimos muy cerca uno del otro políticamente, pero literariamente la influencia de Mario Vargas Llosa siempre ha sido muy grande para mí
También, de alguna forma, hay una reflexión sobre separar al autor y la obra. Como si en Madame Vargas Llosa Faverón intentara entender o justificar la deriva ideológica conservadora del escritor: “Tuve la oportunidad hace unos años, durante la pandemia, de hacer una entrevista a Mario por Zoom, que no fue publicada nunca y que era exclusivamente acerca de su evolución política. Cómo alguien pasa de una célula socialista cuando era joven al liberalismo. O sobre si él pensaba que era conservador o incluso para cierta gente, reaccionario. En ese momento acababa de publicar Tiempos recios, que es una defensa de ciertos políticos de izquierda en América Latina frente a los ataques de la derecha radical. Esas preocupaciones de Vargas Llosa existieron hasta el final. El escritor, en cierta forma, siempre fue bastante más progresista. Incluso cuando tenía la intención de no serlo”.
Faverón subraya esa tendencia a que la literatura de Vargas Llosa fuera más progresista que él como persona, y que incluso eso pudiera “ser usado como argumento en contra de sus ideas políticas”. “A mí eso me parece interesante. Yo creo que en los últimos años, sobre todo en este último año, prácticamente desde su muerte, uno como que ya puede ver unos cuantos síntomas de reconocimiento en el mundo, por lo menos del mundo hispano, de que finalmente las cosas que haya dicho en política en los últimos diez o 15 años van a tener mucho menos peso y mucho menos peso histórico que las cosas que escribió a lo largo de los otros 60 años”, zanja.
La entrevista coincide con las elecciones de Perú. En 2021, Vargas Llosa —que se había presentado contra Alberto Fujimori en 1990—, apoyó a la hija de este, Keiko, candidata de la extrema derecha. En 2026, Keiko Fujimori ha vuelto a presentarse. Para Gustavo Faverón estas elecciones parecen “una repetición de la anterior, es algo casi autoparódico”. Cree que la izquierda tiene un “pésimo candidato”, y que Keiko es “una parodia del padre, que ya era un personaje terrible”. Al preguntarle por qué hubiera opinado su maestro cree que hubiera tenido la misma posición, porque de alguna forma es la misma elección: “Sería una pena. Yo creo que su apoyo a Keiko Fujimori en las anteriores elecciones fue el momento de mayor error político de Vargas Llosa.
El otro nombre con el que se compara siempre a Faverón es Roberto Bolaño. Tiene sentido. Su literatura a borbotones, donde las historias se bifurcan, crecen y se despliegan como un río se parece a la del chileno. Lo que es curioso es que aunque reconozca las similitudes, confiesa que no le gusta Los detectives salvajes, aunque 2666 le parece “una novela fascinante y el indicio más claro de que Bolaño estaba destinado a llevar la literatura contemporánea en direcciones que no podemos ni siquiera sospechar si su vida hubiera durado unos diez o 20 años más”.
Bolaño es, junto a Vargas Llosa, uno de esos escritores cuya obra se entrelaza con la suya: “Yo sé que parte de lo que yo hago está escrito en diálogo con ellos, tomando cosas de ellos, modificando cosas de ellos, jugando un poco a incluso, en el caso de Vargas Llosa, a pensar cómo habría contado esa historia o esta otra. Y pienso en Vargas Llosa, en Bolaño, pero también en Borges, Ricardo Piglia o Diamela Eltit, por mencionar solamente escritores del mundo hispano que están siempre presente en mi mente cuando estoy escribiendo”.
A pesar de ser una novela mucho más corta, Madame Vargas Llosa es, sin duda, una novela de Faverón, y él lo sabe. De hecho le gusta pensar en todo lo que escribe “como piezas de algún par de dimensiones ficticias”. Son dimensiones “que no ocurren en este mundo donde vivimos nosotros, sino en un mundo parecido donde parte de la historia conocida ha ocurrido también, pero ciertas partes no”.
Antes había un cierto placer en el conflicto. Ahora estamos buscando leer libros que nos permitan sentir que somos buenas personas, que nuestras ideas son correctas
Así, en sus novelas hay un Duchamp que muere bastante antes que el real, o imagina en Madame Vargas Llosa un diálogo entre Vargas Llosa y el director de cine Ruy Guerra que nunca tuvo lugar. O hasta incluye un personaje cuyo punto de vista viene del más allá, un fantasma que se desvela como “el personaje más real, a pesar de que es el más absolutamente literario, imaginario, ficticio y casi un tópico literario”. En definitiva, disfruta poniendo “en fricción al mundo histórico con el mundo ficticio”.
Ese fantasma acaba siendo su narrador más fiable, o al menos “la versión más creíble aunque sea el personaje más fantástico”. “Yo creo que no es tanto que esa última versión sea la verdad. Es más, que es la versión que nos gustaría creer que es verdad. No porque nos guste la verdad, sino porque nos gusta creer en la venganza, y esa es la venganza de Rita Fontana”, analiza.
Ahí entra otro de los temas de sus novelas, esos puntos de vista que divergen, que ofrecen miradas contrapuestas de los mismos hechos y que le hace reflexionar sobre si, como lectores, queremos solo leer historias que nos reafirmen en nuestras certezas, algo que Faverón cree que nos lleva a “uno de los temas cruciales de la literatura contemporánea, ¿en verdad para qué leemos?”.
Cree que antes había un placer en leer a gente que no pensaba como uno, porque “había un cierto placer en el conflicto”, mientras que ahora “más bien estamos buscando leer libros que nos permitan sentir que somos buenas personas, que nuestras ideas son correctas”. Quizás por eso nunca tiene un plan previo para sus novelas. No hay estructura. No hay mapa ni una intención final, solo un libro que se construye teniendo fe en que “si uno escribe abierto al azar, al error y al instinto, es más probable hacer algo más interesante”. Eso lleva al que es su objetivo como escritor: “Que los libros sean más inteligentes que el que los escribe”.