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Patrick Modiano después del Premio Nobel: un escritor fiel a sí mismo

Cristina Ros

3 de junio de 2026 22:52 h

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Hay escritores que parecen escribir siempre el mismo libro, como si cada nuevo intento fuera un paso más hacia esa obra maestra que (casi) todo autor aspira a escribir. O, más bien, como si su relación con la literatura fuera inseparable de una determinada materia, de un universo literario que condensa las obsesiones de su creador, y que suele tener sus raíces en la memoria de quien escribe. En el fondo, la obra maestra no es tanto un título en particular como el conjunto que conforman todos sus trabajos, del primero al último. Porque cada uno se acerca al misterio desde un ángulo distinto: el escritor se convierte en una suerte de cineasta que, cámara en mano, se acerca y se aleja del objetivo, tantea, da vueltas, crea efectos visuales, corre, va despacio, se marea.

El objetivo siempre es el mismo, y quien lo graba también; lo único que cambia es la perspectiva, que juega con la luz y la sombra, reflejo de la inexactitud de esa memoria-fuente de donde brota todo. El escritor teje diferentes relatos que dialogan entre ellos, que van encajando como piezas de un rompecabezas que conforma una imagen siempre incompleta de sí mismo. A ese tipo de autor, o se le ama o se le odia. Es comprensible: o cada nueva incursión en su obra es un regreso a un territorio, un lenguaje, que el lector percibe como propios, que ha hecho suyos; o bien son diferentes accesos a un laberinto del que no se halla la salida porque no entiende las indicaciones.

El francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), flamante ganador del Premio Nobel de Literatura 2014, en una decisión que generó bastante consenso entre crítica y lectores, pertenece a esa estirpe de literatos. En su caso, sus temas gravitan en torno al París de mediados del siglo XX, desde la Ocupación alemana –que él no conoció, pero que explora porque ese fue el París donde se conocieron sus padres– a los años sesenta, la época de su juventud; la figura del padre, rodeada de preguntas; y, por extensión, los personajes marginales de ese pasado, que emergen como espectros que el narrador trata de interrogar sin llegar a conocerlos nunca del todo.

Esos motivos literarios son el medio por el que canaliza su búsqueda de identidad, la del autor-narrador, porque el protagonista suele ser un alter ego que, a partir de un hallazgo o un encuentro, comienza a excavar en la memoria, no con el rigor del documentalista, sino con la cualidad personal del escritor literario, ese ejercicio en el que los recuerdos se funden con el sueño, la imaginación y la ilusión. Gracias a esta confluencia, Modiano ha (re)creado un París único, de atmósfera noir, con la elegancia del cine clásico, donde la investigación detectivesca no es sino un pretexto para ir al encuentro de esa búsqueda de identidad que, al final, es la búsqueda de identidad colectiva, de una sociedad, de un tiempo, de un lugar; de un mundo que fue y, de algún modo, forma parte de nosotros.

Como suele sucederles a los autores distinguidos por la Academia Sueca, los libros que escriben tras recibir el galardón no llegan a contarse entre los más emblemáticos de su trayectoria, a pesar de la atención mediática que genera cada nuevo lanzamiento suyo. Como si, cuando se logra el Nobel, ya estuviera todo hecho, los títulos destacados de su carrera se repiten un artículo tras otro: la Trilogía de la Ocupación (1968-1972), Calle de las tiendas oscuras (1978), Dora Bruder (1997), Un pedigrí (2005), En el café de la juventud perdida (2007). Y, aunque tal vez merezcan ese honor; el autor no termina ahí.

Algunos escritores admiten que el Premio Nobel los bloqueó, que escribir ya no volvió a ser lo mismo, por no hablar de una cuestión práctica: Abdulrazak Gurnah, distinguido en 2021, dijo que fue tal la atención recibida (petición de entrevistas, conferencias, etc.) que durante meses las obligaciones derivadas de la literatura le robaron el tiempo para escribir. Claro que Modiano no tiene ese problema, porque siempre ha sido, como sus personajes, un tanto esquivo: no hace viajes de promoción y apenas concede entrevistas. Tímido y discreto, ir a Estocolmo para recoger el premio fue toda una hazaña para él.

El lugar natural de un escritor no es otro que su escritorio, y a este ha permanecido fiel Modiano todos estos años. La proyección mundial del Nobel no lo nubló, porque había algo más fuerte que los flashes: su compromiso con la literatura, su voluntad de escribir, de continuar expandiendo ese universo de sombras y extrañamiento de su literatura, esas circunvalaciones por el pasado que en el fondo son caminos para descubrirse a sí mismo y a quienes lo rodean. Comenzó a escribir (y a publicar) tan joven –tenía veintitrés años cuando vio la luz El lugar de la estrella (1968)– que no concibe vivir sin hacerlo.

Desde 2014, año de la concesión del Nobel, ha publicado cinco libros, que Anagrama edita en castellano a buen ritmo, y siempre de la mano de la traductora María Teresa Gallego Urrutia, que es una garantía de buen hacer en sí misma (La bailarina ha sido traducida al catalán por Mercè Ubach). Apenas unos días antes del fallo del premio, se publicó la edición en francés de Para que no te pierdas en el barrio, que llegó a España al año siguiente: este texto es un concentrado de Modiano en estado puro, con su alter ego Jean como protagonista, un escritor que, a partir de un encuentro, comienza a divagar, rebuscando en el pasado de ese hombre, tratando de evocar imágenes de un mundo que ya no existe.

Luego vino Recuerdos durmientes (2017), una exploración de las relaciones de un joven introvertido con seis mujeres durante los años sesenta en París. El título resume bien su concepción del hecho literario: a raíz de un encuentro o un hallazgo fortuito, se desvela algo que permanecía dormido, y ese es el billete para volver a adentrarse en la memoria. En Tinta simpática (2019), vuelve a ser una mujer el objetivo de sus pesquisas, esta vez motivadas por el encargo de una agencia de detectives. Chevreuse (2021) lleva a Jean a un lugar, a la casa donde creció, y, de ahí, a esas zonas borrosas que solo vio de refilón, a los misterios del hogar y de quienes lo habitan.

El pasado mayo se ha publicado en castellano y catalán La bailarina (2023), otro ejemplo de Modiano en estado puro: el narrador, un hombre enamorado de una bailarina, se acerca a ese mundo en el París de los años sesenta. La danza, la disciplina, la vida de entrega y sacrificio de la mujer por consagración a un arte; pero también, y sobre todo, la evocación de un ayer que dejó cicatrices, de los locales nocturnos, de los pasajes fríos y oscuros. Como en todas sus novelas, estos viajes por el pasado devienen una forma de interrogarse cómo vivir, cómo seguir viviendo en el presente, con esas heridas que aún escuecen.

En 2025 se publicó 70 bis, entrée des artistes, un libro escrito junto al músico Christian Mazzalai en el que el hallazgo de una caja de recuerdos (fotografías, cartas, anuncios y otros documentos añejos) impulsa la investigación de un edificio de Montparnasse por el que se cruzaron artistas, diletantes y bohemios de toda índole. Modiano se convierte en un arqueólogo de la memoria que no aspira a la exactitud ni a comprenderlo todo, sino a seguir interrogándose, como el poeta soñador en su eterna exploración. No es de extrañar que el proyecto le entusiasmara: le dio la oportunidad de hacer algo nuevo sin dejar de hacer lo mismo.

Modiano, aun apoyándose a menudo en los planteamientos del género policíaco, se sabe llevar esa búsqueda a su terreno, porque, más que esclarecer un misterio, lo suyo va de seguir dando vueltas en torno a él, como el flâneur que no se cansa de pasear aunque las calles estén a oscuras y no distinga los rostros, apenas las siluetas. Con estos mimbres, el autor logra acercarse a una verdad más profunda que cualquier explicación concreta; eso es, ni más ni menos, que la literatura.

El lector que le perdiera la pista tras el Nobel puede regresar a él tranquilo: Modiano ha seguido su rumbo, sin perder fuelle. Todas sus novelas, las de hoy como las de ayer, son puertas de acceso a ese París de la juventud perdida, tierra de fantasmas y héroes caídos. Henry David Thoreau decía que lo más importante, en la vida, es comportarse de forma coherente con respecto a los principios propios. En ese sentido, Modiano ha cumplido a rajatabla: ha seguido vagando por la memoria, y ha creado un lugar que los lectores han hecho suyo, un lugar seguro. Ya pueden venir modas, polémicas, ruido, envidias y otras hierbas del círculo literario; pase lo que pase, él seguirá ahí, faro de solitarios errantes.