La portada de mañana
Acceder
Sánchez reinicia la campaña con la “ejemplaridad” de Puente
Cómo se organiza la huelga del 11N para parar un país por la vivienda
Opinión - 'En el punto de mira', por Rosa María Artal

Crónica

Duran Duran, el show de los viejos románticos con nostalgia disimulada en retinol

Madrid —

0

¡Piensa rápido! Escoge un país y un año al que volver siendo joven y como fan de la música pop. ¿No se te ocurre? Aquí va el mejor: Reino Unido, 1981.

Ha habido pocos momentos en los que la historia de la música haya dado tantos grupos grandes y buenos a la vez. Los charts de los primeros años ochenta son un delirio: están conquistados por grupos que ahora no venderían más de dos mil entradas en su gira por capitales europeas. Pero el estilo New Romantic arrasó y, como un virus dotado de propagación masiva, maquilló los rostros, cardó los cabellos y cubrió de gasas, tules y volantes los cuerpos de incontables formaciones dentro y fuera de las islas británicas.

Grandes canciones, producciones excelsas y kilos de carisma hicieron de Duran Duran, Spandau Ballet, Visage, Ultravox, Gary Numan, Culture Club, The Associates, A-ha, A Flock of Seagulls, China Crisis, Classix Nouveaux, Blancmange, The Human League, Japan, Ultravox, Talk Talk e incluso Depeche Mode algo mucho más grande que una corriente musical: el canon de la elegancia pop.

Que cerca de cincuenta años después podamos ver a Duran Duran haciendo todavía buenas canciones y dando conciertos, es un privilegio. Según sus últimos discos, no es un grupo remember, ni una panda de aprovechados de la nostalgia, sino un conjunto de músicos que, aún fuera de su tiempo, consigue crear en los últimos años canciones memorables, como Last Night In the City (en 2015) o Invisible (en 2021). Además, hacía 21 años que no tocaban en Madrid.

El concierto de este viernes en el Palacio de los Deportes - Madrid Arena no presenta su último disco, Danse Macabre (2023) sino que lleva por título Free to Love Tour, un single de este año y la canción que quiere ser central el show. Un precioso tema para la pista de baile, que se inscribe entre la música disco o el eurodance y que está producido por un genio del género, Nile Rodgers (74 años) de Chic. A Rodgers hay que atribuirle canciones que son monumentos bajo la bola de espejos, como Le freak. Pero en directo Free to Love no suena tan chic, ni de lejos, como en el videoclip.

Simon Le Bon, Nick Rhodes, John Taylor y Roger Taylor salen al escenario con ganas y buena planta, pero hay algo artificial en la puesta en escena —acompañada de vídeos de muy baja calidad audiovisual—, un sonido sin alma, un aroma a comida precocinada, una frialdad disimulada en la repetición.

Duran Duran es un grupo más que grande, grandioso, y tienen canciones para hacer set lists a la altura de su leyenda. En cambio, en este concierto, que marcaba el final de la gira Free to Love Tour, asomaban demasiadas versiones. ¿Por qué Duran Duran, con 16 discos a sus espaldas, introducen tantas versiones en el directo? Siguiendo la estela de su disco Thank You (1995), se podría decir que por generosidad y agradecimiento. Esto es loable, pero artísticamente castrante.

La mejor de las versiones es la que realizan de los Yeah Yeah Yeahs, su tributo más reciente, de la canción del año 2008 Heads Will Roll. Desconozco si esta conexión es pura casualidad o malinterpretación, pero el álbum en el que está incluida, It's Blitz!, parece una alusión al club londinense en el que se fraguaron los nuevos románticos y que sin duda dio forma a los ochenta.

Otra de las versiones interpretadas es el himno anticocaína White Lines (Don't Don't Do It), de Melle Mel, rapero de los míticos Grandmaster Flash and the Furious Five, una canción rap funk incorporada desde el Thank You al repertorio en directo y que abochorna más de lo que aporta, por no hablar de la lección moral, siempre poco creíble desde el mundo del espectáculo.

Simon Le Bon se presenta como un gran frontman, con autoridad y decisión, como siempre ha sido, ya vista americana con palmeras de lentejuelas o camiseta. Su cara, con la que lucha contra la vejez aparente, sonríe y hace gestos propios de la flema británica, que enaltecen a la audiencia. Arranca con buena voz, pero la va perdiendo a lo largo de un set que dura algo más de dos horas, algo que quizá podrían haber reducido para cuidar las cuerdas vocales del cantante.

“Beautiful España!” y “amazing Madrid!”, dice para alagar al personal, antes de tamborilear lo que podría ser un pasodoble (no está claro) y de anunciar que el batería Roger Taylor tiene una “spanish connection” (una búsqueda en internet arroja resultados sobre su relación con Ibiza y su aprecio por el Madrid de los Austrias, pero Le Bon no acaba de aclararlo).

Y, en un arranque fallido de la gran canción Ordinary World, Simon Le Bon celebra la victoria demócrata en los midterms de Estados Unidos, aunque de inmediato pregunta si no debería hablar de política, ante lo que recibe una ambigua respuesta desde la pista (algunos pitan, otros no entienden, otros callan). Como sin duda es ambigua la dedicatoria del cantante, “a toda esa gente que batalla por su vida ahora mismo”, “a todos en este mundo peleando por la vida, la paz, la felicidad y el amor en sus propios países”. Le Bon recibió un aplauso, pero su mensaje, lejos de estar comprometido, abrazaba el buenismo y lo mismo servía para Palestina que para Israel, para Ucrania que para Rusia.

Sonoran los hits, por supuesto, porque para eso hemos venido. Un arranque potente con dos temazos como Is There Something I Should Know? y The WIld Boys. Un Hungry Like the Wolf, un The Reflex, un Notorius y un Rio para terminar. La fantástica Girls on Film, de lo mejor de su repertorio, en cambio, queda diluida al enlazarse con otra versión, Psycho Killer de Talking Heads, que estando hoy tan reivindicada suena del todo innecesaria.

Con Girls On Film, Nick Rhodes —quien por cierto está espectacular, con sus sombreras en forma de asombro, a sus 64— saca su cámara de fotos y toma instantáneas del público, como este ha estado haciendo de él toda la noche —quizá de manera obsesiva, dónde estás Placebo cuando se te necesita—, y el concierto va llegando a su fin. La pista, partida vergonzosamente en dos para sacar más dinero a los que están por delante (¿cuándo van a dejar los grupos de hacer esta práctica tan abusiva?) va notando que la noche se acaba. Antes de Save a Prayer, para el bis, pide Le Bon que brille el “movie star arena”, quizá la forma más bonita, a pesar del patrocinio, en la que nadie ha llamado a nuestro viejo Palacio de los Deportes del Barrio de Salamanca. Los asistentes sacan obedientes sus teléfonos y encienden las linternas, cantan “And the lights are flashing on your window sill / All alone ain't much fun”.

Y así es, la vida en solitario no es tan divertida. Y los conciertos, aún cubiertos de retinol y nostalgia, hacen la vida más divertida cuando la ilusión de volver juntos a Reino Unido, 1981, es compartida.