Crítica

La prosa de Alejandro Sawa contra la España católica se convierte en teatro

21 de enero de 2026 22:40 h

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Alejandro Sawa, el gran icono de la bohemia madrileña de finales del siglo XIX, ha renacido en escena, pero con voz propia. Ya no es solo el ciego trágico que retrató Valle-Iclán en Luces de bohemia, sino el escritor furibundo que despedazó en sus páginas esa España negra de sacristía, pecado y dominación patriarcal que le tocó vivir. El responsable es Mariano Llorente, dramaturgo y director que ha adaptado Noche, una de las novelas más sobrecogedoras del escritor sevillano. 

La operación es inteligente. En la sala pequeña del Teatro Español, la Margarita Xirgu, al mismo tiempo que se repone el éxito de la temporada pasada en la sala grande, Luces de Bohemia, se ha encargado a este veterano del teatro adaptar la novela del escritor que inspiró a Valle-Inclan el personaje de Max Estrella. El público puede acercarse así a dos voces fundamentales del cambio de siglo. 

Sawa es quizá la primera figura maldita de la literatura española. Gran talento, introductor en España de las nuevas corrientes francesas y europeas, el caprichoso destino hizo que se le recordara más por su figura que por sus escritos. Se convirtió en el rey de los bohemios, muchos han glosado su porte de rey vagabundo siempre con un bastón y un gran perro, entrando en los cafés, callando siempre al oportunista, con un verbo portentoso y una cultura vastísima. 

Pero este escritor cuenta con grandes novelas como Crimen legal, Criadero de curas o la misma Noche. Libros donde Sawa se enfrenta a la doble moral de una sociedad beata y de altos valores cristianos, pero brutal para sus congéneres. Sawa es anticlerical hasta la extremaunción, y se rebela con toda su alma ante las injusticias de un país que más que construir ciudadanos cercena todo rasgo de humanidad en el individuo. 

Llevar a escena ese ímpetu y la difícil escritura decadentistan del escritor, tan cruda como poética, es la nada fácil labor que ha acometido con verdadero éxito Mariano Llorente. La cartelera lleva años llena de adaptaciones de novelas. Es una locura que daría para un largo debate. Muchas veces, lamentablemente, estas adaptaciones se centran demasiado en trasladar el argumento y los personajes a escena. Algo que lastra la posibilidad de un verdadero lenguaje escénico.

Sin embargo, la adaptación de Noche contiene dos grandes virtudes. Primero, Llorente prescinde de muchas de las subtramas de la novela para centrarse en su corazón mismo: el irremediable naufragio moral de un país representado en la descomposición de una familia trabajadora. 

Y segundo, Llorente es capaz de instaurar un lenguaje teatral lleno de paroxismo. Un teatro del delirio y la alucinación que encaja como un guante al escritor. Este hombre de teatro, que junto a Laila Ripoll dirige la compañía Micomicón, se permite todos los juegos, registros y códigos teatrales posibles para ir bosquejando la pesadilla descrita por Sawa. “En la adaptación y puesta en escena he hecho a mi santo antojo, quería un lugar fijo donde yo moviera el espacio y el tiempo, me gusta ese bucle casi cuántico donde no está claro en qué tiempo o plano estamos”, explica Llorente a este periódico.  

La propuesta es negrísima, gótica, insoportable. Desde la primera hasta la última escena. El espacio es el interior de un piso, pero ante todo es un ataúd, un sarcófago negro, tan español que asusta. Ahí veremos cómo Paquita (Astrid Janer), la hija menor, agoniza en el catre a causa de una tuberculosis pulmonar, pero también de una vida encerrada, de trabajo, estropajo y misa que la ha llevado a perder los nervios. 

La propuesta es negrísima, gótica. Desde la primera hasta la última escena. El espacio es el interior de un piso, pero ante todo es un ataúd, un sarcófago negro, tan español que asusta

Su madre (Roser Pujol) está plegada a los designios de un marido tan beato como autoritario (Alberto Jiménez). Los otros hermanos ya han abandonado el nido. Uno está preso por asesinar a una mujer, el pequeño en un seminario, el mayor convertido en un avaricioso comerciante y la hermana de Paquita, engañada por un Don Juan de medio pelo, ha perdido la honra y ha sido expulsada. 

Llorente centra su mirada en Paquita, que en mitad de su delirio verá con nitidez, “tenía una venda negra, muy espesa, sobre los ojos, y se me ha caído o me la han arrancado”, dice en escena. Será a través de sus ojos que veremos, los ojos alucinados de una enferma. “De todas las injusticias que habla Sawa en su novela es la de la mujer la que más me ha atrapado. Sawa no soporta la injusticia que se ejerce sobre la mujer. Por eso escribe esta novela, ese acto me parece tan maravilloso como necesario”, argumenta Llorente. 

Las hijas en la novela no pueden jugar, salir a la calle. A veces la novela recuerda incluso a La casa de Bernarda Alba cuando el padre dice: “Ni amigas, ni amiguitos, ni paseos, ni tertulias, ni nada (…) Con su casa y con su obligación ha de tener bastante... De aquí en adelante no quiero que mis hijos pisen el empedrado de la calle para nada. Los domingos nada más (…) porque hay precisión de confesarse y de oír misa”. La mujer en casa, el exterior como peligro, como pecado. La mujer ignorante, desvalida ante la vida, que incluso desconoce cómo se engendran los niños, donde su única relación con el exterior es el confesionario donde el cura intenta inocularle la culpa antes incluso de que haya llegado el pecado.

Pero Llorente apunta otro referente que dice le ha servido mucho para la puesta en escena: El viejo celoso, el entremés de Cervantes donde un octogenario se encapricha de una niña de 15 años y la encierra en su casa bajo infinitos candados. “Cuando vemos lo que pasa ahora en Afganistán nos llevamos las manos a la cabeza, pero eso lleva instalado en España mucho tiempo, Cervantes ya nos lo cuenta, y lo que cuenta es de ser un talibán”, afirma.

El montaje, que girará la temporada que viene, está lleno de aciertos. Los visuales creados por Emilio Valenzuela, sobre todo los objetuales (como esa calle madrileña tan solitaria como bella pintada en témpera sucia), dan vuelo al montaje. Las interpretaciones de dos veteranos como Jiménez y Pujol aguantan como nadie los embates de la dirección. Una dirección que los pone a gritar como locos, a delirar rezando como poseídos. Algo nada fácil. 

Pero, además, Noche contiene una sorpresa que se llama Astrid Janer. Actriz más conocida por la televisión (Acacias 38 o La encrucijada) que por el teatro. “Hice unas pruebas para el papel de Paquita, Astrid fue la última. Y me dije, si el nivel que me ha dado en la prueba es una parte de lo que yo puedo sacar de ella... Y tenía razón, me ha maravillado, cómo sostiene toda la función, con qué nivel de emoción, cómo maneja los cambios…”, dice entregado Llorente. 

Llorente ahora anda dividido, cerca y lejos al mismo tiempo. Además de dirigir la obra, Llorente interpreta, a tan solo unos metros del escenario de Noche, al ministro de la gobernación de Luces de Bohemia. No podrá ver las representaciones que quedan de la obra que dirige, las funciones son al mismo tiempo. 

Se relaciona habitualmente el esperpento de Valle Inclán con el propio Sawa. Se quiere ver en Noche, publicada en 1888, un antecedente del esperpento. Algo que no es tan evidente, pero que Llorente defiende: “El esperpento no nace con Valle, él le pone nombre, pero como ahora oigo decir en escena todos los días: 'el esperpentismo lo ha inventado Goya', lo dice Max Estrella justo antes de morir”, explica Llorente. “No soy experto, pero a mí no me encaja bien esa adscripción de Sawa en el naturalismo radical. Creo que le tratan de meterle ahí porque no saben dónde encajarle”, refuta. 

“En Noche, las descripciones de cómo los padres pierden la cabeza en los rezos y cómo el propio Sawa se deleita en esos párrafos llevándoles hacia el disparate y convirtiéndoles en monigotes ridículos, creo que tiene que ver con el esperpento. Sawa los convierte en verdaderos títeres, en fantoches, en muñecotes ridículos”, argumenta Llorente para luego concluir: “Sí veo en esos personajes grotescos, suplicando a Dios que les traiga garbanzos, a los personajes deformados por los espejos del Callejón del Gato, sí veo ahí la tragedia de España”.