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NOTA AL PIE

Temer el fuego y acercarse al fuego

20 de junio de 2026 21:50 h

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Como todos sabemos, los solsticios son puertas en la cultura grecolatina: la Janua Coeli (Puerta del Cielo) y la que nos toca estos días, la Janua Inferni (Puerta del Infierno). Por mi parte, siempre me ha parecido que lo infernal de la segunda está más relacionado con el clima de nuestros países que con el inframundo y, a través de eso, con la permanente e inevitable protesta a cuenta de la temperatura, de la que ya se mofaba Luciano de Samósata en El cínico: “en invierno, pedís verano; en verano, invierno; cuando hace calor, frío y, cuando hace frío, calor; como los que están enfermos, que nunca están contentos”. Pero descontadas las quejas, que han cobrado más sentido con el cambio climático y otras maravillas del modelo económico (por ejemplo, el urbanismo de asfalto y plazas duras, sin fuentes ni árboles), los solsticios siguen siendo un momento de celebración.

En otra de sus obras (Sobre la danza), Luciano afirmaba que “no es posible encontrar ningún rito antiguo de iniciación” que carezca de baile y, desde luego, también cuesta encontrar alguno donde el fuego, el agua y la libertad dionisiaca no estén presentes. En el solsticio de verano, rito iniciático donde los haya, eran sus principales elementos simbólicos desde mucho antes de que se instaurara la fiesta de Fors Fortuna, y aunque nos limitáramos a sus hogueras y a sus altamente desenfadados paseos por el Tíber –de los que habla Ovidio en sus Fastos–, nos quedaríamos cortos sin añadir que llegaban un par de semanas después de la Fiesta de Vesta, guardiana de la llama sagrada. Hasta los que compartimos el descreimiento de Luciano en materia de divinidades encontramos curioso este detalle: que el imperio romano occidental se hundiera menos de un siglo después de que a Teodosio I le diera por apagar la llama en cuestión, como confirmando la leyenda de la catástrofe que su extinción produciría. O más bien, demostrando que nada se sostiene mucho tiempo cuando a la ausencia de pan se suma la ausencia de circo.

Por suerte para la humanidad, ni la época posterior fue tan oscura como decía el poeta Francesco Petrarca ni Grecia y Roma quedaron completamente destruidas bajo los peñascos del monoteísmo. Los sustratos culturales no desaparecen con facilidad, y si algo en esencia pagana como “las tradiciones de las saturnales sobrevivieron en el carnaval de la Edad Media” (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento, de Mijaíl Bajtín), cómo no iba a sobrevivir lo que estaba y está oculto tras la noche más mágica y famosa de junio. De hecho, su pérdida actual de contenido no se debe a los cirios y blandones de los oficios litúrgicos, que ya no son lo que fueron, sino a la destrucción de los vínculos comunitarios –capitalismo mediante, cómo no– y, por supuesto, a la simple y pura evolución de la moda y las costumbres. Pero, a pesar de ello, estoy seguro de que muchos y muchas de ustedes saltarán esta semana por encima de unas llamas y pedirán deseos o quemarán lo viejo para que nazca lo nuevo.

Obviamente, la literatura universal está abarrotada de referencias directas e indirectas al solsticio que estamos a punto de celebrar. Quien no se haya sumergido nunca en los enredos del Lope de Vega de La noche de San Juan y el Shakespeare de El sueño de una noche de verano, merece que Hades le haga un Perséfone y no intervenga Zeus. Quien no se haya adentrado en el juego mitológico de Calderón en El mayor encanto, amor o, salvando las distancias, en esa conflictiva joya de La señorita Julia (August Strindberg), no sabe lo que se pierde. Y, sin embargo, lo primero que me ha venido a la cabeza al pensar en las contradicciones de tan simbólico festejo no pertenece a ninguna de esas obras, sino a las Novelas amorosas y ejemplares y ejemplares de María de Zayas, donde se lee lo siguiente: “Amar el día, aborrecer el día,/ llamar la noche y despreciarla luego,/ temer el fuego y acercarse al fuego,/ tener a un tiempo pena y alegría; estar juntos valor y cobardía,/ el desprecio cruel y el blando ruego,/ temor valiente, entendimiento ciego,/ atada la razón, libre osadía”.

Si quieren saber cómo termina el soneto, búsquenlo. Es uno de los mejores poemas sobre el amor que se han escrito, y les adelanto que no tiene más sanjuanes que los que cupieran metafóricamente en la autora del Siglo de Oro tras hablar con un tal Fabio a través de “una reja”; lo que tiene es pasión, subversión y frescura, es decir, un espíritu muy similar al que buscamos en las hogueras cuando lo prosaico nos vence, como ocurre con frecuencia. Que se encuentre o no, depende de muchas cosas. Pero si miles años de Historia lo recomiendan, quiénes somos nosotros para llevarles la contraria.