ANÁLISIS
Por qué a China le conviene la paz en Irán más que a Estados Unidos
Con casi toda seguridad Estados Unidos entró en guerra con Irán porque buscaba un descabezamiento del régimen, similar al que a comienzos de año había tenido lugar en Venezuela, que diera paso a un gobierno más sensible a los intereses estadounidenses. Sin embargo, y tras casi dos meses de guerra, los objetivos de Donald Trump parecen ahora oscilar entre la reapertura del estrecho de Ormuz, cerrado por Irán como represalia por los ataques, y la mucho más arriesgada asfixia económica de Irán.
Aunque la narrativa oficial no lo acepte aún, la situación está mucho más empantanada de lo que el gobierno de Estados Unidos anticipó. De hecho, Donald Trump comenzó la guerra planteándola como una operación breve y quirúrgica que llevaría la «libertad» a los iraníes al tiempo que proporcionaría mayor tranquilidad a Israel —que considera a Irán su principal amenaza existencial— y a los países del Golfo. La realidad ha sido muy distinta.
El estrecho de Ormuz es un nodo del metabolismo de la economía-mundo, siendo además un cuello de botella (“chokepoint”) extremadamente vulnerable a los fenómenos geopolíticos. El impacto de su cierre es muy grande para los países productores y, de acuerdo con los datos de la Agencia Internacional de la Energía, el volumen de petróleo que transita por el estrecho de Ormuz se ha reducido a un promedio del 10% respecto a los niveles de preguerra. Como vemos en el siguiente gráfico, las rutas alternativas —a través del Mar Rojo, por ejemplo— han tenido que sostener la mayoría de las exportaciones desde el inicio de la guerra; algo claramente insuficiente para mantener los niveles de exportaciones preguerra.
De todos los países del Golfo, la mayor parte de las exportaciones corresponden a Arabia Saudí, Iraq y Emiratos Árabes, seguidas luego por Irán y Kuwait, como se puede ver en el siguiente gráfico. Eso significa que, aunque Irán está sufriendo los costes directos de la guerra —como la mayoría de víctimas mortales y la destrucción de infraestructura—, las pérdidas económicas agregadas recaen sobre países que mantienen vínculos históricos con Washington.
Y no se trata solo del petróleo. Por Ormuz transita cerca del 20% del gas natural licuado mundial, y Qatar es el gran damnificado del lado gasístico. Esto agrava especialmente la situación asiática: en torno al 28% del GNL que importa China procede de Qatar, y casi un tercio de los flujos totales de GNL hacia Asia depende del estrecho. La crisis energética global tiene, por tanto, dos patas simultáneas, petróleo y gas, que se refuerzan entre sí, además de todas las industrias de productos derivados de los combustibles fósiles.
Como explicaba la semana pasada respecto al sector petroquímico, los países del Golfo llevan décadas elevando sus lazos comerciales con Asia y, particularmente, con China: desde 2010 hasta 2024 este comercio se ha multiplicado prácticamente por tres. De acuerdo con las estimaciones del think-tank Asia House, esta dinámica no hará sino aumentar en los próximos años.
Esta es una situación comprometida para los países del Golfo, que tienen que mantener un delicado equilibrio entre sus alianzas con Occidente y sus vínculos crecientes con Asia. Debemos tener en cuenta que la Comisión de Revisión Económica y Seguridad EEUU-China, que informa al Congreso de Estados Unidos, ha declarado que China, Rusia, Irán y Corea del Norte conforman un nuevo “eje de la autocracia” y afirma que comparten el deseo de retar el liderazgo global de Estados Unidos. En cierta medida este marco opera como profecía autocumplida: cuanto más Washington hostiga y sanciona a las periferias, más empuja a los Estados del Golfo a pensárselo dos veces antes de cualquier gesto de distanciamiento respecto de Pekín.
El caso es que, en condiciones normales, la mayor parte del crudo que salía en 2025 del estrecho de Ormuz tenía como destino países asiáticos, como muestra el siguiente gráfico. Podemos observar que tanto Europa como América dependen muy marginalmente del abastecimiento físico de petróleo procedente de los países del Golfo. Eso no significa que el cierre no les afecte, ya que al determinarse los precios a nivel global sí sufren los impactos de la inflación, y además pueden ser especialmente dependientes de productos específicos, como los fertilizantes. Pero en general, es claro que es Asia la primera damnificada por la actual situación, como demuestra el hecho de que allí las medidas de reducción del consumo de energía —políticas decrecentistas, podríamos decir— hayan sido más rápidas y más profundas.
La interrupción de los flujos comerciales tiene graves implicaciones físicas, no sólo económicas. No es sólo que el petróleo se haga más caro —como ocurre en Europa o Estados Unidos—, sino que sencillamente puede dejar de llegar en cantidades suficientes para satisfacer la demanda. Adelantándose a esa posibilidad, China lleva años incrementando sus reservas de petróleo, y se estima que podrían ser suficientes para cubrir cuatro meses sin nuevas importaciones por mar; aunque con medidas de reducción de la demanda podríamos hablar de un período mucho más prolongado.
Como se puede ver en el siguiente gráfico, China depende de manera intensa de las importaciones de petróleo procedentes de países del Golfo como Arabia Saudí, Iraq, Emiratos, Kuwait y Omán, la mayoría de las cuales transitan por el estrecho. Pero los datos oficiales no muestran las importaciones procedentes de Irán ni Venezuela, ya que en ambos casos se trata de países con sanciones internacionales. La práctica habitual es el “rebranding”, es decir, la puesta en marcha de complejas operaciones para hacer pasar el petróleo sancionado como importaciones de países legales, como Indonesia o Malasia. Las estimaciones más fiables señalan que, teniendo en cuenta esta estrategia, casi el 50% de las importaciones chinas de petróleo proceden del Golfo.
Una de las consecuencias de lo anterior es que China se ha volcado crecientemente en Rusia, su gran proveedor de petróleo. De hecho, Rusia es una de las grandes beneficiadas de la crisis energética, y según los datos de la Agencia Internacional de la Energía, en marzo sus ingresos por exportaciones prácticamente se han duplicado hasta alcanzar los 19.000 millones de dólares. A ello ha contribuido, claro está, el alivio que Estados Unidos le ha proporcionado en relación con las sanciones internacionales —igual que a Venezuela—.
Ahora bien, si la dependencia china de las importaciones de petróleo es grande, aún es mayor su inversa: la dependencia de las exportaciones iraníes a China. Como muestra el siguiente gráfico, China se ha convertido en los últimos años en el cliente del 90% de las exportaciones de petróleo iraní. La consolidación ha sido rápida: aunque China ya era el principal comprador tras las sanciones de Trump de 2018, el salto de los últimos tres o cuatro años hacia la cuasi-exclusividad convierte a Teherán en un Estado-cliente energético de Pekín en toda regla, con todo lo que ello implica en términos de asimetría negociadora.
A día de hoy sabemos que Israel ha entrado en esta guerra principalmente porque proyecta en el futuro su idea de un “Gran Israel” donde el expansionismo territorial le permita consolidarse como potencia hegemónica en la región. Sabemos también que Irán ha encontrado en el control del estrecho de Ormuz su principal baza para negociar y, en la medida de lo posible, lograr garantías de que no haya futuros ataques. Más confuso es el objetivo real de Estados Unidos, más allá de la ingenuidad inicial de quienes creyeron que sería una operación rápida y fácil. El hecho es que la situación se ha estancado, llevando a una crisis energética global de gran envergadura.
Con todo, las crisis nunca golpean a todos por igual. Como he tratado de mostrar, el impacto económico principal está teniendo lugar en las economías del Golfo y en Asia, justo en un momento en el que ambas regiones están profundizando sus relaciones y retando la primacía occidental. No está claro si esta guerra debilitará esa dinámica previa o si, por el contrario, la profundizará; pero lo que sí está claro es que China tiene buenas razones estructurales para empujar hacia la desescalada.
Aunque no sea el principal afectado, Estados Unidos no puede permitirse que la guerra se prolongue indefinidamente. Sus problemas tienen que ver con la inflación, el impacto sobre los mercados financieros y el desgaste doméstico de Donald Trump. Para Europa, la situación es considerablemente peor: más expuesta al shock energético vía precios y cadenas de suministro, con un BCE atenazado entre una inflación importada que no se doma con subidas de tipos y una desaceleración que esas mismas subidas agravarían. El margen de maniobra europeo, una vez más, es más estrecho que el de Estados Unidos.
Lo que se dirime en el estrecho de Ormuz es la arquitectura energética —y, por tanto, el equilibrio de poder— del siglo XXI. El 'chokepoint' simboliza la vulnerabilidad del metabolismo de la economía-mundo, pero la guerra está revelando también la incapacidad de Estados Unidos para imponer por la fuerza un orden geográfico-energético que se le escurre hacia Asia a velocidad acelerada. Cuando China defiende la paz, sabe mejor que nadie que sus ganancias estructurales —la consolidación del eje euroasiático, el refuerzo de sus lazos con el Golfo, la paulatina autonomía del dólar en los intercambios estratégicos— son incompatibles con una guerra larga. En esa ecuación, a Pekín la paz le conviene hoy más que a Washington. Y el precio de esa asimetría podría medirse, a medio plazo, en un desplazamiento más rápido hacia Asia del centro de gravedad del sistema-mundo.