ANÁLISIS
Polímeros y poder: la base material de la guerra en Irán
Las décadas de 1920 y 1930 enfrentaron al químico alemán Hermann Staudinger con casi todo el mundo, tanto en su disciplina como en la arena política. Pacifista durante la Primera Guerra Mundial, hijo de un militante socialdemócrata y casado con una comunista, Staudinger acabaría siendo denunciado por el filósofo Martin Heidegger con la llegada del nazismo. Al tiempo de la denuncia, Staudinger era consejero de la IG Farben, el gigante industrial conformado en 1925 mediante la fusión de las grandes empresas químicas alemanas —entre ellas, BASF y Bayer— y que sería una herramienta fundamental del poder nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Este poder derivaba en gran parte de los descubrimientos científicos de Staudinger, quien en 1953 recibiría el premio Nobel de Química por sus trabajos sobre las macromoléculas.
Ya desde 1920, Staudinger había defendido que las moléculas podían estar unidas a través de una larga cadena. Se tardó más de una década en que la comunidad científica aceptara esa idea, pero hoy a esas macromoléculas las llamamos polímeros (por ejemplo, el ADN, el ARN, el almidón y las proteínas lo son). Como si fuera un tren, cada polímero está formado por una serie de subunidades —los vagones— llamados monómeros; y el tipo de combinación de los monómeros proporciona las características químicas del polímero en cuestión. Podemos entenderlo como si se tratara de bloques de construcción que pueden ordenarse de diferentes formas, dando lugar a distintas sustancias que están presentes de forma natural a nuestro alrededor. Y que también pueden crearse artificialmente.
Pongamos el caso del caucho vulcanizado, un producto semisintético creado a partir del caucho natural y que en la década de 1930 se obtenía en un 90% de Sri Lanka, India y Malasia; una concentración peligrosa desde el punto de vista geopolítico. El caucho era indispensable a nivel militar, pues se usaba para los neumáticos y para el sellado y aislamiento de las piezas de los vehículos, de modo que aprender a crear caucho completamente sintético se convirtió en un objetivo central de las industrias químicas —siempre apoyadas, cuando no directamente dirigidas, por los Estados—. En aquellos tiempos convulsos los países buscaban garantizarse la autosuficiencia, para lo que necesitaban tanto el control activo de los recursos naturales —lo que empujaba al expansionismo territorial y al imperialismo— como reducir las dependencias comerciales respecto a otros países.
Desde finales de los años veinte y, sobre todo, en la década de los treinta, los descubrimientos de cómo construir polímeros sintéticos a gran escala se produjeron en cascada. El PVC, el caucho sintético, el polietileno —el polímero más simple de todos—, el nailon… fueron apareciendo en escena. Como en otras ocasiones, la industria militar se convirtió en el catalizador de las innovaciones y descubrimientos. De hecho, el investigador Adam Hanieh considera que la Segunda Guerra Mundial puede etiquetarse sin exageración como ‘Guerra de los Polímeros’. En todo caso, estos productos transformaron el mundo: hicieron los productos más baratos y reproducibles a gran escala, algo ideal para la guerra, pero también facilitaron la democratización posterior del consumo de bienes y la multiplicación de estos. Se trata del despliegue de la industria petroquímica, y nuestro mundo actual no puede comprenderse sin tales acontecimientos —a pesar de que apenas forman parte del debate contemporáneo—.
Para comprender por qué la actual guerra en Irán no es sólo una cuestión de barriles de crudo, sino un golpe al corazón de la producción material contemporánea, es necesario abrir la caja negra de la industria petroquímica y entender de qué está hecha.
Son productos fósiles
Con la producción de polímeros sintéticos los países lograron escapar de las dependencias de ciertos recursos naturales, viéndose así libres de servidumbres geográficas. En realidad, el cambio fue de una dependencia por otra. El problema es que entonces, exactamente como ocurre ahora, se minusvaloraba la importancia de la energía fósil: ya fuera en carbón o petróleo, era tan abundante que no se consideró como una limitación seria para la producción de polímeros y bienes de consumo. Pero lo cierto es que toda la industria petroquímica es dependiente de estas fuentes de energía, y según la Agencia Internacional de la Energía (AIE) supone actualmente el 14% de la demanda global de petróleo y el 8% de la de gas natural. Lo relevante es que esta demanda no es sólo para usarse como energía, sino que también es para usarse como insumo del proceso productivo.
Debe tenerse presente que cuando se extrae petróleo crudo de los pozos, lo que se obtiene no se parece mucho a la gasolina con la que alimentamos cotidianamente nuestros vehículos. Es una mezcla de compuestos hidrocarbonados que deben transformarse o ‘refinarse’. Esta fase de refino es la que sigue a la de extracción, y consiste en separar químicamente los diferentes componentes del crudo utilizando procesos que involucran muy altas temperaturas. En la misma planta de refino también se suelen tratar y mejorar las calidades de los productos resultantes, algunos de los cuales son la gasolina —que supone en torno al 45% del barril de crudo—, el gasóleo y diésel, combustibles para reactores, y otras sustancias que se usan como insumos de la industria petroquímica —como la nafta—.
Será la industria química, en una tercera fase, la que recoja los insumos pertinentes del proceso de refinado y los transforme en los productos petroquímicos básicos. Así, en esta fase entran la nafta, el etano, el propano y el metano —todos procedentes del refinado de petróleo y gas natural—, y salen productos tales como las olefinas ligeras (etileno y propileno) y los aromáticos (bencenos, toluenos y xilenos). Todos estos nombres resultan totalmente ajenos a nuestro día a día, pero son la base del 95% de todos los bienes manufacturados: pocos bienes actuales no son producidos de una u otra forma por la industria petroquímica. Por ejemplo, el empaquetado de productos representa el 36% de la demanda global de plástico, pero le sigue la industria textil sintética, la industria de la construcción y los productos de consumo tales como juguetes y utensilios pero también medicinas, paneles solares, gafas, bicicletas y hasta chalecos antibalas.
El punto central de este análisis es comprender que todos esos productos manufacturados dependen de la extracción y procesamiento de la energía fósil. Como ya he mencionado, los combustibles fósiles —actualmente sobre todo petróleo y gas natural— son usados como combustible y como materia prima. Eso es lo que explica que sea tan habitual lo que se conoce como integración vertical, es decir, la propiedad por parte de una misma empresa tanto de las fases de extracción como refino y petroquímica. Asimismo, esta situación explica la ventaja que encuentra Oriente Medio en el desarrollo de la industria petroquímica: sus costes energéticos son mucho más bajos.
El giro de Oriente Medio hacia China
Como expliqué en un análisis anterior, la creciente importancia del petróleo a principios del siglo XX convirtió a Oriente Medio en el objeto central de la rivalidad imperial europea —con Gran Bretaña controlando directa o indirectamente desde Egipto hasta Irán, donde adquirió el control de la Anglo-Persian Oil Company (APOC), actual BP—. Tras la Segunda Guerra Mundial, la hegemonía pasó a las compañías estadounidenses, pero también emergieron movimientos nacionalistas que culminaron en episodios como la nacionalización iraní de la APOC —en ese momento llamada Anglo-Iranian— por parte de Mossadegh en 1951 y el consiguiente golpe de Estado anglo-estadounidense. Como ha mostrado Adam Hanieh en Crude Capitalism, ese espíritu nacionalista cristalizó en la creación de la OPEP en 1960 y, al calor de la guerra del Yom Kippur, en la oleada de nacionalizaciones petroleras de los años setenta. De manera significativa, aquellos movimientos de socialización de empresas no se revirtieron en las décadas posteriores cuando el neoliberalismo se convirtió en la ideología oficial de Occidente.
En efecto, durante los años ochenta y noventa los países occidentales abrazaron la ideología neoliberal que promovía el triunfo del mercado sobre el Estado, lo que llevó a una oleada de privatizaciones que alcanzó también a España con la venta de más de cien empresas públicas. La ironía es que en ese mismo momento China desplegaba una estrategia de desarrollo basada en la industrialización dirigida por el Estado, con un enorme peso de las empresas públicas y semipúblicas. Por su parte, los países del Golfo Pérsico no sólo retuvieron el control público de las empresas, sino que también iniciaron un proceso de diversificación de su economía para no depender tanto de la extracción de petróleo.
Los países del Golfo se convencieron de que debían industrializarse con nuevas manufacturas, y también en refino y petroquímica, pero no confiaron en el libre mercado para ello. Por el contrario, en 1968 Bahrein lanzó un primer plan quinquenal destinado a crear una industria de aluminio y astilleros; algo que Dubai y Omán harían también unos años más tarde. En 1976, Arabia Saudí daría el salto con la creación de Saudi Arabia Basic Industries Corporation (SABIC), hoy convertida en una de las principales compañías petroquímicas del mundo y propiedad principalmente de Aramco, la empresa pública de petróleo y gas de Arabia Saudí. Otros países, como Emiratos, también llevan décadas utilizando sus empresas públicas petroleras para controlar las fases de refino y petroquímica y, de ese modo, tener un mayor control sobre la cadena fósil al tiempo que diversifican parcialmente su economía. Las empresas estatales del Golfo no son enteramente públicas, sino que están participadas también por capitales privados tanto nacionales como internacionales —lo que ha dado lugar a la multiplicación de una élite multimillonaria vinculada a sus gobiernos—.
Esa estrategia energética no se ha limitado a la región. El proceso de industrialización china, y su incorporación a la economía mundial a partir de 2001, requirió grandes cantidades de petróleo que los países del Golfo estuvieron dispuestos a abastecer. Desde ese momento, las relaciones entre el Golfo y China se han estrechado tanto que el año 2024 fue el primero en el que el comercio Golfo-China superó al comercio Golfo-Occidente. En el caso de las exportaciones de bienes petroquímicos, la orientación hacia Asia es clara, pues China recibe el 28% e India el 23%.
En el año 2024, las dos regiones mundiales que más crecieron en producción de bienes petroquímicos fueron China (6,8%) y los países del Golfo (5,7%). Sin embargo, la interrelación no fue solo comercial sino también de inversión, con capital asiático invirtiendo en el Golfo y con capital del Golfo invirtiendo en Asia. Según ha señalado Adam Hanieh, entre 2017 y 2021 más del 30% de la inversión petrolera de China se dirigió hacia la región de Oriente Medio —cinco veces más que en el período anterior—. A la inversa también ocurre, con empresas como Aramco tomando posiciones en industrias de refino y petroquímica asiáticas.
El problema de la guerra
Con el cierre del Estrecho de Ormuz no se ha interrumpido sólo el paso al petróleo sino a todo el comercio que lo atravesaba. Y eso implica también a los fertilizantes y a los productos petroquímicos. Toda la estrategia de industrialización de los principales países del Golfo —Iraq, Irán, Kuwait, Emiratos, Bahrein y Qatar— se ha quedado paralizada, por no hablar de los costes generados a las infraestructuras atacadas. En el caso de Arabia Saudí, el impacto es menor porque aún tiene salida por el Mar Rojo —al menos mientras la situación en Yemen lo siga permitiendo—.
Ahora bien, las consecuencias se ramifican mucho más allá de la región. La interrupción del suministro de productos de refino afecta directamente a las plantas petroquímicas de Asia oriental que dependen de esos insumos, lo que a su vez encarece la producción de plásticos, textiles sintéticos y fertilizantes nitrogenados, entre otros. Para Europa, que ya había reducido su dependencia del gas ruso tras la guerra de Ucrania, aunque aumentando la dependencia del gas natural licuado procedente de Estados Unidos, el cierre de Ormuz supone otro shock en la cadena de aprovisionamiento energético e industrial. Y cuanto más dure, más altas serán las olas inflacionarias.
A escala global, el conflicto acelera una tendencia que ya estaba en marcha: la bifurcación de las cadenas de suministro petroquímico entre un bloque euroatlántico que intenta retener su poder y un eje Golfo-Asia que profundiza su integración. Pero esa bifurcación no resuelve el problema de fondo, ya que ambos bloques siguen dependiendo de la misma base material fósil, sólo que ahora fragmentada en circuitos más tensos y vulnerables a la siguiente disrupción geopolítica.
En ese contexto de reconfiguración, el analista qatarí Khalid Al-Jaber, vinculado al gobierno de Doha, ha apuntado recientemente que la guerra en Irán ha demostrado a los países del Golfo la necesidad de “reformular” la alianza con Estados Unidos. La lectura es clara: Washington ha sido incapaz de garantizar la seguridad de sus aliados en el Golfo cuando ese objetivo entra en colisión con su compromiso con Israel. Pero reformular no significa necesariamente romper. Lo que se dibuja es más bien un escenario de cobertura múltiple en el que los países del Golfo mantienen la alianza militar con Estados Unidos mientras profundizan la integración económica con China —que ya es su principal socio comercial— y exploran vínculos con otros actores como India y Turquía. El nuevo escenario global no les permite elegir un bando, sino que les obliga a moverse en un precario equilibrio altamente inestable, agravado por la frustración de haber visto cómo la guerra estallaba sin que sus intereses fueran considerados por Washington.
Como he defendido en otras ocasiones, estamos ante la reordenación de la división internacional del trabajo en un contexto de guerra por la hegemonía. Pero ello mismo también revela la fragilidad estructural de un sistema económico construido sobre una base material extremadamente concentrada y finita. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo de polímeros sintéticos y fertilizantes cuya existencia depende de flujos continuos de petróleo y gas que atraviesan unos pocos cuellos de botella geográficos. Cuando esos flujos se interrumpen, como ocurre ahora en Ormuz, se tambalea el suministro energético y se resquebraja el metabolismo social que sostiene la vida cotidiana en las economías industriales. La verdadera cuestión, por tanto, va más allá de quién controla el Golfo Pérsico o el estrecho de Ormuz, y apunta hasta qué punto es viable sostener indefinidamente una civilización basada en la expansión de una infraestructura petroquímica global que, tarde o temprano, se enfrenta a sus propios límites materiales. Vivimos en una anomalía histórica facilitada por los combustibles fósiles, y la necesaria adaptación implica mucho más que una simple transición energética: exige repensar la base material sobre la que se organiza la economía global.