No sólo el petróleo: por qué la guerra en Irán afectará a los alimentos
En 1971, el ecólogo Howard T. Odum escribió en Environment, Power and Society que “el ser humano industrial ya no come patatas hechas con energía solar” sino que “ahora come patatas hechas en parte con petróleo”. Esta extraña afirmación era una respuesta a la extendida creencia de que con la Revolución Verde —un concepto que refiere a las innovaciones agrícolas iniciadas en la década de 1940— la humanidad había encontrado una forma definitiva para alimentar a poblaciones crecientes sin miedo a las hambrunas. Para Odum, detrás de aquella elevada productividad de la tierra se encontraba el uso intensivo de combustibles fósiles tanto en la mecanización del proceso agrícola como en la producción de fertilizantes y agroquímicos. Todo ello significaba que nuestra alimentación también dependía de los combustibles fósiles.
Es algo en lo que no solemos pensar, ya que tendemos a creer que nuestra dependencia respecto a los combustibles fósiles se limita a las infraestructuras de transporte y a la producción de energía eléctrica que requiere energía fósil. Esa es la razón por la que cuando parte del flujo de entrada de combustibles fósiles se detiene —como ocurre ahora con la guerra en Irán— inmediatamente nos preocupamos: sabemos que afectará al precio de la gasolina y que la vida se hará más cara. Desgraciadamente, resulta que también nuestro sistema alimentario es profundamente dependiente de los combustibles fósiles, de modo que las tensiones de precios también se manifiestan en los alimentos que compramos y comemos.
De acuerdo con las estimaciones de Global Alliance for the Future of Food, los sistemas alimentarios son responsables de hasta un 15% del consumo total de combustibles fósiles. El 42% de ese consumo se debe al procesamiento y empaquetado de la alimentación, el 38% a la comercialización y consumo doméstico y el 20% restante a la agricultura y a los inputs agroquímicos —que es a lo que se refería Odum—. Así, comemos alimentos cultivados con petróleo y gas natural, y esa ayuda fósil es tan responsable del cambio climático como de permitir poblaciones muy numerosas.
Debemos tener en cuenta que en el mundo hay actualmente unos 8.000 millones de personas, una cantidad prácticamente imposible de alimentar sin la ayuda de los fertilizantes minerales. Por ejemplo, se calcula que en Estados Unidos entre el 40% y el 60% del rendimiento agrario se puede atribuir a estos fertilizantes, y de acuerdo con el físico Vaclav Smil sin estos fertilizantes la población mundial tendría que ser un 40% más pequeña. Este “milagro” químico es producido por la industria petroquímica, y hay fundamentalmente tres categorías de fertilizantes: los nitrogenados —como la urea—, los fosfatados y los potásicos. El grupo más grande es el de los nitrogenados, que son el resultado de un proceso que captura nitrógeno del aire para convertirlo en una solución líquida que se esparce en la tierra para elevar su fertilidad.
Gas natural para fertilizantes
El problema es que el proceso de producción de estos fertilizantes requiere grandes cantidades de gas natural tanto como materia prima —un 60%— como fuente de energía —debido a las altas temperaturas y presión que se requieren—. De hecho, sólo la industria de los fertilizantes nitrogenados es responsable del 2% de las emisiones mundiales de efecto invernadero. Por eso decimos que nuestra forma de producir alimentos supone un reto muy serio que solemos ignorar —aunque desde el Ministerio de Consumo fue durante años una prioridad, como pusieron de relieve las polémicas sobre el chuletón y las macrogranjas—.
Dadas estas relaciones no podemos perder de vista la panorámica de la cadena de producción, donde tanto el combustible fósil como el fertilizante se convierten en costes de producción para los agricultores. Y aunque normalmente la variable clave del precio de los alimentos es la climática, cualquier afectación a los precios de los combustibles fósiles o de los fertilizantes ejercerá presión sobre el resto de la cadena: comenzando por los agricultores, siguiendo por la distribución y terminando por la comercialización, repercutiendo finalmente sobre los precios finales de los alimentos. Esa traslación de precios es lo que sucedió entre 2021 y 2022 tras la invasión de Ucrania por Rusia, y es también lo que está comenzando a suceder a causa de la guerra en Irán.
Uno de los canales indirectos por los que los fertilizantes suben de precio es debido al incremento del coste de la materia prima —particularmente el gas natural—. La industria fertilizante está altamente concentrada porque tiende a ubicarse allí donde las materias primas necesarias son más baratas. Por ejemplo, los fertilizantes fosfatados dependen de la minería de fosfatos, cuyas reservas están mayoritariamente en Marruecos y en el Sáhara ocupado; razón que explica por qué Marruecos es el principal exportador. Las reservas de potasio están principalmente en Canadá, Bielorrusia y Rusia, y la guerra en Ucrania provocó un golpe duro a este mercado. Por último, los fertilizantes nitrogenados dependen especialmente de la provisión de gas natural y tiende a ubicarse allí donde este es barato, como en Rusia o en los países de Oriente Medio. Por esta razón, la geopolítica impacta de forma inmediata en los suministros y el comercio de todos los fertilizantes minerales.
En la era del libre comercio se suponía que todos los países que necesitaran algún producto en particular —y que no lo tuvieran disponible en sus territorios— podrían acceder a él a través del libre comercio. Por el contrario, en la nueva era neomercantilista, y en el contexto de una guerra por la hegemonía entre Estados Unidos y China, las potencias económicas utilizan el comercio como arma para ganar posiciones de poder: la política proteccionista y de sanciones por parte de países como Estados Unidos, la Unión Europea o China obedece a ese criterio. La Unión Europea, por ejemplo, sancionó a Rusia y Bielorrusia tras la invasión de Ucrania, tensionando de esa forma el suministro de fertilizantes potásicos y elevando su precio —en 2020 la UE importaba el 64% de estos fertilizantes desde ambos países—. Además, en un mundo de recursos escasos los países están crecientemente preocupados por garantizar la autosuficiencia de sectores considerados estratégicos o críticos. Por ejemplo, China decidió en el año 2021 restringir las exportaciones de fertilizantes, lo que también condujo a un incremento de precios del mercado mundial.
Todo esto ya sucedía antes del ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán, y precisamente por eso ahora el impacto será mayor. Como he citado, Oriente Medio, y en particular el Golfo Pérsico, es una región que exporta grandes cantidades tanto de gas natural como de fertilizantes manufacturados, y el cierre del estrecho de Ormuz impide que circulen hacia los países de destino. Por aquel cuello de botella —chokepoint, en terminología inglesa— circula una quinta parte del petróleo mundial, pero también hasta un tercio de los fertilizantes comerciados globalmente.
Tras solo unos pocos días de conflicto, los precios de los fertilizantes minerales y del gas natural se han disparado. La urea cerró la semana al borde de los 600 dólares la tonelada —había cerrado el año ligeramente por encima de 360 dólares—, y aunque está todavía lejos de los 1.000 dólares que llegó a alcanzar en la primavera de 2022 su crecimiento aventura que si el conflicto se extiende unos días más podrá superarse ampliamente. El gas natural también sigue una línea de crecimiento muy acelerada, pero aquí las fuentes están más diversificadas —también Rusia y, sobre todo, Estados Unidos exportan grandes cantidades— y estamos lejos de los niveles de hace unos años. En todo caso, a nivel regional es evidente que el suministro para la industria de fertilizantes se verá afectada por la subida de los precios —y en el caso de las plantas de Irán, directamente por los bombardeos—.
En definitiva, Ormuz es un nodo crítico del metabolismo agroindustrial global. Si el conflicto se prolonga y el estrecho permanece cerrado durante semanas, el encarecimiento de los fertilizantes acabará trasladándose a los precios de los alimentos básicos en todo el mundo, incluida España. No será inmediato —los efectos tardan meses en recorrer toda la cadena de producción y distribución—, pero será inevitable. Y cuando llegue, nos recordará una vez más que la seguridad alimentaria depende críticamente de una infraestructura energética fósil cada vez más expuesta a la inestabilidad geopolítica. Existen alternativas para reducir esa vulnerabilidad: desde la transición hacia prácticas agroecológicas hasta el desarrollo de fertilizantes producidos con energías renovables —el llamado amoniaco verde, que hoy apenas supone el 0,3% de la producción mundial—, pasando por políticas de reducción y reestructuración de la demanda alimentaria similares a las que ya se plantean para el consumo energético. Pero todas ellas requieren tiempo, inversión y voluntad política, tres cosas que escasean cuando los misiles ya están volando.
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