Francia acelera la electrificación y España puede competir con su ventaja renovable

Europa atraviesa un momento decisivo en su política energética. En plena revisión del modelo eléctrico y con el debate sobre la autonomía estratégica en el centro de la agenda comunitaria, Francia ha aprobado su Plan Energético 2026-2035 (PPE3), una hoja de ruta que apuesta por una electrificación masiva de la economía como herramienta para reducir emisiones, reforzar la seguridad energética y atraer inversión industrial.

El planteamiento francés es claro: sustituir progresivamente combustibles fósiles por electricidad de origen descarbonizado y convertir esa transición en una palanca de competitividad. El objetivo es incrementar el consumo eléctrico entre un 42% y un 50% en 2035 respecto a 2023, con la vista puesta en que la electricidad represente el 50% del consumo final de energía en 2050.

Para sostener esa electrificación, el plan prevé una fuerte expansión de la generación limpia hasta alcanzar entre 650 y 693 TWh de electricidad descarbonizada en 2035 (frente a 458 TWh en 2023), junto con el despliegue de nuevas infraestructuras, almacenamiento y mecanismos de flexibilidad. Además, el Gobierno creará un “Observatorio de la Electrificación” para evaluar la evolución de la demanda y ajustar las políticas públicas en función de los resultados.

Electrificación como política industrial

El PPE3 sitúa a la industria en el centro de la estrategia. Francia prevé un incremento de 50 TWh adicionales de electricidad destinados al sector industrial y promueve la electrificación de todos los procesos donde exista alternativa viable a los combustibles fósiles. Allí donde la electrificación directa no sea posible, se fomentará el uso de hidrógeno renovable o bajo en carbono.

El enfoque combina expansión de oferta limpia con instrumentos que aporten estabilidad a las empresas: contratos eléctricos a largo plazo, visibilidad de precios y refuerzo de redes para evitar cuellos de botella. El objetivo es claro: ofrecer energía predecible y menos expuesta a la volatilidad internacional del gas.

En paralelo, el plan francés acelera la electrificación del transporte —vehículo eléctrico, infraestructuras de recarga y flotas corporativas— y de los edificios, con impulso a las bombas de calor y la rehabilitación energética. La lógica es doble: reducir importaciones de combustibles fósiles y generar actividad económica asociada a la transición.

España: renovables y oportunidad industrial

España comparte con Francia un elemento clave: una base eléctrica ampliamente descarbonizada y un recurso renovable abundante. En 2025, el 83% de la electricidad consumida en España procedió de fuentes limpias nacionales —renovables e hidráulica—, situando al país entre los sistemas más descarbonizados de Europa.

Además, el potencial solar y eólico español es superior al de la mayoría de sus socios comunitarios. Esta ventaja estructural se ha traducido en precios mayoristas de electricidad significativamente más bajos que en economías como Italia o Alemania, especialmente en periodos de alta generación renovable.

En este contexto, la electrificación de la industria, el transporte y la edificación no es solo una herramienta climática, sino una oportunidad económica. Las empresas que buscan ubicaciones con energía limpia, abundante y competitiva observan cada vez con más atención el coste energético estructural de cada país. La disponibilidad de electricidad renovable a precios estables se ha convertido en un factor decisivo para nuevas inversiones industriales, centros de datos o proyectos vinculados a la economía verde.

España, con su despliegue renovable y su posición geográfica estratégica, puede competir en igualdad de condiciones con Francia en la captación de proyectos industriales asociados a la transición energética. Para ello, resulta clave reforzar redes, agilizar permisos y consolidar marcos regulatorios estables que den visibilidad a largo plazo.

El contraste europeo: dependencia del gas y demanda de ayudas

No todos los países europeos parten de la misma situación. Italia mantiene una elevada dependencia del gas natural en su mix energético, lo que se traduce en precios eléctricos estructuralmente superiores y mayor exposición a la volatilidad internacional. En los últimos meses, el Gobierno italiano ha intensificado su presión en Bruselas para habilitar mecanismos de apoyo que compensen el coste del gas para sus empresas.

Alemania, tras su propio proceso de transformación energética, también ha debido recurrir a instrumentos de apoyo para proteger a sectores industriales intensivos en energía frente a los elevados costes asociados al gas y a la volatilidad del mercado internacional.

Este contraste refleja una realidad estructural: los países con mayor dependencia de combustibles fósiles importados tienden a necesitar mecanismos compensatorios para sostener su competitividad industrial. Por el contrario, aquellos que han apostado por la generación limpia y doméstica disponen de mayor margen para competir a través de precios energéticos más estables y predecibles.

Transición ecológica y cohesión industrial

El debate energético europeo no es únicamente técnico; es también social y económico. La electrificación, si se apoya en generación renovable, puede reducir la exposición a crisis energéticas, mejorar la balanza comercial y generar empleo en sectores vinculados a la transición ecológica.

El plan francés muestra cómo un país puede articular una estrategia integral que conecte clima, industria y seguridad energética. España, con su liderazgo renovable, tiene la posibilidad de situarse en ese mismo eje estratégico.

La clave no reside únicamente en producir electricidad limpia, sino en convertir esa producción en ventaja competitiva real: atraer inversión, impulsar reindustrialización sostenible y reducir desigualdades territoriales mediante nuevos polos energéticos e industriales.

En una Europa que busca reforzar su autonomía estratégica y acelerar la descarbonización, la electricidad renovable se ha convertido en un activo económico de primer orden. Francia ha decidido acelerar. España dispone de los recursos naturales y la experiencia para competir en esa misma liga y consolidarse como destino de inversión verde en el sur de Europa.