Entrevista
Leticia Sala, escritora: “El poder envejecer en paz va a pertenecer solo a las clases más privilegiadas”
Cuando parecía que el sentido común ganaba la batalla a la cultura de la dieta, llegó la obsesión por la piel inmaculada. Sin manchas, rojeces, marcas de acné ni arrugas, por supuesto. Inyectarse bótox o seguir una rutina de skincare de diez pasos se considera algo corriente. Sobre todo desde que ‘los pinchacitos’ se han abaratado y la gama de cosméticos es casi inabarcable. Además, hay una novedad: la edad para entrar en la rueda del rostro perfecto ha descendido hasta la preadolescencia.
La escritora Leticia Sala, autora de títulos como Los cisnes de Macy’s (Reservoir Books) y exitosa newsletter Magical Thinking, observó este nuevo mandamiento estético y decidió bucear en sus profundidades. De su investigación nació Dame veneno que quiero vivir. Skincare, bótox, miedo a envejecer y linaje femenino, un ensayo publicado en la colección Nuevos cuadernos de Anagrama. Una reflexión que huye de los juicios y promueve la concienciación. “Quizá quien lo lea, la próxima vez que vea a su amiga, igual se lo plantee dos veces antes de decirle que tiene una arruga”’, dice a elDiario.es. “Tengo esperanza de que podamos hacer pequeños cambios individuales que operan en la cotidianidad”, afirma.
En los agradecimientos finales cuenta que aplazó otros proyectos para sacar con premura este ensayo. ¿Por qué tanta prisa?
Yo pienso que los escritores podemos escribir desde miles de lugares: desde la memoria, desde la nostalgia, etcétera. Pero hay un tipo de mirada, un tipo de impulso que surge cuando vemos un cambio en la realidad. Este libro viene de esa percepción, sentí que me había ido al baño un momento en medio de una peli y había vuelto y ya no entendía nada de la trama.
Habla de la violencia estética, que es un término que acuñó la socióloga especialista en Estudios de la Mujer Esther Pineda en 2012. ¿Qué significa?
Pineda supo leer una realidad que probablemente nos ha pasado a muchas mujeres en los momentos más cotidianos. Por ejemplo, yo fui a hacerme un tratamiento facial, una hidratación ‘inocente’ y la esteticista me preguntó si dormía de lado. Yo estaba muy impresionada por su capacidad de adivinar algo imposible de saber y ella me dijo: “Es que no hace falta que me lo jures, tu escote habla solo”. Ese comentario, supuestamente libre de malicia, amplió una zona problemática de mi cuerpo.
Para mí esto es la violencia estética. Yo planteo este ejemplo del escote para que cada persona que lo lea se lo lleve a su propia experiencia y se dé cuenta. Creo que hay mucho trabajo colectivo por hacer para cambiar el lenguaje, porque tiene unos efectos más profundos de los que quizás pensamos.
Primero fue la cultura de la dieta, ahora la necesidad de la piel perfecta ¿Nos encontramos en un momento álgido de violencia estética contra las mujeres?
Yo creo que sí. Es curioso lo que ha llegado a cambiar este tema desde que mandé el libro a imprenta, aunque por suerte llegué a comentar el tema del Ozempic en el texto. Hubo un momento donde parecía que colectivamente estábamos beneficiándonos del movimiento body positive y veíamos a mujeres con diferentes cuerpos en campañas de publicidad, etcétera. Pero, de pronto, llegó la nueva obsesión por frenar el envejecimiento en el rostro y además se le está añadiendo la vuelta a la hiperdelgadez. Ahora las dos, la piel y la figura, están en el foco.
Aunque también hay un enorme despertar, porque las mujeres hace muchísimos años que estamos dándole vueltas a esto. Hay miles de mujeres que están ahora denunciando en España y en el resto del mundo aspectos relacionados con este tema. A ver qué acaba pasando.
Cuando le comenté a mis amigos que el bótox es un veneno, no lo sabían. Siento que no se están llegando a conocer sus efectos a medio o largo plazo; insisten en que el bótox es inocuo porque el cuerpo lo reabsorbe y se va, pero no es tan cierto
Esa violencia estética está promovida, en gran parte, por unos titanes muy complicados de vencer: la industria cosmética y la farmacéutica.
Es muy fácil pensar que eres menos que una hormiga al lado de unos monstruos como la industria cosmética y el sector farmacéutico, que es de los más poderosos que existe. Encima van y se juntan, porque ya tenemos asimilado que si una crema es de farmacia, entonces es buena. Pero, al mismo tiempo, hay pequeños movimientos que quiero creer que despertarán un poquito la conciencia colectiva en ese aspecto.
De hecho, hay gente que ya está intentando que no exista la palabra ‘antiedad’ [algunos medios, activistas y marcas]. Es horrorosa, porque la edad es lo que nos hace ganar a la muerte, ir ganando años. Así que, como mínimo, siempre es mejor que no haya una pasividad extrema de aceptar que envejecer está mal, que las arrugas son el enemigo y conformarnos.
El skincare se ha amparado bajo el paraguas del autocuidado. Un término un tanto tramposo. Se identifica como algo positivo, pero también puede convertirse en una obligación cotidiana más.
Sobre todo a las mujeres, que siempre hemos estado asociadas al cuidado: el que se supone que tengo que dar a mis hijos, a mis padres cuando sean mayores o a lo que sea, ahora es para mí. Pero como tú bien dices, es una trampa. Hay un momento en el libro en el que hago una pequeña distinción entre lo que es autocuidado y lo que es esclavitud.
Creo que no hay nada de malo, sino que es precioso, hacer un ritual [de autocuidado] con nosotras mismas. Como ponerme una mascarilla el domingo por la noche y ver Aquí no hay quien viva con mi pareja, por ejemplo. Solo faltaría que tuviese que sentirme mal por eso.
Pero es diferente que bajo esa premisa yo me someta a retoques que, o bien me dan miedo porque no me gustan las agujas, o bien no tengo muy claro los efectos que eso puede tener, o bien son carísimos y me estoy endeudando para llegar a ellos. Eso no es autocuidado, es otra cosa.
Hace una comparación del bótox con la heroína en cuanto a la adicción y la dependencia emocional. Podría asociarse también al efecto que pueden tener los ansiolíticos.
Totalmente, al final, es algo a lo que estás enganchado, sea heroína o lo que sea: tiene un efecto que dura solo un tiempo y necesitas volver a él para volver a sentirlo. Después de la epidemia de la heroína en los 80, la adicción al tabaco, al teléfono… meternos ahora en otra nueva igual es como para pensárselo.
Cuando yo le comenté a mis amigos, que no viven en una cueva ni son tontos precisamente, que el bótox es un veneno, no lo sabían. Siento que no se están llegando a conocer los efectos más a medio o largo plazo, porque todo el rato insisten en que el bótox es inocuo porque el cuerpo lo reabsorbe y se va. Por eso me extiendo en el texto citando a gente que ha investigado sobre el tema, porque no es tan cierto que el bótox se acaba yendo.
Me sabe mal cuando veo a mi alrededor mujeres que esconden que se ponen bótox para no sentirse juzgadas. Como sociedad hemos impuesto que esa mujer tenga que parecer joven pese a su edad y encima lo tiene que esconder
Y luego que realmente tiene un efecto en nuestra forma de sentir, que eso es apabullante. Afecta en la forma en la que leemos las emociones de los demás y disminuye la ira. Hasta los años 80, el diagnóstico ‘histeria’ estaba totalmente ligado a la mujer en los libros de psicología normales: no se nos permitía enfadarnos y si nos enfadábamos éramos unas histéricas. Pues tal vez hay que plantearse si ponerse bótox y que disminuya esa ira es una buena idea. Porque no nos hemos ganado la capacidad de enfado para que ahora venga un producto y nos la vuelva a quitar.
Aunque ya no sea un tema tabú y mucha gente diga abiertamente que se ha puesto bótox, aún se sigue culpabilizando, de alguna manera, a ‘la víctima’ de haber seguido las normas del sistema.
No se me había ocurrido esta forma de decirlo, me encanta lo de que al final es culpabilizar a la víctima. Yo todo rato intento matizar que estoy dando esta información, pero no soy del culto antibótox, porque me sabe mal cuando veo a mi alrededor mujeres que esconden que se lo ponen para no sentirse juzgadas. Como sociedad hemos impuesto que esa mujer tenga que parecer joven pese a su edad y encima lo tiene que esconder.
Ponerse extremista sería otro modo de mantenernos separadas y una forma muy fácil de que siguiera ganando el patriarcado y esas creencias, que por suerte las estamos desbancando ya, de que entre las mujeres nos llevamos mal. Dentro de darle una vuelta a lo del bótox, no me gustaría que una mujer se sintiera enjuiciada porque sería un fracaso de este libro.
Los inyectables son también una cuestión de clase. Con su extensión por abaratamiento y accesibilidad, quizá finalmente quien no se los aplique será la gente que no tenga dinero o la que tengan tanto que puedan decidir no hacerlo sin que ello tenga consecuencias en su trabajo o su vida personal.
Absolutamente, me encanta esta observación. En el libro menciono a Carlota Casiraghi y cito un artículo en el que decían que iba como con la cara lavada y no se había hecho nada, de forma positiva. Parece que el poder envejecer en paz va a pertenecer solo a las clases absolutamente más privilegiadas.
Habla también de los de las niñas que empiezan con la rutina del skincare cuando son muy pequeñas, las ‘Sephora Kids’. ¿De dónde sacan el dinero las niñas para comprar todos esos productos, por muy baratos que sean?
Has dado en el clavo con algo que yo no me pregunto en el libro pero, efectivamente, de algún lugar ha de salir ese dinero y ahí está la responsabilidad, es ahí donde está el foco. Y, por norma general, son los padres quienes dan ese dinero. Ya hay un consentimiento expreso o tácito de que estos niños accedan a estos productos aunque la dermatología está viendo más casos de dermatitis de los que nunca ha habido.
No me gustaría que una mujer que sí que ha recurrido a tratamiento se sintiera mal por este libro, pero en el colectivo de las niñas me parece que esa tolerancia ya no procede tanto. Yo creo que sí es importante levantar la voz un poco más alto y decir: “Estas niñas son esponjas. Ahora mismo todo lo que hagan y lo que se les diga, no va a ser tan fácil de que luego se lo quiten de su sistema”.
Porque todo lo que te pasa en la infancia y en la adolescencia se te queda grabado para el resto de tu vida. Sí, todos vamos a estar bajo ese paraguas de la presión estética, etcétera; pero intentemos que no les llegue tan pronto, que puedan tener una infancia un poco inocente antes de enterarse de que su cuerpo va a ser una moneda de cambio para tantas cosas. Y me da mucha pena, por eso al final del libro hago esa mención a que quizás la madre es la primera influencer.
Todos vamos a estar bajo el paraguas de la presión estética, pero intentemos que [a las niñas] no les llegue tan pronto, que puedan tener una infancia un poco inocente antes de enterarse de que su cuerpo va a ser una moneda de cambio para tantas cosas
Explica que los bebés aprenden a entender la realidad a través de las caras de sus madres. Pero si el bótox paraliza los músculos, esos rostros no se mueven.
Hay evidencia científica de que el bebé necesita la emoción de su madre para sobrevivir. Necesitan verla reír, fruncir el ceño, etcétera, porque les está ayudando a leer la realidad, es el puente para comprender este mundo en el que les han metido.
Las chicas que ahora tienen 20 años y están empezando con el baby bótox para prevenir la aparición de arrugas, cuando decidan ser madres quizá con 35 años, llevarán 15 con bótox bajo la piel. Seguramente, habrán tenido que aumentar la dosis y muy probablemente ahí habrán perdido mucha expresión.
Soy consciente que puede sonar distópico, pero no quería dejar de ponerlo. Y hago una mención al psicoanalista Massimo Recalcati, que decía que incluso le puede provocar una tremenda angustia al niño no ver esas expresiones en la madre, porque ¿cómo va a saber este bebé si es porque tiene una depresión o es porque usa bótox?
El libro termina con una serie de propuestas individuales y colectivas. ¿Cuáles cree que son las esenciales?
En cuanto a lo colectivo, yo veo factible que la educación empiece en los colegios. ¿Por qué no hacemos que vengan dermatólogos a los colegios a explicarles que lo que están haciendo ahora tiene consecuencias el día de mañana? Como se hizo en su momento con la educación sobre salud sexual, que nos enseñaban cómo se ponía un preservativo. Es posible que los chavales les escuchen antes a ellos que a sus padres.
Y luego en las propuestas individuales es un poco lo de antes, que yo creo mucho en el efecto osmosis. Ojalá haya más conversación social al respecto, si ahora mismo otras mujeres hubieran escuchado esta conversación que estamos teniendo, estoy segura de que alucinarían con la violencia estética que han recibido y algo pequeño se transformaría.