En 1984, el acusado era Sony. La industria del cine había demandado a la compañía japonesa por su grabador de vídeo doméstico Betamax. Hollywood argumentaba que el aparatito se usaba para violar el copyright de sus películas y pedía su ilegalización. Afortunadamente para ellas, el Tribunal Supremo estadounidense sentenció que Sony no era la responsable de los delitos que pudieran cometer sus clientes.
Gracias a esta sentencia, la industria del cine gana hoy miles de millones de dólares con el alquiler y la venta de películas. Gracias a esta sentencia, hoy existen los grabadores domésticos de CD y DVD, el iPod, las cámaras de vídeo o los ordenadores personales.
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Javier Maestre escribe sobre la sentencia: La mula sigue en libertad