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Colombia elige entre la vida y el odio

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Hay cosas que la distancia no te quita. Veintidós años viviendo en Euskadi y el nudo en el estómago cuando se acercan unas elecciones como las de este domingo 31 de mayo sigue siendo el mismo de siempre. Al contrario: a veces la distancia te da algo que dentro del ruido escasea. Te permite ver el bosque cuando quienes están dentro solo ven árboles. Y lo que veo desde aquí es una mezcla rara de esperanza y tristeza.

Esperanza, porque Iván Cepeda va primero en las encuestas. Tristeza, porqubasta mirarar lo que hay al otro lado para entender que el resultado no está ni mucho menos garantizado, y porque lo que representa ese otro lado debería ser imposible en un país que ya sabe lo que cuesta el odio y la violencia.

Lo que me preocupa no es solo Colombia. Es un fenómeno que llevamos años viendo reproducirse en distintos países con distintos nombres y distintas banderas: los discursos de odio funcionan. No porque la ciudadanía sea irracional, sino porque están construidos para activar el miedo antes que la razón, para ofrecer enemigos simples frente a problemas complejos, para hacer sentir que el caos viene de afuera y que la solución es alguien que hable fuerte y golpee duro. Trump, Bolsonaro, Milei. El manual es el mismo. Y ahora Colombia está siendo el siguiente escenario. Lo que más sorprende, lo que de verdad cuesta entender, es que esos discursos no se contrapongan solo a una ideología o a un programa político, sino a algo mucho más básico: a la humanidad mínima que deberíamos compartir todas y todos. Al sentido común. Y que no sean solo palabras, sino propuestas concretas construidas sobre el miedo y el odio al diferente.

Este domingo voto por Iván Cepeda. Y quiero explicar por qué. Cepeda tiene 63 años y una historia que no se fabrica en un despacho de campaña. Su padre, Manuel Cepeda Vargas, fue senador de la Unión Patriótica y fue asesinado en 1994 por agentes del Estado en complicidad con paramilitares. Su madre, dirigente comunista, había muerto cuando él era adolescente. Estuvo exiliado en Europa entre 1998 y 2004 porque denunciar los vínculos entre políticos y paramilitares tenía consecuencias reales. Desde ese exilio fundó el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado. Fue representante, fue senador, fue uno de los arquitectos de la política de Paz Total. Fue él mismo víctima de la violencia que lleva décadas intentando silenciar voces como la suya. “La muerte de mi padre me reorientó y me convirtió en lo que soy hoy”, dijo en una entrevista. Hay políticos y políticas que llegan al poder buscando poder. Iván Cepeda lleva toda la vida buscando justicia.

Frente a él se presentan dos opciones que, con toda la honestidad que permite un artículo de opinión, me resultan difíciles de tomar en serio como propuestas para un país moderno. Paloma Valencia se presenta como la cara moderada del uribismo. Y puede que dentro de su partido lo sea. Pero hace apenas unas semanas propuso públicamente nombrar a Álvaro Uribe como su ministro de Defensa. Esto, mientras la Jurisdicción Especial para la Paz acaba de confirmar 7.837 casos de falsos positivos: jóvenes asesinados por el propio Ejército durante el gobierno de Uribe, presentados como bajas en combate para cobrar incentivos militares. Las madres de esas víctimas respondieron a la propuesta de Valencia con una frase que no necesita traducción: “Que Uribe sea su ministro es una burla”. Valencia ha reconocido que los falsos positivos ocurrieron pero ha esquivado sistemáticamente la responsabilidad política de quien gobernaba cuando ocurrieron. Eso, en mi opinión, no es moderación. Es una forma muy calculada de administrar una herencia que no debería administrarse, sino juzgarse.

Abelardo de la Espriella es otra cosa. Es el fenómeno nuevo, el outsider, el que ha llegado sin partido propio y sin ninguna experiencia en cargos públicos a instalarse como uno de los favoritos. Se llama a sí mismo “El Tigre”, fundó su propio movimiento, Defensores de la Patria, y replica con bastante fidelidad el estilo que conocemos de otros lados: discurso antisistema, enemigo claro, promesas de mano dura que suenan a milagros, confrontación permanente con los medios y con quien se le ponga delante. Es el modelo Milei aplicado al Caribe colombiano. Millonario, construyó su fortuna defendiendo como abogado a narcotraficantes. Que alguien con esa trayectoria se presente ahora como candidato del orden, la ética y los valores tiene una gravedad que merece nombrarse sin rodeos. Y luego está la ironía para sus seguidores más acérrimos: entre sus clientes también estuvo Alex Saab, señalado como testaferro del régimen de Maduro en Venezuela, ese mismo Maduro que sus votantes consideran el enemigo número uno. Algo que han tenido que digerir en silencio. Y por si fuera poco, ha declarado públicamente que si no gana las elecciones, se vuelve a su viñedo en Italia. Así, sin más.

Colombia le interesa como plataforma, no como responsabilidad. Es un país al que se acerca cuando hay algo que ganar y del que se marcha cuando no.

Y hay un tema que en Colombia se debate poco pero que debería estar en el centro de todo: el medioambiente. Aquí la diferencia entre los candidatos y las candidatas no es de matiz, es de fondo. Cepeda propone prohibir el fracking, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero en un 51%, proteger los ecosistemas estratégicos, reconocer constitucionalmente a los animales como sujetos de derechos y construir una economía que ponga la biodiversidad en el centro. Colombia, uno de los países con mayor diversidad biológica del planeta, trataría sus riquezas naturales como lo que son: un patrimonio que pertenece a todas y todos, incluidas las generaciones que aún no han nacido. Valencia y De la Espriella van exactamente en la dirección contraria. Ambos defienden el fracking sin pilotos previos, la reactivación masiva de contratos petroleros y una lógica extractivista que ellos mismos resumen sin pudor: “Colombia tiene una caja fuerte llena de billetes y no la está abriendo”. De la Espriella promete duplicar la producción de petróleo, de 700.000 barriles a 1.300.000 Valencia argumentanta que el país “tiene el derecho a sacar su gas, su carbón, su petróleo, su fracking”. El planeta arde, los páramos se derriten, el Caribe colombiano sufre sequías e inundaciones cada vez más extremas, y la propuesta de la derecha es acelerar exactamente lo que está provocando todo eso. Es una posición que en 2026, con los datos climáticos que tenemos, no es solo discutible. Es irresponsable.

Me sorprende, y a la vez lo entiendo perfectamente, que sectores de Colombia que siempre se han identificado con valores conservadores, con la familia, con la fe, con el esfuerzo honesto, estén hoy apoyando candidatos y candidatas cuya trayectoria ética plantea preguntas muy serias. Es la misma paradoja que vemos en España cuando el Partido Popular convence a gente trabajadora de que la izquierda es su enemiga, o en Estados Unidos cuando Trump gana votos en comunidades que serían las primeras afectadas por sus políticas. El discurso de odio tiene esa eficacia perversa: hace que la gente vote en contra de sus propios intereses porque el miedo al otro es más potente que el análisis de lo propio.

Y luego están los datos. Porque los datos existen, aunque el ruido no los deje oír. El gobierno Petro recibió el país en 2022 con una tasa de pobreza monetaria del 36,6%. En 2024 bajó al 31,8%, el nivel más bajo desde que existe registro. Eso son aproximadamente 1,2 millones de personas que salieron de la pobreza. La pobreza multidimensional, la que mide si la ciudadanía tiene acceso real a salud, educación y servicios básicos, cayó por primera vez por debajo del 10%. El desempleo llegó a niveles históricamente bajos. La inflación de alimentos bajó del 25% al 6%. El turismo creció un 137% respecto al gobierno anterior. ¿Hubo problemas? Claro que sí. El PIB no creció lo esperado, la deuda aumentó, varias reformas quedaron a medias.

Gobernar es complejo. Pero la historia del apocalipsis económico que la derecha lleva cuatro años vendiendo no cuadra con las cifras. Colombia no se convirtió “en Venezuela”. La democracia funcionó. Las instituciones resistieron. Y a eso hay que darle el valor que tiene, porque no era evidente que fuera a ser así.

Lo que más me pesa, pensándolo desde aquí, es que Colombia sepa lo que cuesta el odio y la violencia mejor que casi nadie y aun así esté tentada de volver a ellos empaquetados en formas nuevas. Un país moderno no se mide por el tamaño de sus cárceles sino por el tamaño de sus oportunidades. No se construye identificando enemigos sino reduciendo las distancias brutales que separan a quienes lo tienen todo dequienes noo tienen nada. Eso no es ideología. Son los datos de cualquier sociedad que ha conseguido salir adelante.

Este domingo, desde Bilbao, voto por Iván Cepeda. Por el hijo de un hombre al que mataron por disentir. Por alguien que conoce el precio de la justicia porque lo ha pagado de verdad. Por la Colombia que puede ser, no por la que algunos y algunas se empeñan en conservar. La distancia no me quita el voto. Y tampoco, por ahora, la esperanza.