La consejera través del espejo
Supongo a la consejera de Educación del Gobierno Vasco preocupada, como si fuera Alicia, la protagonista de la segunda obra de Lewis Carroll, meditando cómo debe ser el mundo al otro lado del espejo de su casa. Y no es para menos, dados los enormes chaparrones recibidos desde este comienzo de curso escolar 2026-2027. Es de suponer que a la “nueva Alicia” le gustaría poder atravesar ese mágico espejo y observar con nervios el futuro de su Departamento.
Un futuro incierto, porque la gestión desarrollada en estos años es cada vez más confusa, errática y genera desconfianza en propios —el conjunto de sus trabajadoras y trabajadores— y extraños —la propia sociedad vasca—. En el primer caso, la falta de seriedad en la aplicación de los acuerdos firmados en los distintos convenios está agotando la paciencia de los sindicatos de enseñanza. Lentitud, reinterpretación de lo escrito, encadenamiento de reuniones maratonianas con escasos avances reales son algunas de las principales quejas que no sirven sino para tensar unas relaciones nunca demasiado distendidas.
En el caso de la sociedad vasca, el asombro está dejando vía libre a la indignación. En el escaso tiempo transcurrido de este nuevo curso, al menos dos medidas adoptadas por el Departamento de la “otra Alicia” han provocado comentarios desalentadores para las y los dirigentes de Lakua. El primero de ellos vino tras conocerse la noticia del incremento presupuestario que la Consejería de Educación destinaba a los centros educativos concertados: 15 millones de euros más, para alcanzar la cifra total de algo más de 322 millones, un 4,9% más para este ejercicio, con respecto al curso 25/26. Este dato se complementa con el del crecimiento de aulas de centros privados que se conciertan (48 unidades más) con una subida porcentual del 1,39%. Si no fuese suficiente, el problema se acentúa con la incapacidad de la consejera de eliminar el cobro de cuotas de mantenimiento a las familias, que los centros concertados aplican, aunque se comprometió a llevar a cabo hace ya más de un curso.
Y, lejos de minimizar el problema, este aumenta cuando se relaciona con el cierre traumático de centros públicos (4 en Bizkaia, este último curso), bajo el argumento de la baja tasa de natalidad que viene sufriendo la sociedad vasca desde hace ya más de un quinquenio. Nunca como hasta ahora se había observado con tanta claridad el decantamiento en el trato dedicado por la administración vasca en favor de una de las dos redes educativas, la concertada. Es así muy recomendable recordar las palabras de Tony Judt ('Algo va mal', Santillana, 2011) al referirse a los bienes públicos, del que la Educación es una referencia ineludible: “Si los servicios públicos se devalúan a los ojos de los ciudadanos y son sustituidos por servicios privados al contado, perdemos el sentido de que los intereses y las necesidades comunes deben predominar sobre las preferencias particulares y el beneficio individual”.
Volviendo a la novela de Carroll, da la impresión de que la consejera se encuentra cómoda, moviéndose entre el absurdo y la lógica de decisiones que provocan continuas reacciones de protesta, pero que, aparentemente, no tuercen en absoluto su apuesta por este sector privado.
La segunda noticia del Departamento de Educación tiene que ver con los resultados obtenidos por el alumnado vasco en el informe PISA 2025. Para ello cambiaré de espejo, abandonando con tristeza a nuestra agradable Alicia para sustituirla por el agente Fred Leiser, en la novela “El espejo de los espías”, inactivo espía británico en plena Guerra Fría, de escaso nivel educativo y nostálgico de la guerra europea.
Comparto la valoración de quienes consideran PISA una herramienta que proporciona datos relevantes sobre una forma concreta de educar, una visión específica de entender la educación; la evaluación de la OCDE valora competencias del alumnado que demanda un mercado laboral capitalista, creando futuros trabajadores/as perfectamente alineados para un tipo de sociedad concreto. Este esquema queda alejado —por no decir enfrentado— a otro tipo de formación más humana, generadora de pensamiento crítico, políticamente comprometida con la democracia participativa y constructora de sociedades más solidarias. Es por ello que subscribo las palabras de Xavier Besalú al definir el nuevo capitalismo con el que convive la educación: “El nuevo capitalismo propugna un modelo de persona ente todo flexible y adaptable; individualista e independiente de los demás, sin proyectos a medio y largo plazo, porque lo único que importa es el presente y el futuro más inmediato, sin ataduras con el pasado, que constituirían sólo un estorbo, y sin hipotecas de futuro, que lo podrían condicionar todo”.
No obstante, como explican EsadeEcPol y Save The Children en su informe conjunto sobre PISA, como sistema de evaluación mundial, cada vez más gobiernos se involucran en este proceso (91 países, más de 760.000 jóvenes de 15 años), los datos de 2025 —además de indicar el valor estándar en matemáticas, lectura y ciencias— también diagnostican el estado de equidad o igualdad de oportunidades en la Educación, una cuestión que permite explorar sobre el famoso ascensor social atribuido al aprendizaje escolar. Lamentablemente, tampoco en este apartado los datos vascos consiguen cambiar el sentido decadente manifestado en pruebas anteriores y que lo han relegado a las últimas posiciones del listado español de CC.AA.
John Lecarré plantea, de forma sarcástica, en “El espejo de los espías” la necesidad de recuperar el prestigio de un departamento de inteligencia diezmado investigando rumores sobre misiles soviéticos en la frontera alemana. Valga la metáfora para entender los intentos ímprobos de la Consejería que dirige Begoña Pedrosa por anticiparse a los datos de PISA con una intervención que pretendía celebrar los resultados de la última evaluación diagnóstica, datos que no eran tan buenos y que tan solo presentaban una mejoría en competencia lectora, especialmente en el alumnado que estudiaba en su lengua materna. Sin embargo, nada se hizo público, por ejemplo, sobre los desastrosos resultados de Euskadi en la prueba PIRLS 2016 (medición de la compresión lectora en alumnado de 4º de Primaria), ni de otras evaluaciones diagnósticas, poco afortunadas.
Por cierto, desde entonces, Euskadi no ha vuelto a participar en PIRLS y se ha debido esperar a PISA para que el Departamento se vaya visto compelido a mover alguna ficha concreta con los planes específicos de lectura.
Francisco Luna —una autoridad en la evaluación educativa, conocedor de las continuas pruebas de todo tipo realizadas, desde varios años atrás— recordaba recientemente que el sistema educativo vasco no va bien y poco —o nada— se ha intentado hasta la fecha para variar su tendencia: “… se presentan multitud de planes y proyectos con títulos enfáticos (estrategia integral para la mejora, plan estratégico integral para la transformación de la escuela pública…)” que no se evalúan, cuyos resultados se desconocen o que no transforman de forma evidente las carencias detectadas.
La consejera también podría colocarse ante el espejo mágico que los hermanos Grimm atribuyen a la madrastra de Blancanieves, aunque en este caso, debería cambiar la célebre, pero narcisista pregunta por otra que le pudiera arrojar más luz ante el cariz deprimente en el que está inmerso su Departamento. Sugiero algunas de ellas: “Espejo, espejito mágico, dime una cosa ¿Qué podemos hacer para salir de una vez por todas del pozo en el que ha entrado nuestra educación? ¿A quién debemos dirigirnos para que cambie la actual tendencia? ¿Conoces algún programa/proyecto que haya dado buenos resultados y podamos implementar? ¿Tendremos que modificar la política lingüística a la que hemos dedicado tanto esfuerzo humano y económico? ¿Hasta cuándo podremos mantener el argumento de la sobreexposición a las pantallas como una de las justificaciones del deterioro de nuestros jóvenes?
Los espejos de Alicia, Fred Leiser o la reina malvada de Blancanieves no son la solución. El único espejo al que el Departamento debería prestar atención es el que señalaba Josep Fontana en su obra 'Europa ante el espejo' (Crítica, 1994). Este maestro de historiadores/as señala las principales lagunas y malas enseñanzas de la historia del continente y para ello planteaba la siguiente reflexión: “Necesitamos salir de la galería de los espejos deformantes en que está atrapada nuestra cultura. Sólo entonces podremos empezar a estudiar las sociedades humanas en el gran libro del mundo y emprender la tarea de desmontar esa visión lineal del curso de la historia que interpreta mecánicamente cada cambio como una mejora, cada nueva etapa como un progreso…”. Atención, consejera, cuidado con los espejos deformantes, porque acaban distorsionando la realidad. Deberemos cambiar nuestra manera de ver y entender las cosas, aunque no sea fácil.
Marina Garcés ('Escuela de aprendices', Galaxia Gutenberg, 2020) plantea también un espejo en el que no queremos mirarnos, con preguntas temerarias como “¿de qué sirve saber, cuando no sabemos cómo vivir? o ¿para qué aprender, cuando no podemos imaginar el futuro? Según la autora necesitamos preguntarnos como sociedad ¿para qué queremos ser educados? Y añado ¿tendrá la consejera la respuesta?
Sobre este blog
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