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Viento del Norte es el contenedor de opinión de elDiario.es/Euskadi. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Tiempos nuevos

Colegio Gaztelueta, en Leioa

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Avanzar sin caer, saliendo de un pozo emocional al que un día, cuando no levantabas tres palmos y medio del suelo, un adulto te arrojó. Suena literario, pero no lo es. Las metáforas suenan demasiado complacientes cuando hablamos de violencia sexual contra la infancia y la adolescencia. Un adulto, aprovechando su consideración de superioridad, la misma que en algunas sentencias no se tiene en cuenta o se tiene con insustancial equidistancia, se cruza un día en el camino de un niño o una niña y abusa de él o ella sexualmente, invade su intimidad sin rubor pero con flagrante cobardía, se apodera de su perímetro para someterle a todo tipo de abusos y agresiones, que a veces incluyen también golpes, torturas y vejaciones orales. Un cúmulo de acciones violentas físicas, psíquicas, que dejan al menor en una situación de zozobra y secuelas fruto de un síndrome de 'shock' postraumático que le afectará en mayor o mediana medida durante décadas, incluyendo su etapa de forja de su personalidad. 

Es una realidad que estos delitos se perpetran en todos los ámbitos sociales y desde luego el eclesiástico no es una excepción. Nunca lo fue. Algunos sacerdotes y religiosos a la sombra de la mayoría han cometido acciones delictivas de pederastia y pedofilia y el número de víctimas y supervivientes es ingente, mayor de los porcentajes de casos denunciados en la justicia ordinaria, en la canónica o en los medios de comunicación. Lo que no se cuenta, no existe. Y esa es una de las mejores armas de los pederastas y sus encubridores. Se sirven del miedo y el silencio que este genera para asentarse en la impunidad. Es difícil vencer el miedo, romper el silencio. No todas las víctimas pueden hacerlo, porque las víctimas no cuentan cuando quieren, solo cuando pueden. Es una cuestión de pragmatismo, una sólida teoría académica y un hecho objetivo y demostrable.

La pretensión de que un niño o niña relaten los abusos a los que fueron sometidos como si estuvieran relatando una excursión con amigos al monte siendo absurda, no es ficción. Sentencias como la del caso Gaztelueta (la número 467/2020 del Supremo), demuestran en su contenido y en su línea argumental que para algunos jueces lo de las víctimas no cuentan cuando quieren, entiéndase detalles de los delitos, sino cuando pueden no es admisible. Algo terrible, sin lógica y que solo sirve para quienes demuestran no saber de qué hablan redacten sentencias poco justas de raíz. Parece como si algunos jueces y fiscales se deslizaran por un tobogán con una venda en los ojos incapaces, pensando bien por falta de una formación sólida en la gestión jurídica de este tipo de delitos cometidos contra menores porque pensando mal las conclusiones serían muy deprimentes y escandalosas.

En ese sentido y acogiendo en el escrito al facultativo suizo Jean Piaget, psicólogo considerado padre de la epistemología genética y reconocido por sus aportes al estudio de la infancia y por su teoría cognitiva constructivista del desarrollo de la inteligencia, a partir de una propuesta evolutiva de interacción entre el sujeto y objeto. El razonamiento hipotético deductivo que comienza en la preadolescencia de manera incipiente y se va desarrollando durante la adolescencia. También la más que probable amnesia, producida por el trastorno de estrés post traumático que suele aparecer en ocasiones. Como ejemplo : un niño o niña de diez años no tiene la misma percepción sobre la sexualidad y por ello sobre los actos y agresiones sufridas en manos de un adulto que un niño o una niña de quince años. 

Pues bien, tener que seguir insistiendo en esto me lleva a concluir que el problema, o uno de ellos, es sin duda la débil o insuficiente formación de algunos profesionales que redactan sentencias más tendentes a la absolución del delincuente pederasta que a una condena equilibrada y justa.

No es de recibo que la jurisprudencia que se cree en este tipo de delitos sea negativa, que quienes denuncian en vez de encontrar la protección que merecen por parte de las instancias requeridas, encuentren además de las secuelas físicas y emocionales, un plus de negación, minimización e incomprensión. Hay que lograr esa visibilidad del drama humano, cuando no de la tragedia que asuela a las víctimas y supervivientes de pederastia e incluso y con la entrada en vigor de la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, del derecho a la asistencia integral especializada y accesible, desde atención médica y psicológica, a la cobertura de las necesidades económicas, laborales y de vivienda, a la asistencia jurídica y a una indemnización, junto a la eliminación del término abuso sustituyéndolo en todos los supuestos por el de agresión sexual. Porque son nuevos tiempos para las víctimas y supervivientes de violencia sexual pero también para los agresores, pederastas y maltratadores. Tiempos de verdad y justicia, de reconocimiento, reparación y acompañamiento. Aire fresco después de tantas décadas de silencio forzoso e impunidad, de negacionismo y falta de respeto. Seguiremos adelante, caiga quien caiga. No es revancha, es justicia.

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