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Opinión - 'En el punto de mira', por Rosa María Artal

¿Vuelve “policías y ladrones”?

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Una de las características de andar peinando canas es que los recuerdos de la infancia fluyen con mayor frecuencia; permiten recordar experiencias pasadas que, retiradas al baúl de temas inservibles durante muchos años, son recogidas ahora con una nostalgia infinita. No es necesario entrar en una fase vital menos ociosa para recurrir a estas evocaciones, pero no hay duda de que la oportunidad que da la edad para poder evadirse en gran medida de los quehaceres cotidianos, aparentemente imprescindibles, ayuda a rememorar situaciones queridas de nuestra infancia. (Por cierto, quien quiera remover sensaciones infantiles, recuerdos cariñosos, tiene una buena oportunidad con la lectura de 'Los vagabundos', de Máximo Gorki, un bonito ejercicio literario de vidas sencillas, pobres, pero sanas). 

Viene esta introducción a cuento de una reflexión ante la reciente proliferación de manifestaciones internacionales llevadas a cabo por jóvenes, incluso adolescentes, en gran parte de los países europeos (El eurocentrismo diario parece llevarnos tan solo a los conflictos en Francia, Italia, Portugal o España, pero no se debería olvidar lo ocurrido en Serbia y Albania, o anteriormente en Hungría, Nepal o Marruecos). Protestas multitudinarias que están copando las agencias de noticias en todo el mundo y que aún no tienen una explicación comúnmente aceptada. Las hay de todos los gustos, colores y afinidades políticas. Desde las que consideran que son respuestas antisistema por el deterioro de las democracias liberales, hasta quienes las demonizan con argumentos de ser los nuevos juguetes de una juventud malcriada, excesivamente protegida y carente de normas y orden. En medio de ambos extremos encontramos a una mayoría aturdida que sigue esperando mayor claridad en las propuestas movilizadoras y desmarque de quienes sólo buscan el caos social. 

En estos momentos de incertidumbre sociopolítica en muchos países del mundo occidental (recordemos cuántas naciones se encuentran inmersas en procesos electorales o que acaban de pasar recientemente por las urnas) las democracias se encuentran realmente tambaleantes. Bien por una cierta elitización de sus gobiernos, más preocupados por coincidir con los mandatos establecidos por las multinacionales triunfantes, bien por el temor real a que partidos políticos ultraconservadores dinamiten los logros obtenidos por las escasas reformas emprendidas con apoyo popular. Cualquiera de ambas razones lleva a un hartazgo generalizado, a la impotencia transformadora y, de ahí, a la protesta social. 

No es casual encontrar a la juventud a la cabeza de movilizaciones por unas subidas salariales decepcionantes, lamentando inflaciones desorbitadas, peleando por viviendas inaccesibles o trabajos desregulados. Una juventud mejor preparada profesionalmente que sus antecesoras, pero menos independiente; más protegida, cuidada socialmente, y, sin embargo, menos implicada en cuestiones de política oficial; gran consumidora de redes sociales, aunque más aislada en sus relaciones personales. Una juventud, en fin, harta de esperar hacerse protagonista, libre y con un futuro por realizar, pero que se encuentra atrapada con los grilletes de una sociedad capitalista, ajena a sus reclamaciones. El último Informe FOESSA ('Sobre Exclusión y Desarrollo Social en España', 2025), ya nos ayudó a entender que es un colectivo afectado-si no el principal- por la precariedad y la desigualdad entre generaciones, lo que le supone una gran dificultad para construir proyectos de vida. 

Esta participación de los/las jóvenes en las movilizaciones no debería desembocar en argumentos descalificatorios para quienes la centran exclusivamente en la violencia que está acompañando recientemente estas protestas por Europa. Como bien señala Sergio García Magariño (1) es mucho más preocupante la manipulación informativa que sufren que la radicalización violenta que puede ejercer una minoría. Para este sociólogo, hay cuatro ámbitos asociados a la juventud “(…) que han sido directamente afectados por la ampliación del tiempo de navegación en redes sociales, especialmente en aplicaciones instaladas en el smartphone, a saber: las formas de socialización, la búsqueda de conocimiento y de información, la vulnerabilidad ante la manipulación y el activismo social”. 

Italia, Portugal, España y, especialmente, Francia acaparan noticias de movilizaciones multitudinarias, encabezadas por jóvenes que reclaman cambiar el curso de sus vidas. Junto a ellas, junto a ellos, miles de trabajadoras y trabajadores se suman, unidos en sus proclamas por la devolución de derechos restringidos y los avances en democracia real. Pero, también a su lado aparecen elementos descontrolados (¿organizados?) que violentan las reclamaciones, opacándolas y transformándolas en actos de pillaje, destrozos y desórdenes sociales. Grupos embozados y atrapados en el oscuro y temible color negro. Personajes que, siempre en compañía, procuran el mayor daño social, frente al mobiliario urbano y comercial. Personas acríticas que han encontrado en estas movilizaciones pacíficas la transformación a la realidad de sus videojuegos bélicos, hasta ahora simplemente ficticios. Este grupo es el que me ha llevado al recuerdo infantil antes aludido. 

En nuestra ingenua infancia, alejados/as de toda reflexión crítica, el cine y la televisión (nuestros “influencers” de entonces) nos ayudaban a posicionarnos en los conflictos culturales de la época; así, nos llevaban a desear protagonizar y capitanear el Séptimo de caballería, antes que a los salvajes y despiadados sioux, o encuadrarnos en las legiones romanas en vez de en las tribus bárbaras del Norte. Una época en la que nuestras calles, transformadas voluntariamente en campos de fútbol interminable, de vez en cuando se convertían en escenarios variados de persecución en los que, como policías o ladrones, buscábamos la forma de vencer a los/as contrarios/as. En la mayoría de las ocasiones no había ningún elemento perturbador en aquellas refriegas; el simple contacto servía para “desarmar” al contrario (aunque podían aparecer circunstancialmente algún tirachinas en manos de los/as más poderosos/as). La victoria en el juego estaba clara: derrotar al enemigo por la pérdida/desaparición de su equipo. Así acababa la inocua disputa hasta la siguiente vez en que los perdedores solicitaran la oportuna revancha. Ni qué decir, que el problema era encontrar al número suficiente de amigos/as-rivales a los que derrotar. 

Rebasado el segundo milenio, aquel inocente e infantil juego de policías y ladrones parece haber transmutado en un nuevo estímulo para personas desaprensivas que prefieren utilizar movilizaciones serias, ridiculizando e ignorando los verdaderos objetivos de las mismas. Que en estas protestas en España las proclamas de estos grupos violentos hayan sido contra el fascismo -y en el caso de Bilbao, en apoyo de ETA- sólo indica que sigue habiendo personas (adolescentes en su mayoría) que desconocen el significado real de tales conceptos históricos, que desprecian el conocimiento del pasado y las terribles consecuencias que para la sociedad vasca y española trajeron. Los distintos programas diseñados para la deslegitimación del terrorismo, como aparece en un estudio de la Universidad de Deusto, tan solo consiguen llegar a un 5% del alumnado, cifra absolutamente insuficiente para considerar una juventud adecuadamente informada. 

La única forma de combatir esta irresponsabilidad está clara: hay que volver los ojos hacia la educación y valorar las políticas adecuadas para que esta situación, lejos de generalizarse, sea reconducida hacia un futuro de entendimiento, en ausencia total de violencia. Para Raúl López Romo y Marta Rodríguez Fouz, “(…) en la médula de apuesta educativa se localiza inequívocamente una convicción ética que reclama una orientación crítica de la mirada hacia el pasado y entiende la necesidad de distinguir entre lo justo y lo injusto”. La enseñanza del pasado debe llevarnos a identificar adecuadamente los errores cometidos para evitar repetirlos. Profesores como María Eugenia Oleaga Muguerza y Alberto Izquierdo Montero (2) en un artículo reciente concluían: “Como cierre, nos gustaría terminar con una reflexión del ya citado en numerosas ocasiones, Paulo Freire (2003): la realidad no es así, la realidad está así. Y está así no porque ella quiera. Ninguna realidad es dueña de sí misma. Esta realidad está así porque estando así sirve a determinados intereses del poder. Como educadoras y educadores, una de nuestras responsabilidades es detectar y denunciar una realidad injusta y desigual, las raíces de esta y los intereses a los que sirve, para así construir aquel inédito viable del que hablábamos”. 

Los tiempos cambian bastante más de lo que parece a simple vista, aunque, en ocasiones tengamos la sensación de que vivimos en un bucle negativo del que nos es imposible salir. Las protestas pretenden mejorar la situación de las personas y deberíamos seguir concienciadas/os de que nuestro compromiso con la participación política por cauces no violentos es el único camino para acabar construyendo una sociedad más justa, igualitaria y democrática. 

Notas:

(1) '¿Es la juventud española más o menos vulnerable a la radicalización?' En “Juventud, Democracia y Educación”, IEES, Fundación 1º de Mayo, febrero de 2025.

(2) 'Jóvenes en el punto de mira: reflexiones para no culpar al río de las violencias que lo encauzan'. IEES. Fundación 1º de Mayo, febrero de 2025.