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La campana de cristal

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Pregunto: ¿unas buenas vacaciones consisten en poder ser durante unos días nosotros mismos, al margen del trabajo, o en todo lo contrario, es decir, en huir de nosotros mismos durante unos días, absolutamente definidos por el trabajo?

Alquilo un apartamento en Carnota durante toda la Semana Santa. Cuatro o cinco días antes de marchar, la borrasca Nelson (alerta naranja por viento en la costa, caída en picado de las temperaturas) augura que estos días de descanso servirán precisamente para eso: descansar. O diría mejor desconectar, el verbo que define el único descanso válido en el tiempo en el que vivimos. Recuerdo a John Berger, en Porcaterra, decir que cuando matan a una vaca en el matadero es como si la desconectasen, se derrumba, y entonces uno descubre que la vida no tiene que ver con el aliento, sino con la energía.

Llegamos al Vilar de Carnota en autobús, no tenemos coche. Todo está pensado para obligarnos a la inmovilidad. Hace tanto viento que no podemos salir. El apartamento es exactamente lo que buscaba: un ático con vistas a la playa (a lo lejos), al mar bravo, al horizonte más o menos nítido dependiendo de la hora y del temporal y, a la izquierda, a la mole granítica del monte Pindo. Traigo dos libros por leer y un artículo por escribir. Las tres cosas son trabajo, así que es difícil contestar a mi pregunta inicial: ¿son esto realmente vacaciones?

Salimos del apartamento en excursiones mínimas perfectamente planeadas. A veces con paraguas, otras ya en chuvasquero. Si hiciese sol podríamos caminar por la playa durante horas, pero la lluvia nos obliga a quedarnos en casa, a avanzar unos metros cada vez y luego dar la vuelta. Luis opina que yo sería incapaz de vivir aquí. Y yo, por supuesto, pienso todo lo contrario. Él creció en Malpica y yo nací en Mazaricos, así que los dos sabemos de lo que hablamos: esta incomunicación obligada de la Costa da Morte en invierno.

Cuando llegan los festivos -jueves, viernes santo- en Vilar siguen abriendo el supermercado, la librería y, por supuesto, los bares. En esto Luis y yo tampoco nos ponemos de acuerdo: él dice que abren por el turismo (lo dice mientras fuera diluvia) y les echa la culpa a los demás; yo, en cambio, digo que abren por costumbre y desesperación, que abren porque, seamos sinceros, ¿qué iban a hacer si no? Y mientras lo digo soy consciente de que yo me comporto exactamente igual. Desde muy joven, asimilo la falta de productividad con la enfermedad; la inmovilidad voluntaria, con la depresión; el aburrimiento, con una forma radical de existencialismo.

En 1963, la poeta Sylvia Plath publica su única novela, La campana de cristal, el relato de una joven de 19 años con una carrera de éxito en el mundo editorial que no es capaz de sentir nada, que vive anestesiada su preciada oportunidad de ascenso social. Leída hoy, la novela habla casi de cualquier persona que conozco. El personaje de Esther Greenwood es la síntesis perfecta de lo que el sistema hizo con nosotros, representa un caso célebre de una pandemia cada vez extendida de la manera más notoria. 1963: la cosa viene de lejos.

Hace 15 días, dejé de ver durante una hora por el ojo izquierdo. Eran las 17:45. A las 19:00, presentaba un libro en una librería del centro de mi ciudad. A cinco minutos de casa. Llamé por teléfono a Luis buscando que me convenciese de que lo que me pasaba era fruto del estrés. Lo consiguió y la ceguera remitió. Me pidió que fuese al médico y lo cancelase todo. Una hora más tarde, yo estaba presentando aquel libro. Acudí a urgencias después del acto, con el trabajo hecho y un saco de remordimientos pesándome en el estómago. En el hospital, tras cinco horas de espera, me hicieron un TAC. La doctora que me atendió me hizo pasar a la consulta y me dijo que, desafortunadamente, no habría un radiólogo que pudiese interpretar los resultados de la prueba hasta las ocho de la mañana siguiente. Me animó a esperar sentado en las sillas de plástico de la sala de espera otras cinco horas. Me marché sin resultados, con la visión impoluta y el saco de remordimientos a punto de romper por dentro.

“El suelo parecía maravillosamente sólido. Era consolador saber que había caído y que no podía caer más abajo”, dice Plath por boca de Esther. Cito de memoria. La campana de cristal de la hiperproductividad lleva décadas aplastándonos periódicamente contra ese suelo. Quizás ahora la diferencia es que, cada vez más, la presencia del espejismo de unas vacaciones remotas que lo curan todo o de que otro modo de vida es posible nos aprieta vía Instagram o TikTok constantemente. Todo forma parte de la misma rueda con nosotros corriendo en su centro.

A mitad de este artículo, Luis entra en el cuarto en el que escribo y me dice que se encuentra mal, inquieto. Lleva más de una hora solo, encerrado en el apartamento, y quiere ser productivo. Se olvidó de imprimir los apuntes que tenía que leer esta Semana Santa y no sabe qué hacer. Mejor dicho, ninguna de las otras cosas que podría hacer consuelan ese vacío. Su llegada parece providencial, así que le leo pasajes de mi artículo en construcción. Tomar consciencia de que estamos mal no nos consuela, nunca lo hizo. Culpar a un sistema que se define por ser culpable, tampoco. Finalmente, le ofrezco alguno de los libros que traje para leer aquí y se va.

Una vez tocamos el vidrio con la punta de los dedos o nos golpeamos contra el suelo es difícil saber qué hacer después. Cuídate, me dicen. Para, insisten. Vine a Carnota para darme cuenta de que nada para nunca. De que es difícil empujar en una superficie que parece tan rígida y ampliar sus límites. Quizás la respuesta no esté fuera, me digo, sino dentro. Repito con Plath: “Inspiré profundamente y escuché el antiguo estribillo de mi corazón. Yo soy, yo soy, yo soy”.

Pregunto: ¿unas buenas vacaciones consisten en poder ser durante unos días nosotros mismos, al margen del trabajo, o en todo lo contrario, es decir, en huir de nosotros mismos durante unos días, absolutamente definidos por el trabajo?

Alquilo un apartamento en Carnota durante toda la Semana Santa. Cuatro o cinco días antes de marchar, la borrasca Nelson (alerta naranja por viento en la costa, caída en picado de las temperaturas) augura que estos días de descanso servirán precisamente para eso: descansar. O diría mejor desconectar, el verbo que define el único descanso válido en el tiempo en el que vivimos. Recuerdo a John Berger, en Porcaterra, decir que cuando matan a una vaca en el matadero es como si la desconectasen, se derrumba, y entonces uno descubre que la vida no tiene que ver con el aliento, sino con la energía.