La masificación del centro de Palma liquida la utopía de la librería Literanta: “Los cruceristas son como una muralla”
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Por las ventanas del edificio de al lado se escapa una cadena de acordes menores que recuerda a los primeros compases de Into My Arms. Más que coincidencia, parece justicia poética. La balada de Nick Cave es un clásico de funeral; lo que está ocurriendo al otro lado de ese umbral pintado de rojo que linda con una escuela de piano –de ahí la música en vivo– es un adiós. Cierra Literanta, una de las librerías que han agitado la cultura de Palma durante el siglo XXI y decenas de lectores acuden a dar el pésame. De paso, curiosean y aligeran un catálogo que se liquida con un 30% de descuento.
Son cientos de libros, decenas de géneros, temáticas y formatos. Economía, metafísica, viajes, arquitectura, ficción, feminismo, historia. Novela, poesía, ensayo, crónica periodística, fotolibros, revistas –Panenka, Líbero– que en estas semanas mundialistas recuerdan que el fútbol también es narrativa. Hay novedades, hay clásicos y hay algunos ejemplares de décadas pasadas. El diseño de las cubiertas de los libros más viejos trasladan al mirón a épocas ya no tan recientes. 2010, por ejemplo. En julio de aquel año, Patti Smith charló con sus seguidores mallorquines mientras les dedicaba Éramos unos niños, donde relató su amistad y su romance con el fotógrafo Robert Mapplethorpe. Tiempos felices que quedaron atrás.
Hoy cuesta creerlo, pero la matriarca del punk firmó en Literanta. Fueron las páginas doradas de una historia finiquitada por la gentrificación.
“Cada vez hay más turistas y menos habitantes, personas que hagan barrio”, explica Sergio González, el último librero de Literanta. Al poco de llegar a Mallorca, este leonés pasó de ser un simple “aficionado a la lectura” a un “prescriptor de libros que se deja influir por los gustos y recomendaciones de los clientes, lo más bonito del oficio” cuando entró a trabajar como empleado en la librería a la que acaba de bajar la persiana. Fue en 2005, cuando arrancó este proyecto en el Carrer Can Fortuny, a apenas unos metros del Carrer des Call, donde se trasladó en 2018. Literanta no escapó del antiguo gueto judío de Palma –calles empedradas, contraventanas verdosas, puertas de madera noble– pero, según algunos clientes, la mudanza fue un golpe para el negocio.
Cada vez hay más turistas y menos habitantes, personas que hagan barrio
“Mantuvieron el espíritu, pero en un espacio mucho más pequeño. El primer local tenía patio y una barra donde te podías tomar un café o un vino: hubo allí muchas primeras citas. Esta barriada estaba llena de vida; muchos vecinos y funcionarios acababan tomando algo allí y comprando libros. Ahora, excepto turistas, ya no pasa casi nadie por aquí delante. No diré que estemos en una ciudad temática, pero a veces es difícil reconocer algunos rincones de Palma”, explica Josep Maria Aguiló. Este veterano periodista se ha despedido del librero González llevándose bajo el brazo dos lecturas de cinéfilo –una sobre westerns, otra sobre Grace Kelly– y con la misma sensación que el poeta Josep Vidal –que ha optado por el pensamiento filosófico en su última compra: Azúa, Sartre…–: de la ciudad que conocieron cuando eran más jóvenes ya no quedan ni las raspas.
–Son ciclos, pero siempre es una pena cuando cierra una librería –dice Vidal– porque en este bajo me imagino que si abre un negocio, será de otro tipo. Vengo de pasar doce días en París por un tema de unas traducciones que me han encargado y me ha gustado ver que allí, pese al turismo, las librerías siguen siendo un lugar de reunión. Literanta también lo ha sido. En febrero, sin ir más lejos, di un taller sobre Cortázar y la respuesta fue buena, pero es cierto que ya no era lo mismo que en otros tiempos. Entiendo la decisión de Sergio.
Son ciclos, pero siempre es una pena cuando cierra una librería –dice Vidal– porque en este bajo me imagino que si abre un negocio, será de otro tipo. Vengo de pasar doce días en París por un tema de unas traducciones que me han encargado y me ha gustado ver que allí, pese al turismo, las librerías siguen siendo un lugar de reunión. Literanta también lo ha sido
El librero se marcha a la universidad
A González le costó muy poco escribir el punto y final de Literanta, sin embargo. No sólo influía la deriva turística –de la ciudad y del barrio– o el haberse quedado sin socios al frente de un negocio que implica subir y bajar la persiana de lunes a sábado, realizar pedidos y hacer devoluciones, liquidar las ventas al distribuidor, organizar presentaciones, cursos, conversaciones, y, a ser posible, leer, leer mucho. El punto de no retorno para este autónomo fue una oferta de la Universitat de les Illes Balears. El oficio que aprendió en Literanta lo desarrolla ahora como asalariado en la librería del campus. “Si algún día le toca subir a la universidad, allí nos veremos”, le dice a una clienta que ha ido a despedirse acompañada de su hijo adolescente. Durante los últimos tres meses ha compaginado los dos trabajos. Hasta el fin de semana pasado: “Un estrés, pero ha valido la pena”.
Mientras liquida unas estanterías que vuelve a llenar en cuanto se vacían, el librero no esconde una sonrisa. Los lectores responden y bromea con ellos. A un par les recuerda que también se está deshaciendo del mobiliario y les anima a llevarse la mesa de billar que ocupa el centro de una sala interior decorada con retratos de escritores y un cartel que recoge las “nueve maneras de enseñar a los niños a odiar la lectura” que dictó el pedagogo italiano Gianni Rodari: 1. Presentar El libro como una alternativa a la televisión 2. Presentar al libro como una alternativa a los cómics, (...), 9. Obligarlos a leer.
–Si una tarde cualquiera entre semana fuera normal tanto movimiento, ¿no cerrarías, no?
–¡No, claro que no! Los cruceristas y la masificación se habían convertido en una especie de muralla que hacía que a muchos palmesanos les resultara incómodo llegar hasta estas calles. Cuando anuncié, un martes, en las redes sociales de la librería que iba a cerrar, me esperaba que viniera gente, pero no tanta como la que está apareciendo…
–¿Echarás de menos esta librería?
–No. Es una historia que, como todo, tenía que terminar alguna vez.
Cuando anuncié, un martes, en las redes sociales de la librería que iba a cerrar, me esperaba que viniera gente, pero no tanta como la que está apareciendo…
Las librerías independientes, en riesgo
Mallorca tiene una red de librerías nada despreciable. El Gremi de Llibreters cuenta con treinta comercios asociados. Sólo en la ciudad hay una veintena. Pero el cierre de Literanta es un aviso a navegantes: los espacios independientes lo tienen complicado para sobrevivir. La Biblioteca de Babel –fundada por José Luis Martínez, uno de los impulsores originales de Literanta– o Quart Creixent son las librerías que resisten en el cogollo de Palma para quien no quiere recurrir a El Corte Inglés o a FNAC.
2025 confirmó –paradoja– que el mercado libresco español –91.000 títulos, 3.037 millones de euros– publica más que nunca y factura a niveles de 2008, cuando estalló la penúltima burbuja inmobiliaria. La especulación actual eleva los alquileres de locales en el centro histórico de Palma por encima de los 2.000 euros al mes. Una cantidad difícil de asumir en un sector donde los precios de venta están tasados. Un factor que debería favorecer a los pequeños libreros frente a los gigantes de internet, pero que también estrecha los márgenes. Al salir de Literanta con su compra final –el evangelio apócrifo que relata la infancia de Jesús de Nazaret–, Jaime Vázquez resume así el contexto:
–Lo digital nos absorbe y la inteligencia artificial, me temo, acabará con negocios como este.
Hasta que se cumplan los temores de este profesor de Periodismo que enseña en el Centro de Enseñanza Superior Alberta Giménez (CESAG) quedará la memoria. Que es viajera. Elena y Samantha llevarán el recuerdo de Literanta a Concord, New Hampshire, y a Moncton, New Brunswick, el este de Estados Unidos y Canadá. Son filólogas, han venido a Palma para asistir a unas conferencias sobre Estudios Hispánicos y, de rebote, han conocido la librería el día que cierra.
Las turistas también compran libros
Samantha, que es canadiense, buscaba las ediciones en castellano de las dos novelas más famosas de Carme Riera, Te deix, amor, la mar com a penyora y Dins el darrer blau, pero no ha tenido suerte. Aunque no se lleve nada, el espacio le ha encantado porque le recuerda a las “pequeñas librerías que el BookTok de algunos influencers están poniendo de moda en ciudades pequeñas” de su país: “En Montreal o Toronto casi no quedan este tipo de negocios”. “Tampoco en Boston, que está a hora y media de donde vivo”, responde Elena saltando del castellano al valenciano. “Pero, mira, yo soy de Santa Pola y para comprar un libro de literatura erótica de los años veinte, que es lo que me interesa [ríe] te tienes que ir a Alacant… o pedirlo por internet”.
Y, entonces, Teresa, que también es santapolera y filóloga, sale de la librería con una bolsa de papel marrón a reventar. Sus amigas le exigen un unboxing mientras ella exclama: “¡Las turistas también compramos libros!”. Un novelón de Laura Gallego para su hija de once años; unos ensayos de María Zambrano, un diccionario de lugares comunes de Flaubert. Y las memorias de Virginia Woolf, un imprescindible que buscaba hace tiempo. Cuando Teresa lo sacó de la estantería de Literanta, la novelista que hace casi cien años reclamó una habitación para que las mujeres pudieran narrar el mundo con mirada propia la observaba –los ojos escépticos, la palma de la mano izquierda apoyada en la mejilla– desde una fotografía en blanco y negro.