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La historia detrás del linchamiento que acabó con la vida del ‘rey de los delfines’

Laura Jurado

Mallorca —

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El 4 de febrero de 2015, la vida de José Luis Barbero dio un vuelco. Llevaba apenas una semana en Atlanta como flamante nuevo vicepresidente del Georgia Aquarium cuando en Mallorca –donde había debutado y trabajado durante más de una década como adiestrador de delfines de Marineland– se lanzó a las redes un vídeo que le ponía en el ojo del huracán. Poco más de 90 segundos de metraje borroso que señalaban el presunto maltrato verbal y físico que ejercía sobre los cetáceos durante los entrenamientos en el acuario. Un mes después, la Guardia Civil encontraba su cadáver en el interior de su vehículo en la cuarta planta del aparcamiento del aeropuerto de Palma. Se había suicidado.

La historia que transcurrió en esos treinta y pocos días –como la de todos los años anteriores– siempre resultó muy confusa. Dos días después de su muerte, el cineasta ibicenco Luis Ansorena llamó a la puerta del parque acuático mallorquín. También a la de los entrenadores, veterinarios y expertos que habían estado vinculados no sólo a Marineland y al caso, sino a la propia historia de José Luis Barbero. Pocos querían hablar. “Su suicidio supuso que todo el mundo quisiera pasar página, porque nadie había ganado, nadie esperaba ese final”, recuerda.

Siete años después, Ansorena –junto al mallorquín Ernest Riera- ha conseguido diseccionar en ‘¿Qué le pasó al rey de los delfines?’ la forma y el fondo de aquella “tragedia”. Un caso que sacudió medio mundo y que protagonizó una de las primeras campañas de linchamiento y acoso en redes sociales que se conocieron en España. Movimiento que desembocó en lo que hoy conocemos como política de cancelación. Desde Marineland han rehusado pronunciarse sobre este asunto durante el rodaje del documental como tampoco han permitido rodar en sus instalaciones.

El documental –producción original de Netflix y que tuvo su estreno mundial en el prestigioso festival IDFA el pasado mes de noviembre– reconstruye a ritmo de thriller la vida y la trayectoria de Barbero antes de que estallara la polémica. La biografía de un hombre que comenzó en los 80 como camarero del novedoso parque acuático de Marineland en Mallorca y que, cuatro décadas después, era conocido como 'el rey de los delfines' por su currículum como adiestrador de estos cetáceos. Una carrera con la en 1992 llegó a ganar el premio al Mejor Entrenador que otorgaba la Asociación Internacional de Entrenadores de Mamíferos Marinos (IMATA).

Aquel fatídico febrero de 2015, Barbero acababa de cumplir “un sueño”: firmar como vicepresidente de uno de los acuarios mejor considerados de todo el mundo. Para muchos, no fue casual que fuera precisamente entonces cuando el vídeo saliese a la luz. Millones de usuarios compartieron aquellas imágenes en las que presuntamente se veía a un entrenador golpeando a los delfines y saltando sobre ellos como castigo en el acuario de Marineland. “Vaga, que eres una vaga”, “te voy a dar un cubazo en la cabeza”, “¿eres tonta o te lo haces?”, se escuchaba en el audio que las acompañaba.

La organización Sos Delfines que difundió el vídeo no sólo exigió responsabilidades a Barbero como director técnico del centro –el mismo que parecía protagonizar buena parte del metraje–, sino que en algunas de sus comparecencias públicas llegó a pedir al Georgia Aquarium que rescindiera su contrato.

Una situación conocida y un único señalado

Barbero defendió que el vídeo estaba manipulado porque, como reconocería la propia asociación, el audio no se correspondía con las imágenes. Llegó a decir que ni siquiera estaba seguro de ser él quien aparecía en ellas. Pero ya era demasiado tarde. Las redes se llenaron no sólo de comentarios de odio, sino de amenazas de muerte que alcanzaron también a otros trabajadores del parque incluso a través de whatsapp. Algunos de ellos, como muestra el documental, dejaron su trabajo.

“En Marineland se hicieron los sorprendidos cuando salió el vídeo y dejaron que José Luis se defendiera solo. La realidad es que él no era responsable de todos los males de la cautividad, había un sistema por encima de él, pero un sistema al que le venía muy bien que todos los males acabaran en José Luis”, aseguran los directores.

Testimonios inéditos, documentos y grabaciones intentan probar que, como sostienen Luis y Ernest, el acuario “conocía” la situación, entre otras cosas, por la detallada carta que una empleada había hecho llegar a la dirección tiempo atrás. Carta que motivó su despido, un juicio y su posterior reincorporación. ‘¿Qué le pasó al rey de los Delfines?' revela cómo, en paralelo, aquella exempleada inició una serie de grabaciones de las cámaras de seguridad del centro, además de otras tantas realizadas desde una vivienda vecina con la ayuda de algunos activistas.

La historia de intereses personales y empresariales iba mucho más allá de lo que los medios pudieron contar en aquellos días, pero el foco siempre estuvo sólo sobre Barbero. Un mes después de la divulgación del vídeo, Barbero desapareció de su casa sin que nadie consiguiera localizarle. El 7 de marzo de 2015, la Guardia Civil encontró su cuerpo después de que se hubiera suicidado.

“Es una historia muy compleja. No se trataba de hacer un juicio moral a nadie ni de dar nuestra opinión, sino de intentar explicar todo lo que había sucedido a través de una larga investigación periodística”, argumentan los cineastas. Para Luis y Ernest, la muerte de Barbero fue la consecuencia inimaginable de “una serie de fallos en cadena” que comenzaron, al menos, cuando el adiestrador regresó a Marineland en 2013 –después de trabajar en diversos acuarios– con la misión de recuperar el antiguo espectáculo de delfines que había hecho célebre al centro. “Él, al principio, se negó porque sabía los sacrificios y el tipo de entrenamientos que eso suponía”, añaden.

La búsqueda de mayor rentabilidad se sumó a lo que algunos entrenadores denominaron “la vieja escuela” hasta componer un cóctel funesto. “No bastaban los 99 segundos de aquel vídeo para conocer quién era 'el rey de los delfines'”, subrayan. Era apenas una pieza del puzle que ambos cineastas completan con imágenes exclusivas que descubren dos años de grabaciones con más de 40 días de ese tipo de prácticas con los delfines, y que disparan las preguntas mucho más allá de un nombre y unos apellidos concretos. “Se atacaba a un hombre y no al sistema, y queríamos que quedara claro que el sistema lo sabía. Nos gustaría que el documental sirviera también para replantear la continuidad de esta cautividad”, afirman. El caso Barbero se cerró sin culpables oficiales ni consecuencias policiales o judiciales para ninguno de los implicados.

El negocio de la cautividad

Desde que Marineland abriera sus puertas en 1970 como el primer parque de estas características en España, el número de delfinarios no ha dejado de crecer. Según Sos Delfines, sólo en nuestro país existen once (cuatro en Canarias, dos en la Comunitat Valenciana, dos en Catalunya, uno en Madrid y uno en Andalucía, además del de Mallorca) en los que viven en cautividad cerca de un centenar de delfines. “Todos han surgido como un producto de la oferta complementaria para el turismo de masas”, asegura Ernest.

El caso de Mallorca es un ejemplo paradigmático. Por sus instalaciones pasan cada año más de 200.000 visitantes de todo el mundo. La propia Familia Real ha asistido en diversas ocasiones a sus espectáculos durante los veranos que pasan en la isla. Sin embargo, la caída del número de turistas en invierno hace que el parque cierre durante varios meses. Una situación por la que la oferta de actividades que protagonizan los animales se ha ido ampliando cada vez más: a los tradicionales shows se han sumado “experiencias” que incluyen encuentros con delfines, charlas educativas e inmersiones en las que no sólo se podrá bucear junto a ellos sino también “acariciar, besar e incluso abrazar” a estos animales.

Para Luis y Ernest en Mallorca “no ha existido nunca una visión crítica de Marineland”. De hecho, los directores sostienen que aunque su continuidad es “cada vez más insostenible y difícil de entender”, su cierre “sigue sin estar en la agenda política”. “Cuando rodamos Overbooking [documental sobre la saturación turística en la isla del que ambos fueron guionistas] nos dijeron que el modelo del turismo de masas deja muchos perdedores, y los delfines son uno de los perdedores de ese turismo”, subraya Luis.

A nivel mundial, los datos hablan de unos 3.000 cetáceos mantenidos en cautividad en los 58 países que cuentan con algún tipo de parque acuático. Animales que no sólo soportan los duros entrenamientos para los espectáculos sino lo que los directores retratan en el documental como un “terrible día a día”: falta de personal cualificado, problemas de salud, accidentes como el atragantamiento con las pelotas que los delfines manejan en los shows o los terribles traslados intercontinentales, como el que se produjo a finales de los 90 desde Cuba a Canarias.

Mientras países como Finlandia, Reino Unido o Italia han ido cerrando parte o la totalidad de estos acuarios, España se ha convertido en el país de la Unión Europea con mayor número de delfinarios y de cetáceos en cautividad, según datos de Sos Delfines. “Es curioso porque muchos de los visitantes de los parques españoles son turistas que en su país no se plantearían visitar un acuario o que provienen de lugares en los que ni siquiera existen porque se han prohibido o cerrado, pero aquí sí acuden. Es una muestra más del turismo del todo vale que impera aquí”, sentencia Luis.

El 4 de febrero de 2015, la vida de José Luis Barbero dio un vuelco. Llevaba apenas una semana en Atlanta como flamante nuevo vicepresidente del Georgia Aquarium cuando en Mallorca –donde había debutado y trabajado durante más de una década como adiestrador de delfines de Marineland– se lanzó a las redes un vídeo que le ponía en el ojo del huracán. Poco más de 90 segundos de metraje borroso que señalaban el presunto maltrato verbal y físico que ejercía sobre los cetáceos durante los entrenamientos en el acuario. Un mes después, la Guardia Civil encontraba su cadáver en el interior de su vehículo en la cuarta planta del aparcamiento del aeropuerto de Palma. Se había suicidado.

La historia que transcurrió en esos treinta y pocos días –como la de todos los años anteriores– siempre resultó muy confusa. Dos días después de su muerte, el cineasta ibicenco Luis Ansorena llamó a la puerta del parque acuático mallorquín. También a la de los entrenadores, veterinarios y expertos que habían estado vinculados no sólo a Marineland y al caso, sino a la propia historia de José Luis Barbero. Pocos querían hablar. “Su suicidio supuso que todo el mundo quisiera pasar página, porque nadie había ganado, nadie esperaba ese final”, recuerda.

Siete años después, Ansorena –junto al mallorquín Ernest Riera- ha conseguido diseccionar en ‘¿Qué le pasó al rey de los delfines?’ la forma y el fondo de aquella “tragedia”. Un caso que sacudió medio mundo y que protagonizó una de las primeras campañas de linchamiento y acoso en redes sociales que se conocieron en España. Movimiento que desembocó en lo que hoy conocemos como política de cancelación. Desde Marineland han rehusado pronunciarse sobre este asunto durante el rodaje del documental como tampoco han permitido rodar en sus instalaciones.

El documental –producción original de Netflix y que tuvo su estreno mundial en el prestigioso festival IDFA el pasado mes de noviembre– reconstruye a ritmo de thriller la vida y la trayectoria de Barbero antes de que estallara la polémica. La biografía de un hombre que comenzó en los 80 como camarero del novedoso parque acuático de Marineland en Mallorca y que, cuatro décadas después, era conocido como 'el rey de los delfines' por su currículum como adiestrador de estos cetáceos. Una carrera con la en 1992 llegó a ganar el premio al Mejor Entrenador que otorgaba la Asociación Internacional de Entrenadores de Mamíferos Marinos (IMATA).

Aquel fatídico febrero de 2015, Barbero acababa de cumplir “un sueño”: firmar como vicepresidente de uno de los acuarios mejor considerados de todo el mundo. Para muchos, no fue casual que fuera precisamente entonces cuando el vídeo saliese a la luz. Millones de usuarios compartieron aquellas imágenes en las que presuntamente se veía a un entrenador golpeando a los delfines y saltando sobre ellos como castigo en el acuario de Marineland. “Vaga, que eres una vaga”, “te voy a dar un cubazo en la cabeza”, “¿eres tonta o te lo haces?”, se escuchaba en el audio que las acompañaba.

La organización Sos Delfines que difundió el vídeo no sólo exigió responsabilidades a Barbero como director técnico del centro –el mismo que parecía protagonizar buena parte del metraje–, sino que en algunas de sus comparecencias públicas llegó a pedir al Georgia Aquarium que rescindiera su contrato.

Una situación conocida y un único señalado

Barbero defendió que el vídeo estaba manipulado porque, como reconocería la propia asociación, el audio no se correspondía con las imágenes. Llegó a decir que ni siquiera estaba seguro de ser él quien aparecía en ellas. Pero ya era demasiado tarde. Las redes se llenaron no sólo de comentarios de odio, sino de amenazas de muerte que alcanzaron también a otros trabajadores del parque incluso a través de whatsapp. Algunos de ellos, como muestra el documental, dejaron su trabajo.

“En Marineland se hicieron los sorprendidos cuando salió el vídeo y dejaron que José Luis se defendiera solo. La realidad es que él no era responsable de todos los males de la cautividad, había un sistema por encima de él, pero un sistema al que le venía muy bien que todos los males acabaran en José Luis”, aseguran los directores.

Testimonios inéditos, documentos y grabaciones intentan probar que, como sostienen Luis y Ernest, el acuario “conocía” la situación, entre otras cosas, por la detallada carta que una empleada había hecho llegar a la dirección tiempo atrás. Carta que motivó su despido, un juicio y su posterior reincorporación. ‘¿Qué le pasó al rey de los Delfines?' revela cómo, en paralelo, aquella exempleada inició una serie de grabaciones de las cámaras de seguridad del centro, además de otras tantas realizadas desde una vivienda vecina con la ayuda de algunos activistas.

La historia de intereses personales y empresariales iba mucho más allá de lo que los medios pudieron contar en aquellos días, pero el foco siempre estuvo sólo sobre Barbero. Un mes después de la divulgación del vídeo, Barbero desapareció de su casa sin que nadie consiguiera localizarle. El 7 de marzo de 2015, la Guardia Civil encontró su cuerpo después de que se hubiera suicidado.

“Es una historia muy compleja. No se trataba de hacer un juicio moral a nadie ni de dar nuestra opinión, sino de intentar explicar todo lo que había sucedido a través de una larga investigación periodística”, argumentan los cineastas. Para Luis y Ernest, la muerte de Barbero fue la consecuencia inimaginable de “una serie de fallos en cadena” que comenzaron, al menos, cuando el adiestrador regresó a Marineland en 2013 –después de trabajar en diversos acuarios– con la misión de recuperar el antiguo espectáculo de delfines que había hecho célebre al centro. “Él, al principio, se negó porque sabía los sacrificios y el tipo de entrenamientos que eso suponía”, añaden.

La búsqueda de mayor rentabilidad se sumó a lo que algunos entrenadores denominaron “la vieja escuela” hasta componer un cóctel funesto. “No bastaban los 99 segundos de aquel vídeo para conocer quién era 'el rey de los delfines'”, subrayan. Era apenas una pieza del puzle que ambos cineastas completan con imágenes exclusivas que descubren dos años de grabaciones con más de 40 días de ese tipo de prácticas con los delfines, y que disparan las preguntas mucho más allá de un nombre y unos apellidos concretos. “Se atacaba a un hombre y no al sistema, y queríamos que quedara claro que el sistema lo sabía. Nos gustaría que el documental sirviera también para replantear la continuidad de esta cautividad”, afirman. El caso Barbero se cerró sin culpables oficiales ni consecuencias policiales o judiciales para ninguno de los implicados.

El negocio de la cautividad

Desde que Marineland abriera sus puertas en 1970 como el primer parque de estas características en España, el número de delfinarios no ha dejado de crecer. Según Sos Delfines, sólo en nuestro país existen once (cuatro en Canarias, dos en la Comunitat Valenciana, dos en Catalunya, uno en Madrid y uno en Andalucía, además del de Mallorca) en los que viven en cautividad cerca de un centenar de delfines. “Todos han surgido como un producto de la oferta complementaria para el turismo de masas”, asegura Ernest.

El caso de Mallorca es un ejemplo paradigmático. Por sus instalaciones pasan cada año más de 200.000 visitantes de todo el mundo. La propia Familia Real ha asistido en diversas ocasiones a sus espectáculos durante los veranos que pasan en la isla. Sin embargo, la caída del número de turistas en invierno hace que el parque cierre durante varios meses. Una situación por la que la oferta de actividades que protagonizan los animales se ha ido ampliando cada vez más: a los tradicionales shows se han sumado “experiencias” que incluyen encuentros con delfines, charlas educativas e inmersiones en las que no sólo se podrá bucear junto a ellos sino también “acariciar, besar e incluso abrazar” a estos animales.

Para Luis y Ernest en Mallorca “no ha existido nunca una visión crítica de Marineland”. De hecho, los directores sostienen que aunque su continuidad es “cada vez más insostenible y difícil de entender”, su cierre “sigue sin estar en la agenda política”. “Cuando rodamos Overbooking [documental sobre la saturación turística en la isla del que ambos fueron guionistas] nos dijeron que el modelo del turismo de masas deja muchos perdedores, y los delfines son uno de los perdedores de ese turismo”, subraya Luis.

A nivel mundial, los datos hablan de unos 3.000 cetáceos mantenidos en cautividad en los 58 países que cuentan con algún tipo de parque acuático. Animales que no sólo soportan los duros entrenamientos para los espectáculos sino lo que los directores retratan en el documental como un “terrible día a día”: falta de personal cualificado, problemas de salud, accidentes como el atragantamiento con las pelotas que los delfines manejan en los shows o los terribles traslados intercontinentales, como el que se produjo a finales de los 90 desde Cuba a Canarias.

Mientras países como Finlandia, Reino Unido o Italia han ido cerrando parte o la totalidad de estos acuarios, España se ha convertido en el país de la Unión Europea con mayor número de delfinarios y de cetáceos en cautividad, según datos de Sos Delfines. “Es curioso porque muchos de los visitantes de los parques españoles son turistas que en su país no se plantearían visitar un acuario o que provienen de lugares en los que ni siquiera existen porque se han prohibido o cerrado, pero aquí sí acuden. Es una muestra más del turismo del todo vale que impera aquí”, sentencia Luis.

El 4 de febrero de 2015, la vida de José Luis Barbero dio un vuelco. Llevaba apenas una semana en Atlanta como flamante nuevo vicepresidente del Georgia Aquarium cuando en Mallorca –donde había debutado y trabajado durante más de una década como adiestrador de delfines de Marineland– se lanzó a las redes un vídeo que le ponía en el ojo del huracán. Poco más de 90 segundos de metraje borroso que señalaban el presunto maltrato verbal y físico que ejercía sobre los cetáceos durante los entrenamientos en el acuario. Un mes después, la Guardia Civil encontraba su cadáver en el interior de su vehículo en la cuarta planta del aparcamiento del aeropuerto de Palma. Se había suicidado.

La historia que transcurrió en esos treinta y pocos días –como la de todos los años anteriores– siempre resultó muy confusa. Dos días después de su muerte, el cineasta ibicenco Luis Ansorena llamó a la puerta del parque acuático mallorquín. También a la de los entrenadores, veterinarios y expertos que habían estado vinculados no sólo a Marineland y al caso, sino a la propia historia de José Luis Barbero. Pocos querían hablar. “Su suicidio supuso que todo el mundo quisiera pasar página, porque nadie había ganado, nadie esperaba ese final”, recuerda.