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Entrevista

Jarkko Saarinen, el geógrafo finlandés que pide una “regulación firme” del turismo de masas

Jarkko Saarinen es catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Oulu (Finlandia).

Alejandro Alcolea

Mallorca —
24 de octubre de 2026 06:02 h

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El turismo vende paisajes, cultura y formas de vida que no le pertenecen. Para Jarkko Saarinen, catedrático de Geografía Humana en la Universidad de Oulu (Finlandia), esta paradoja está en el centro de muchos de los conflictos que atraviesan hoy los destinos turísticos: una actividad económica que depende de los recursos naturales, culturales y sociales de un territorio, pero cuyos beneficios no siempre llegan a las comunidades que lo sostienen. Especialista en turismo sostenible, cambio climático y relaciones entre visitantes y población local, Saarinen ha estudiado estas dinámicas en escenarios tan distintos como la Laponia finlandesa y el sur de África, y ha colaborado con responsables políticos en cuestiones como la adaptación climática, la estacionalidad y la evolución de los destinos turísticos.

Sus investigaciones invitan a mirar más allá de las cifras de visitantes y los ingresos que genera el sector para preguntarse quién gana con el turismo, quién asume sus costes y qué capacidad tienen los residentes para decidir sobre la transformación de su entorno. Una cuestión especialmente relevante en los mayores destinos turísticos españoles, como Balears, donde la apuesta por atraer visitantes de mayor poder adquisitivo convive con una creciente dificultad para acceder a la vivienda y con el debate sobre los límites de la actividad turística. Este fin de semana, Saarinen participa en el Observatori COSTA, en Mallorca, para abordar los futuros del turismo de masas y reflexionar sobre los modelos de gobernanza que pueden hacer compatible la actividad turística con las necesidades de las comunidades locales.

¿Estamos asistiendo a una nueva fase en la que los destinos concebidos para el turismo de masas se convierten en espacios reservados a quienes tienen mayor poder adquisitivo?

La gran historia de éxito del turismo es que comenzó siendo una actividad exclusiva, con el llamado Grand Tour, cuando los aristócratas británicos viajaban a Italia y España. Después llegaron las guerras napoleónicas y la máquina de vapor, que abarató los desplazamientos y permitió democratizar los viajes. En las décadas de 1960, 1970 y, especialmente, 1980, la gente empezó a viajar de forma generalizada. En Finlandia, ir a Mallorca o Tenerife era algo extraordinario; hoy viaja gente corriente y las vacaciones se han normalizado. Pero nos estamos encaminando en otra dirección. 

Creo que el cambio climático será un factor clave. Las transformaciones geopolíticas y el encarecimiento de los vuelos también influirán. Viajar nunca había sido tan barato en términos históricos, pero algunos desplazamientos ya cuestan mucho más que hace una década y los salarios no han aumentado al mismo ritmo. Eso limitará los viajes de las clases media y media-baja.

Viajar nunca había sido tan barato en términos históricos, pero algunos desplazamientos ya cuestan mucho más que hace una década y los salarios no han aumentado al mismo ritmo. Eso limitará los viajes de las clases media y media-baja

¿Podría llegar un momento en que la gente corriente no pueda irse de vacaciones?

Es un proceso gradual. Los viajes de corta distancia seguirán siendo posibles, pero los de larga distancia plantearán más problemas, especialmente para los destinos del Sur Global. España seguirá siendo accesible, aunque quizá no tanto como ahora. Muchos destinos españoles dependen también de los propietarios de segundas residencias. ¿Podrán seguir invirtiendo en una vivienda en España quienes viajan desde Reino Unido o Alemania si no pueden permitirse desplazarse hasta allí con tanta frecuencia? Esto puede modificar la estructura turística en un futuro relativamente próximo. Dentro de una década, las cosas podrían ser bastante diferentes.

Balears batió el récord de 19 millones de turistas en 2025, mientras los precios de la vivienda siguen aumentando.

En sus investigaciones plantea la importancia de una gobernanza turística orientada a la sostenibilidad. ¿En qué consiste?

El turismo es un negocio extraño: nos vende algo que no posee. Comercializa la cultura local, la gastronomía, los paisajes, la forma de vida y los espacios protegidos, pero no es propietario de ellos. Por eso insistimos en la sostenibilidad: el turismo debe devolver algo a las comunidades. Los visitantes tendrán que contribuir cada vez más a los destinos que disfrutan. Las políticas públicas son fundamentales porque establecen el marco en el que se desarrolla la actividad y determinan cómo se distribuyen sus beneficios.

He estudiado estas cuestiones tanto en la Laponia finlandesa como en Botsuana. Allí querían desarrollar el turismo para diversificar una economía dependiente de los diamantes. Observaron la masificación de los safaris en Kenia y optaron por un modelo de bajo volumen: menos visitantes que pagaran más. Es una estrategia que recuerda al paso del turismo de masas al turismo de calidad que se plantea en Mallorca. 

Pero hay un problema: para ofrecer un producto turístico de alta calidad, a menudo es necesario importar capital, conocimientos y personal. Esto genera fugas económicas, porque el dinero termina regresando al lugar del que procede la inversión. En Botsuana, esas fugas superan el 70%. El producto puede ser excelente, pero la economía local apenas se beneficia. El mismo principio puede aplicarse a Europa. Por eso, la cuestión no es únicamente qué tipo de turismo queremos, sino quién obtiene sus beneficios.

Pero hay un problema: para ofrecer un producto turístico de alta calidad, a menudo es necesario importar capital, conocimientos y personal. Esto genera fugas económicas. En Botsuana, esas fugas superan el 70%. El producto puede ser excelente, pero la economía local apenas se beneficia

¿Cree que las protestas en las calles de distintas ciudades europeas tienen que ver con esta problemática, con el acceso a la vivienda y el encarecimiento de la vida? En España, el caso de Maricarmen, una mujer mayor desahuciada de su casa por un fondo de inversión, se convirtió en un símbolo de esta situación.

Conozco bastante bien el caso de Maricarmen. Estamos ante un proceso de gentrificación. El coste de la vida aumenta y las clases media y media-baja se ven obligadas a desplazarse a zonas más alejadas, donde también deben asumir mayores gastos de transporte. El turismo no es la única causa de estos problemas, ni culparía a los turistas como tales. Pero en las ciudades afectadas por el sobreturismo, la presión sobre la vivienda agrava la situación.

Tradicionalmente, distinguíamos entre los espacios destinados a los visitantes y aquellos donde los residentes desarrollaban su vida cotidiana. El autor Dean MacCannell planteó en los años setenta una distinción entre el escenario turístico y el trasfondo de la vida local. Mientras ambos espacios permanecían separados, los habitantes podían continuar con sus actividades. La economía de plataformas ha cambiado esta situación: ha llevado a los turistas a zonas residenciales y ha generado problemas de ruido, encarecimiento de la vivienda y desplazamiento de los vecinos. Cuando estas presiones coinciden con una crisis general de acceso a la vivienda, se acumulan y se retroalimentan. No atribuiría las protestas exclusivamente al turismo, pero sí creo que este agrava los problemas existentes.

“La cuestión no es únicamente qué tipo de turismo queremos, sino quién obtiene sus beneficios”, expresa el catedrático.

Balears está apostando por la cultura como una herramienta turística. Lo dijo, hace pocos meses, la Comisión Europea en un informe para el proceso de selección de la Capital Europea de la Cultura 2031. Desde hace algunos años, las instituciones promueven ferias de arte, grandes exposiciones y acontecimientos culturales como parte de una estrategia para atraer un turismo de mayor calidad. ¿Puede la cultura transformar el modelo turístico o corre el riesgo de convertirse en otra herramienta de exclusividad? 

Ese peligro existe, especialmente cuando la cultura se utiliza para atraer más visitantes y hacer crecer el turismo. El objetivo original del desarrollo sostenible no era mantener el turismo y conseguir que creciera indefinidamente, sino preservar las comunidades locales, el medioambiente, su bienestar y su cultura. Sin embargo, el concepto de sostenibilidad turística ha sido secuestrado, en cierto modo. Ahora parece que el objetivo es mantener el turismo y seguir haciéndolo crecer. La cultura se ha convertido en una herramienta al servicio del turismo, cuando debería ocurrir lo contrario: el turismo tendría que estar al servicio de la cultura y de la comunidad local y no al revés.

En Oulu, donde vivo, somos Capital Europea de la Cultura en 2026. Se ha apostado por iniciativas que surgen desde abajo, con miles de acontecimientos de menor escala, en lugar de concentrar los recursos en grandes infraestructuras o eventos elitistas. Un estudio realizado en Australia concluyó que numerosas iniciativas culturales pequeñas pueden beneficiar más a la economía local que unos pocos grandes acontecimientos. Las primeras generan un flujo constante de personas y favorecen las relaciones entre visitantes y residentes. Los macroeventos, en cambio, atraen público de fuera y requieren infraestructuras cuyo futuro hay que resolver una vez terminados.

Concentración del pasado 9 de abril durante la inauguración de la feria de arte Art Cologne Palma

Balears batió el récord de 19 millones de turistas en 2025, mientras los precios de la vivienda siguen aumentando. ¿Puede considerarse exitoso un modelo que incrementa los visitantes y los ingresos mientras parte de la población tiene cada vez más dificultades para acceder a una vivienda?

Puede ser un buen negocio durante un tiempo. Pero los inversores que vienen de fuera pueden invertir, obtener beneficios y marcharse después a otro lugar. En los estudios turísticos hablamos del ciclo de evolución de los destinos: primero crecen, después llegan la consolidación y el estancamiento. A partir de ahí, pueden renovarse e iniciar otra etapa de crecimiento o entrar en declive.

Los inversores que vienen de fuera pueden invertir, obtener beneficios y marcharse después a otro lugar. En los estudios turísticos hablamos del ciclo de evolución de los destinos: primero crecen, después llegan la consolidación y el estancamiento

Torremolinos es un ejemplo. Tras sufrir un deterioro relacionado, entre otras cosas, con el exceso de desarrollo urbanístico, necesitó mejorar las condiciones sanitarias y medioambientales y sus sistemas de saneamiento para recuperar su atractivo. Mallorca debería adoptar una perspectiva más proactiva y preguntarse qué dirección quiere seguir. También debería plantearse si un modelo de gobernanza que permite el sobreturismo beneficia realmente al destino. Nada puede crecer para siempre: tarde o temprano, el crecimiento encuentra sus límites.

Si pudiera recomendar una sola medida al Govern para reducir los efectos negativos del sobreturismo, ¿cuál sería?

En muy pocos lugares el sobreturismo se debe principalmente al alojamiento reglado, es decir, a los hoteles. El problema está en los alquileres de corta duración, que son ante todo un negocio inmobiliario. Forman parte del urbanismo, del desarrollo urbano y de la gobernanza de las ciudades. Por eso, deberían establecerse límites. La capacidad de alojamiento sin regular ha generado problemas en Barcelona, Ámsterdam, Londres y París. En ciudades como Ámsterdam y París, las regulaciones han contribuido a reducirlos, aunque no los hayan resuelto por completo. También hace falta regular estrictamente los cruceros, estableciendo cuántos barcos pueden llegar al mismo tiempo.

Una regulación firme y sostenida a largo plazo puede beneficiar al destino, a las comunidades y también a las empresas, al contribuir a un turismo más sostenible. Hay una última cuestión fundamental: el turismo depende no solo del atractivo de la naturaleza y la cultura, sino también de la aceptación social; es decir, de que la población local considere legítima la actividad turística y esté de acuerdo con ella. Si los residentes se muestran hostiles, eso acaba repercutiendo en la experiencia de los visitantes. Estos se preguntarán si son bienvenidos y, si sienten que no lo son, pueden marcharse a otro lugar. Por eso, la comunidad local es un actor fundamental y debe ser tomada en serio. Aunque el turismo sea un negocio privado, vende algo que no le pertenece: algo que pertenece a la comunidad. Por esa razón, debe devolverle algo a cambio.

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