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Modou, el migrante sin papeles que duerme en la playa y que apagó él solo un incendio en unos pisos de Ibiza

Era 2015 cuando Modou Ndiaye, de 40 años, partió de Senegal hacia España por primera vez. Lo hizo en un pesquero que llevaba 160 personas a bordo: ninguna de ellas murió. Un extremo que tiene la necesidad de especificar cuando habla con elDiario.es tras convertirse en un héroe local. La semana pasada apagó, prácticamente él solo, las llamas que empezaban a devorar un bloque de viviendas de la zona turística de Cala de Bou (Eivissa).

En ese momento se dedicaba a la pesca artesanal -principal economía costera y sustento de la seguridad alimentaria del país africano-, que desde hace años sufre una profunda grave crisis por el aumento de la pesca industrial extranjera y la actividad ilegal. Desde el litoral senegalés llegó, en cayuco, al archipiélago canario, a la isla de Tenerife, pero la acogida española duró poco: las autoridades, al comprobar su situación irregular, lo devolvieron a territorio senegalés. Modou, allí, tiene un hijo y al resto de su familia, aunque ninguna “oportunidad”.

Tras el intento fallido de alcanzar Europa se arrancó a estudiar mecánica buscando alternativas. “Estuve unos años y, cuando me saqué el permiso de conducir, empecé a trabajar en un camión, transportando alimentos”, explica el migrante. En apenas una semana recorría alrededor de 800 kilómetros, no solo dentro de las fronteras de Senegal, sino también hasta Malí, Gambia o Guinea-Bisáu.

Luego volvía a su casa, a su vecindario, cerca de la ciudad de Touba, donde a principios de agosto siete personas murieron y 136 resultaron heridas en 68 accidentes de tráficos distintos durante la multitudinaria peregrinación religiosa del Gran Magal, una de las más populares del mundo de la orden sufí del Islam.

Relata su historia junto a su hermano Alí, justo al lado del edificio de la calle Guipúzcoa cuyos cimientos hubieran ardido de no haber sido por la inmediatez con la que reaccionó Modou. Alí, ocho años mayor que su hermano, habla con admiración de su actuación. Primero vio el humo y luego las llamas desde la playa donde de noche duerme y de día se dedica a la venta ambulante.

Le faltó tiempo para correr hasta llegar a las viviendas y al ver que un par de vecinos que se habían hecho con dos extintores no conseguían apagar el fuego, saltó la valla -sujeta a un muro de medio metro de altura- y buscó un tercero para ayudar a sofocarlo. Antes, alguien había exclamado “¡Fuego, fuego!”: se había originado en la barbacoa de una planta baja y se propagaba rápidamente por la fachada, aún teñida de negro una semana después.

Cuando Modou vio que con el extintor no era suficiente, decidió, en un reflejo “muy rápido” -en palabras de su hermano-, coger una manguera del jardín y meterse de lleno en la vivienda. Esa mañana soplaba un fuerte viento por una tormenta que se avecinaba, lo que hacía aún más complicado controlar las llamas, que se esparcieron con rapidez, según los testimonios de varios bañistas que vieron en primera persona lo que ocurría y recogidos por Nou Diari, que adelantó la noticia.

El incendio se originó en la barbacoa de una planta baja y se propagó por la fachada. A Modou le faltó tiempo para correr hasta llegar a las viviendas, saltar una valla, coger una manguera del jardín y meterse de lleno en una casa

Las llamas amenazaron con extenderse a la vivienda de al lado y también a los vehículos aparcados en hilera en la calle de enfrente, cerca del aparcamiento de la vecina playa Pinet. Apagó el fuego él solo, cuando ya habían ardido por completo una pérgola y un toldo y justo antes de que llegaran los bomberos de Eivissa, desplazados tras recibir el aviso desde el Parque Insular, ubicado en la carretera entre Sant Antoni y la ciudad de Eivissa.

Un total de seis efectivos llegaron con dos camiones cisterna, pero Modou ya había hecho parte del trabajo. Cuando le expresan esto se ríe y asiente. El cuerpo de emergencias terminó de sofocar el fuego por completo para asegurarse de que no se volvía a reavivar.

Apagó el fuego él solo, cuando ya habían ardido por completo una pérgola y un toldo y justo antes de que llegaran los bomberos

En busca de una segunda oportunidad

La segunda vez que Modou intentó llegar a España corría 2018. Entonces lo hizo de otra manera: llegó hasta Marruecos por vía terrestre, hasta Nador, en el Rif, muy cerca de Melilla. Desde allí patroneó una embarcación en la que llevaba a bordo a 85 personas, cuenta. Ni esta ni la anterior vez tuvo que pagar nada porque su trabajo de pescador le había proporcionado contactos.

En este segundo intento, cruzó el Mediterráneo en un trayecto de tres horas durante el que arriesgaba su futuro y el de todos los que viajaban con él: salió bien. Solo recuerda, vagamente, cómo llegaron a una isla pequeña de la que no recuerda el nombre y cómo, antes de llegar, a escasas millas, intervino un equipo de Salvamento Marítimo, que les rescató cerca del litoral. Ni entonces ni ahora ha tenido “nunca” problemas con la Policía o las autoridades, puntualiza. Lo hizo buscando una vida mejor, no lo dice verbalmente, pero hace porque se sobreentienda.

Llegó a España tras una embarcación con otras 85 personas que partió de Marruecos

Casi una semana tras el suceso, aún nota cómo le escuece el pecho cuando inhala. El otro día se acercó a la farmacia y le dieron un medicamento para conseguir paliar las consecuencias de la posible intoxicación por humo, aunque no sabe especificar cuál. Al entrar en el edificio, donde había personas dentro, y que habría ardido sin su intervención, no llevaba equipos de protección.

El SAMU 061 movilizó inmediatamente tras recibir el aviso una UVI móvil, dos unidades de soporte vital básico, un vehículo de intervención rápida y un vehículo de logística para atender a los afectados. De hecho, ocho personas resultaron afectadas en distintos grados por la inhalación de humo durante el incendio, como detallaron los servicios de emergencia.

Una de ellas tuvo que ser trasladada al Hospital Can Misses, mientras que las otras siete fueron atendidas y dadas de alta en el mismo lugar tras ser evaluadas por los servicios sanitarios. Entre ellas el propio Modou, que notó cómo después de meterse dentro de la propiedad en llamas tenía dificultades para respirar y acudió a la ambulancia.

Modou todavía siente que le escuece el pecho cuando inhala

En situación de regularización

La historia de Modou, que lleva ocho años en España y alrededor de uno en la isla, contrasta con la situación de precariedad en la que vive: duerme en la playa, se ducha con agua de mar y se gana la vida vendiendo gafas y ayudando de es Pinet.

El migrante explica que “es difícil” vivir así. Lleva, desde hace tres meses, en proceso de regularización de su situación en España. Es decir, casi desde el minuto inmediato en que el Gobierno formalizó el Real Decreto 316/2026, el pasado 14 de abril, mediante su publicación en el Boletín Oficial del Estado (BOE).

Modou ha solicitado la regularización extraordinaria del Gobierno. Mientras, duerme en la playa, se ducha con agua de mar y se gana la vida vendiendo gafas

El Real Decreto introduce dos nuevas vías dentro del Reglamento de Extranjería: una autorización para solicitantes de protección internacional (asilo) y un nuevo supuesto de arraigo extraordinario. Le frustra que la gestión esté estancada y no haber recibido novedades por parte de la Oficina de Extranjería.

Fuentes policiales no relacionadas con el suceso han explicado a elDiario.es que el gesto heroico de Modou es motivo de “valoración” por parte de los servicios de Extranjería. Para que se tenga en cuenta la información en el proceso de regulación, debe estar incluida en el atestado policial que realizó la Guardia Civil -que tiene la competencia de seguridad en el municipio de Sant Josep- y donde se recoge el desarrollo de los hechos.

En caso de que no esté incluida la información en el atestado, el abogado representante podría tomar declaración a cada uno de los vecinos que testificaron los hechos -o en caso de haber una asociación vecinal, de la asociación- para adjuntarla al expediente. La Delegación del Gobierno sería el organismo encargado de valorar y emitir la resolución final.

Los vecinos del bloque de viviendas de Cala de Bou han pedido conjuntamente que se facilite a Modou el trámite para que pueda trabajar regularmente en suelo español. De hecho, cuando su hazaña se publicó en la prensa generó una gran repercusión entre vecinos, turistas y testigos del suceso, que reclaman ahora que su gesto no se limite sólo a las ovaciones y se traduzca en ayuda burocrática real.

Los vecinos han pedido que se facilite a Modou el trámite para que pueda trabajar regularmente en suelo español

Modou lleva un año en Eivissa y ocho en otros lugares de España. Primero estuvo trabajando en Almería, donde llegó con la embarcación irregular que capitaneó. Luego se fue a Jaén, más tarde a Murcia y, entonces, llegó a esa isla de la que todavía desconoce el topónimo antes de empezar una vida en Eivissa, hace justo un año. Su hermano, quien hace doce que llegó a territorio español, ya tiene los papeles “arreglados” y pudo conseguir un contrato laboral: trabaja en el tobogán acuático que forma parte de la infancia de muchos niños ibicencos.

Lo que hizo [apagar el incendio en el bloque de Cala de Bou], Modou lo hizo de “corazón”, expresa. Aun así, no puede dejar de lamentar su condición de migrante en situación no regularizada y que lleva varios meses esperando sin ningún tipo de respuesta administrativa a pesar de la aprobación del Real Decreto.

Desea, en el fondo, que su actuación le pueda ayudar. Por lo menos, a que todo sea un poco más rápido y pueda trabajar “donde sea”. En la hostelería, por ejemplo. De momento, cuando termine la temporada, se marchará a Jaén, como hace cada año, donde trabaja la aceituna. Es, sin embargo, un puesto laboral inestable, en el que se trabaja solo cuando el patrón da horas.

“Suele ser una jornada de seis horas al día durante cinco o diez días a la semana, pero sin garantías. Es, además, un trabajo duro”, señala Modou. “Yo, si consigo los papeles, me quiero quedar aquí, en Eivissa”, dice con la cabeza ladeada, señalando a tierra.