Análisis
La agonía de los viejos gigantes y el nacimiento de pequeñas “islas”: ¿ha llegado el fin del sistema de partidos en Alemania?
“Desastre”. El reloj marcaba las 18:13. Minutos habían pasado del cierre de las mesas de votación y el canciller alemán Friedrich Merz salía a valorar lo sucedido en las elecciones de Berlín y de Mecklemburgo-Antepomerania. Fue en esta última región, ubicada en el noreste del país en los territorios de la antigua RDA, donde sucedió lo imposible: la Unión Demócrata Cristiana (CDU) no fue capaz de superar el 5% de los votos y con eso quedó fuera un parlamento regional por primera vez en la historia. El triunfo se lo volvía a quedar AfD, como dos semanas atrás había sucedido en Sajonia-Anhalt, otra región del este. Mientras tanto, en Berlín, su partido también era derrotado, en este caso por Die Linke. Con casi diez puntos menos que en 2023 y una distancia de casi siete puntos respecto a la izquierda, el partido del canciller debía conformarse con el segundo lugar.
¿Por qué Merz salió tan rápido a enfrentar a la prensa? Puede haber sido una jugada para imponer su propio encuadre de lo sucedido antes de que lo hicieran otros, o un intento de apagar, al menos por esa noche, una eventual revuelta interna. Ambas hipótesis apuntan a analizar cómo sigue este gobierno. Sin embargo, el impacto de fondo de estas elecciones pide una mirada más amplia que ponga en perspectiva el proceso que se viene configurando desde hace años y que hoy parece llegar a su punto de inflexión: el fin del sistema de partidos tal como lo conocíamos en Alemania. En su lugar, asoma algo que se parece más a un archipiélago, con islas de votantes que tienen demandas muy concretas y un partido para cada una.
El viejo sistema
Durante décadas la política alemana funcionaba según los movimientos de tres grandes siglas: CDU, SPD y FDP. Tanto la CDU como el partido socialdemócrata (SPD) eran los grandes jugadores, los que lideraban el proyecto político según quien llegara al gobierno. Eran los partidos mayoritarios (Volksparteien en alemán), también conocidos como “catch-all-parties”. Poseían la capacidad de conquistar electorados de forma transversal más allá de la edad, la procedencia geográfica, el oficio o la formación. Tenían sujetos políticos amplios y construían una representatividad muy persistente que desembocaba en la configuración de un “voto cautivo”.
El peso de ambos partidos era tan importante que, durante los años 70, en conjunto reunían más del 90% de los votos. Los liberales (FDP) completaban la cuenta, aunque su rol no dejase de ser fundamental: eran la llave de gobernabilidad, ya que decidían con quién formar coalición y conformar el siguiente gabinete. En resumen, se había constituido una lógica relativamente simple en la que el votante optaba entre dos visiones de país: centro-derecha o centro-izquierda.
En los años 80 comenzaron los cambios. La aparición del Partido Verde aportó cierta complejidad, aunque nunca puso en riesgo el sistema de dos grandes conglomerados ordenados a ambos lados del espectro político. Después de la Reunificación y tras una escisión importante en la formación socialdemócrata a mediados de los 2000 surgió Die Linke (La Izquierda). Su incorporación al sistema de partidos inició un proceso de fragmentación que ya era moneda corriente en otros países en Europa. No obstante, el peso de los grandes se sostenía: en 2005, el SPD y la CDU en conjunto superaban el 69% de los sufragios.
El quiebre se dio con la llegada de la ultraderecha de Alternative für Deutschland (AfD). Primero en el este y posteriormente en el resto de la república, AfD rompió aquella lógica, y lo hizo en al menos dos aspectos.
En primer lugar, los mayoritarios dejaron de serlo: juntos ya no suman ni la mitad de los votos (49,8% en 2021 y 44,9% en 2025). Además, tanto la CDU como el SPD ya no ganan siempre todas las elecciones. A nivel regional, tanto los Verdes como Die Linke y AfD se han impuesto y con ello han desbancado su rol protagónico histórico. Perder el primer lugar, a veces hasta el segundo, ha reducido su capacidad de liderazgo a la hora de armar coaliciones y, sobre todo, marcar la agenda.
El segundo aspecto es que ante la oferta electoral más amplia, su sujeto político se ha desdibujado. Es decir, aquel votante cautivo descubrió que alguno de sus intereses podría estar mejor representado por otra fuerza política, especialmente cuando se trata de cuestiones específicas. Así, ser mainstream ha dejado de ser una ventaja y se ha convertido en un elemento difuso para la ciudadanía. Otto Kirchheimer, autor del concepto de “Volskpartei” escribía que ese modelo cambiaba identidad por amplitud. Hoy donde los discursos identitarios son mucho más relevantes, ese trade-off es una debilidad.
Lo que reemplaza al voto cautivo son las islas: electorados más pequeños, con prioridades concretas, que se reconocen cada vez menos en un partido que pretende hablar por todos y más en uno propio. La CDU es el ejemplo más reciente, y el más simbólico.
El gigante en crisis
Durante buena parte de este siglo, la CDU no compitió con el SPD, sino que gobernó con él. Tres de los cuatro gobiernos de Angela Merkel fueron grandes coaliciones, Groko en la jerga alemana, y lo que había nacido como una excepción para tiempos difíciles terminó siendo la regla. Años de compartir gabinete fueron limando los perfiles de ambas fuerzas ante los ojos del electorado. Resultaba cada vez más complicado distinguir dos proyectos de país que habían sido rivales. Parecía que Alemania no tenía alternativa.
Merz buscaba romper esa lógica. Traía la disciplina fiscal como sello y, sobre todo, la promesa de devolverle a la CDU un perfil propio, democristiano y conservador. Su discurso, además, garantizaba un cambio de rumbo para Alemania. Y le creyeron, por eso lo eligieron jefe del partido y luego candidato a canciller.
No tardó en defraudar las expectativas. Lo primero que hizo fue desentenderse de una posición electoral que defendió durante toda la campaña: el freno a la deuda. Un mes después de ganar la elección, pero antes de formar gobierno, su partido votó junto al SPD y los Verdes una reforma constitucional que dejaba fuera del límite el gasto en defensa por encima del 1% del PIB y creaba un fondo especial de infraestructuras de 500.000 millones de euros. Para muchos fue una traición a su promesa de austeridad, algo que el propio Merz reconoció posteriormente como una decisión que minó su credibilidad.
La segunda decepción fue volver a pactar con los socialdemócratas y forjar una nueva Groko. Y ni siquiera empezó bien: el 6 de mayo de 2025 se quedó a seis votos de ser elegido canciller en la primera votación (310 contra 316 necesarios), pese a que su coalición tenía 328 escaños. Nunca le había pasado a un candidato en la historia de la República Federal. Necesitó una segunda ronda esa misma tarde. Otra señal de un partido resquebrajado.
La CDU se quedó con la Alemania mayor y conservadora. Los Verdes, con la de las ciudades y el sur próspero. AfD, con los trabajadores y el este. Die Linke, con los jóvenes urbanos que no llegan a pagar un alquiler. Al SPD le queda un electorado que todavía existe, pero ya no alcanza para sostener un proyecto, y el FDP casi no tiene a nadie
Hubo reformas, sí. En diciembre de 2025 se aprobó la de las pensiones, que mantiene el nivel de las jubilaciones en el 48%. El Bürgergeld, la prestación para desempleados, fue reemplazado por una Grundsicherung más estricta y se aprobó un paquete de ahorro en el sistema de salud. Otras promesas quedaron a medias o en el cajón, como la rebaja del impuesto a la electricidad, que solo se aplicó en parte, o el alivio a los ingresos medios. La sensación general es negativa: para quienes confiaron en él en un principio, las reformas no llegan lo bastante lejos; mientras que para sus detractores su política está profundizando la crisis. Los números son elocuentes: según el DeutschlandTrend de ARD de septiembre, solo el 15% valora positivamente el trabajo de la coalición, el 84% está insatisfecho.
Mecklemburgo-Antepomerania no es más que el corolario. En 2021 la CDU había sacado allí un 13,3% y el domingo cayó al 4,9%. El patrón se repite en Sajonia-Anhalt, donde hace cinco años ganó con el 37,1% y este mes obtuvo el 17,2%, mientras AfD llegaba al 43,8%.
Pareciera que a la CDU le queda seguir apostando por el votante conservador que históricamente le ha apoyado y todavía lo hace. En 2025 obtuvo el 41,4% entre los mayores de 70 años y apenas el 13% entre los de 18 a 24. Es un electorado importante, pero lejos está de devolverle al partido a su performance de antaño.
A eso se suma el problema del cordón sanitario. La CDU mantiene su línea roja frente a AfD y tiene vetada, por un acuerdo de partido, la alianza con Die Linke. Esto reduce su capacidad de maniobra. A nivel federal actualmente su único socio posible es un SPD que también se hunde. Entre los dos suman poco más del 30% de intención de voto, lejos de la mayoría. Hubo un tiempo en que había otra salida. El FDP fue durante décadas su socio natural para gobernar sin el SPD, con Kohl hasta 1998 y con Merkel entre 2009 y 2013. Hoy ese socio casi no existe: En febrero de 2025 el FDP cayó al 4,3% y quedó fuera del Bundestag, y este mes sacó un 2,6% en Sajonia-Anhalt, un 2,5% en Berlín y un 1% en Mecklemburgo-Antepomerania.
El gran partido de la derecha alemana, la CDU, ha quedado atrapado en una coalición de debilidades, y quizá no exista un rumbo capaz de devolverle la capacidad de hablar por todos.
La sangría socialdemócrata
En los años 70 ganaba elecciones con más del 40%. Willy Brand, Helmut Schmidt, Gerhard Schröder marcaron la historia del país, para bien o para mal. Esas imágenes son parte de un pasado más lejano que nunca. En febrero de 2025 llegó el golpe más duro: 16,4%, el peor resultado de su historia en unas federales. Este mes la tendencia se repitió en Berlín, con un 12,1%. En Mecklemburgo-Antepomerania la situación fue distinta: en octubre de 2024 las encuestas lo ubicaban en el 22% y terminó con el 35,5%. Un respiro que igualmente no le alcanzó para vencer a la ultraderecha, que se volvió a imponer en un estado federado del este.
Para entender la situación actual del SPD hay que regresar a inicios de 2018. En enero de ese año, los Verdes renovaron a su cúpula y votaron por Robert Habeck y Annalena Baerbock, dos líderes del sector más pragmático. El nuevo dúo se propuso disputar el espacio progresista a los socialdemócratas. Y en ese momento el lugar parecía vacante: el SPD perdía perfil, arrastrado por su mimetización con la CDU en las Groko de Merkel.
El reto no parecía imposible, sino todo lo contrario: un electorado convencido y movilizado que, con las necesidades básicas cubiertas, podía concentrarse en una agenda postmaterialista. Esto era acompañado por un mundo relativamente estable, todavía guiado por los consensos de posguerra. Sin embargo, cuando aquellas condiciones se esfumaron, también lo hizo la esperanza verde.
De las federales de 2021 (14,8%) a las de 2025 (11,6%), los Verdes perdieron terreno y hoy rondan el 14% en las encuestas. No obstante, conservan un caudal fiel: los sectores acomodados y progresistas de las zonas prósperas del sur, como Baden-Württemberg, o ciertas regiones de Baviera y Hessen. Se le suman los barrios acomodados de las grandes urbes, especialmente en aquellas con universidades. Se trata del electorado de postmaterialista, aquel que puede votar por temas abstractos, atados al futuro. Posiblemente, los más trascendentales, pero al mismo tiempo los considerados menos urgentes. Los Verdes no llegaron a ser la nueva socialdemocracia. Quedaron como la isla de quienes pueden permitirse votar por el futuro.
Esto no representó una recuperación del SPD, sino todo lo contrario. En los últimos años, los socialdemócratas son testigos de cómo su electorado es drenado sin piedad. Se trata de dos frentes abiertos que golpean los elementos distintivos del partido. El primero de ellos es la pérdida del voto obrero y el segundo es la disputa por la agenda de la justicia social. Y tal vez lo más interesante de esta situación es que las dos formaciones que recogen buena parte de esa herencia no podrían ser más opuestas.
En las últimas elecciones federales de 2025, solo el 12% de los obreros votó socialdemócrata, 14 puntos menos que en la elección anterior. El partido más votado en ese grupo, con el 38% fue la ultraderecha. AfD se ha convertido en el partido de los trabajadores. En Sajonia-Anhalt el 59% del voto obrero fue a la ultraderecha y solo el 6% se inclinó por los socialdemócratas. En esa misma elección, AfD se llevó el 65% de los votantes que califican su situación económica como mala o menos buena. Ese sector sostiene que ese partido tiene competencias para resolver las problemáticas sociales.
Su relato de justicia social es peculiar, con un Estado presente solo para los nativos y el apoyo a esa idea se basa en un fenómeno común al ascenso de la epidemia ultra en todo el mundo. La socióloga estadounidense Arlie Hochschild publicó en 2016 el libro Strangers in Their Own Land. En su intento por explicar el apoyo al Tea Party en las zonas pobres de Estados Unidos, identificó una narrativa que bautizó como deep story, la historia profunda. La resumió con una imagen: una fila larga, con gente que espera desde hace generaciones para llegar al sueño americano. La fila no avanza y mientras tanto ven cómo otros se les cuelan adelante, con el visto bueno de un gobierno que los ignora. Ese relato va más allá de los programas partidarios, en él se refleja una sensación de injusticia que fomenta la frustración y la rabia.
En las últimas elecciones federales de 2025, solo el 12% de los obreros votó socialdemócrata, 14 puntos menos que en la elección anterior. El partido más votado en ese grupo, con el 38% fue la ultraderecha. AfD se ha convertido en el partido de los trabajadores
En el este de Alemania esa fila empieza en 1990. La reunificación les prometió a los ciudadanos de la RDA el nivel de vida del oeste en poco tiempo, y lo que llegó fueron fábricas cerradas, jóvenes que se iban y salarios que todavía hoy son más bajos que al otro lado del país. En Sajonia-Anhalt solo el 33% de los votantes de AfD cree que la reunificación se logró y el 83% siente que los alemanes del este siguen siendo ciudadanos de segunda clase. AfD ha sabido capitalizar esa decepción y convertirla en reivindicación. En su discurso conviven las preocupaciones materiales y las identitarias. El 89% de sus votantes en Sachsen-Anhalt teme que los precios suban tanto que no pueda pagar sus facturas, el 80% cree que no podrá mantener su nivel de vida y el 91% teme la Überfremdung, un término históricamente cargado que alude a un supuesto exceso de extranjeros. Es la fila que no avanza y los que supuestamente se cuelan. Los resultados dan la dimensión: en Sajonia-Anhalt AfD obtuvo el 43,8% y 39 de los 83 escaños, a tres de la mayoría absoluta, y en Mecklemburgo-Antepomerania el 38,2%. Pero el este no lo explica todo. En 2025 logró su mejor resultado federal, un 20,8%, y hoy lidera las encuestas nacionales con el 29%, casi diez puntos por delante de la CDU.
Actualmente, la idea de justicia social también es disputada por Die Linke, que ganó las elecciones en Berlín con el 25,7%, su mejor resultado en unas elecciones berlinesas y el quinto mejor en toda su historia. Su candidata, Elif Eralp, hizo campaña sobre un eje primordial: la vivienda. El argumento era tan simple como efectivo: sin alquileres asequibles no hay forma de tener una vida pagable. En una ciudad donde la escasez de vivienda accesible es el mayor problema de un electorado joven, sin ingresos suficientes para conseguir dónde vivir, el mensaje llegó. Die Linke entendió en esa campaña que era preciso mirar mejor los problemas de la ciudadanía para construir desde abajo hacia arriba. Es decir, evitar el impulso que tienen otros sectores políticos de la izquierda que buscan imponer su agenda como un mandato casi moral.
El respaldo joven es contundente, al menos en Berlin. El 43% de los jóvenes entre 16 y 24 años apoyaron a Die Linke. En el caso de la franja etaria de 25 a 34 años esa cifra alcanzó el 49%. Esta es una tendencia que ya se vio en las elecciones federales de 2025 y parece sostenerse especialmente en donde vive la juventud urbana y formada, pero con salarios que no alcanzan. Esa es la isla de Die Linke.
Así, el SPD, el partido de los trabajadores y de la justicia social, tiene hoy a otro representando cada una de esas dos ideas: AfD a los primeros, Die Linke a la segunda. Un sujeto que antes cabía bajo una sola sigla se repartió en varias islas.
El archipiélago alemán
Puesto todo junto, el sistema que emerge ya no tiene dos polos con satélites. Tiene islas. Cada una es un electorado más pequeño, con prioridades más concretas, que encontró un partido que lo representa mejor que uno que quiera hablar por todos. La CDU se quedó con la Alemania mayor y conservadora. Los Verdes, con la de las ciudades y el sur próspero. AfD, con los trabajadores y el este. Die Linke, con los jóvenes urbanos que no llegan a pagar un alquiler. Al SPD le queda un electorado que todavía existe, pero ya no alcanza para sostener un proyecto, y el FDP casi no tiene a nadie.
Estas islas se distinguen del voto cautivo por dos rasgos. El primero es que se mueven. Ya no votan por tradición: se movilizan cuando alguien les habla de lo suyo y se van cuando dejan de sentirse representadas, así que ningún partido puede darlas por seguras. El segundo es que cambian la forma de competir y de gobernar. En el viejo sistema se ganaba conquistando el centro, hoy esa lógica ha cambiado: quien se impone es el partido que moviliza mejor a su isla.
Utilizar la analogía del archipiélago ayuda a evitar una idea muy repetida: que Alemania se corrió hacia los extremos. Un péndulo no alcanza para entender por qué los votantes que en 2021 eligieron al SPD se repartieron en 2025 en cuatro direcciones: 1,76 millones hacia la CDU, 720.000 hacia AfD, 560.000 hacia Die Linke y 440.000 hacia el BSW. Tampoco explica que Die Linke haya ganado Berlín con una consigna de alquileres, ni que los Verdes sigan siendo primeros en Baden-Württemberg. Lo que ha cambiado es a quién le confía cada grupo su urgencia.
Los partidos grandes siguen ahí, pero el sistema que los tenía como eje ya no existe.