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En uno de los hospitales secretos excavados por Ucrania cerca del frente: “Las paredes tiemblan, pero seguimos operando”

Las paredes de pino encadenan temblores de los sucesivos impactos de cohetes Grad rusos. La consecución de estallidos secos se sienten en el pecho además de en los oídos. Se nota también en los pies, cuando el suelo retumba después del estallido y mueve la camilla sobre la que gime un soldado ucraniano con el estómago abierto por el impacto de artillería, pero no interrumpe la cirugía ni altera el pulso de los sanitarios que rodean al paciente. Mientras todo retumba, unos mantienen los ojos en la incisión, otros corren a por más material o barren la tierra desprendida por las botas de los pacientes recién llegados del frente.

Al caer la noche, el eco de las detonaciones se transforma en sonido ambiente, pero todo sigue. Saben que, pese a estar a escasos kilómetros del frente, en una zona objetivo constante de artillería rusa, están seguros.

Nos encontramos en un hospital militar subterráneo fortificado, localizado a una decena de kilómetros de un punto del frente que el Ejército pide no detallar. Se trata del primero de una red de centros fortificados bajo tierra donde son atendidos los soldados directamente salidos del campo de batalla, financiados por el empresario más rico de Ucrania, Rinat Ajmétov. La estructura, construida a prueba de bombas, protege varios quirófanos con capacidad para realizar hasta cinco cirugías simultáneas y trata de ser invisible desde el aire, para esquivar la permanente mirada de los drones rusos que rastrean la zona.

El lugar es imperceptible a la vista, en el exterior solo puede observarse una cuesta de unos 40 metros por donde descienden las ambulancias a toda velocidad. Para acceder, como si de un garaje se tratase, los vehículos recorren la pendiente y atraviesan una cortina de plástico que actúa de barrera ante cualquier intento de penetración de los pequeños drones invasores. “Las paredes tiemblan, pero seguimos operando. Hay constantes ataques, muchas veces muy cerca, pero nos sentimos seguros”, describe Oleksandre Golovashenko, doctor al mando del hospital, mientras señala uno de los quirófanos de aspecto futurista, introducidos en una suerte de cilindros metálicos a prueba de bombas: “Aquí encima cayó un misil tipo Grad, nos llenamos de polvo, pero solo se rompieron las puertas”, dice con cierto orgullo.

El hospital es uno de los llamados “puntos de estabilización” y evacuación repartidos por las inmediaciones de la línea de combate entre Ucrania y Rusia donde son trasladados militares heridos desde el campo de combate. Lo más peligroso no es estar dentro, sino llegar; atravesar las carreteras y áreas colindantes bajo el enjambre de aeronaves no tripuladas con las que Rusia vigila los movimientos de las fuerzas ucranianas.

“Tranquilo. Ahora estás seguro. Ya no estás en el frente, estás en un punto de estabilización”, le dice uno de los cirujanos a Mykola (nombre ficticio del herido), con sus manos aun inspeccionando sus tripas. El militar, atacado por un ataque de misiles rusos durante una misión ucraniana de drones de combate, llegó alrededor de las 21.00 horas, pero los médicos llevaban horas esperándole.

El doctor Golovashenko ya hablaba de él con preocupación nueve horas antes de poder atenderle, pues habían recibido la alerta en torno al mediodía: “Nos han avisado de un caso urgente. Un soldado con heridas en el estómago, pierna y glúteo. Parecía grave, pero no hemos sabido nada más. Llegará en cualquier momento”, decía entonces a elDiario.es el médico, un pediatra reconvertido en médico militar tras el inicio de la invasión rusa.

Cómo sacar a los soldados heridos del frente

Evacuar a un soldado del frente, o incluso en sus alrededores, no es sencillo, especialmente durante el día. Además de los centros médicos de “estabilización” próximos a la línea de batalla, los soldados sanitarios también se distribuyen por distintos puntos de evacuación, donde aguardan recibir las alertas de militares ucranianos heridos en combate para tratar de responder en función del caso.

No siempre pueden ir a por ellos, depende del lugar donde se encuentren, el nivel de trabajo, de la situación de seguridad y, en este momento especialmente, de la cantidad de drones rusos que planeen sobre sus cabezas. Es habitual que sean los propios militares heridos, acompañados o no por otros compañeros, quienes tengan que alcanzar el punto de evacuación más próximo, por sus propios medios o con la ayuda de drones terrestres.

Ni ese herido ni otros llegaron al hospital durante las horas diurnas de la guardia y el personal solo podía esperar. Cuando no hay pacientes, la estancia, con sus paredes construidas a base de roble, adornadas con guirnaldas de luces no retiradas de la última Navidad, se vuelve acogedora. Si no se observa el material médico, el espacio luce como una confortable cabaña de madera, hasta que el rugido de la artillería recuerda de nuevo el lugar donde nos encontramos.

Varios enfermeros y médicos charlan en la sala de descanso, sobre las camillas militares desplegadas, mientras de fondo la televisión emite la telenovela de la tarde. El cocinero prepara unas costillas en salsa, que hará repetir a sus compañeros en un ambiente de extraña calma intercalado con la atención constante a cada posible aviso. En sus móviles, miran de tanto en tanto los sistemas con los que vigilan el tipo de armamento que sobrevuela en cada momento la zona.

“¿Qué habrá podido pasar con aquel herido?”, le preguntaba Golovashenko al traumatólogo con el que cenaba momentos antes de la esperada llegada. La calma tensa del hospital chocaba con la situación que en esos momentos vivía el soldado herido, según relata Doc, alias del militar a cargo de su evacuación, a elDiario.es. Los médicos que lo acabarían atendiendo aún no lo sabían, pero Mykola llevaba horas en un búnker a unos tres kilómetros del frente a la espera de la evacuación.

Fue allí donde sufrió el golpe de un ataque de artillería que impactó directamente en la posición donde pilotaba un dron FPV (pequeños drones controlados mediante unas gafas especiales que reciben vídeo en tiempo real desde una cámara frontal) en una misión de ataque en zona ocupada. Estaba bajo tierra, pero los proyectiles lanzados por los destructores MLRS rusos y su onda expansiva alcanzaron a herir al piloto, cuyo estómago resultó especialmente dañado. Sus compañeros le aplicaron los primeros auxilios, insuficientes para sus lesiones abdominales.

'Doc' estaba en el punto de evacuación más próximo, pero en un primer momento no podía llegar al lugar donde se encontraba. “Yo estaba atendiendo otra evacuación anterior, en la que había un muerto y dos heridos”, explica el militar, agotado, tras una dura jornada. “Su búnker fue golpeado por artillería directamente. Eran tres compañeros en esa posición y había otra posición al lado, y fueron a ayudarle, pero necesitaba una serie de medicamentos”, añade. Durante ese momento del día, la vigilancia constante de las aeronaves no tripuladas rusas complicaba cualquier acercamiento para llevar a cabo la evacuación suponía un gran riesgo.

Se optó, cuenta Doc, por enviar un dron terrestre, una especie de robot con ruedas, con capacidad para transportar material o heridos a lugares más peligrosos a plena luz del día, cuando cualquier movimiento ucraniano puede ser detectado por los pilotos rusos. Pretendían entregar el material sanitario más urgente y, cuando fuese posible, utilizar el mismo dron terrestre para evacuar al militar. Tampoco fue posible.

El primer dron que enviaron, cuenta Doc, fue disparado por un avión no tripulado ruso, lo que les obligó a esperar a la caída del sol. Tras el atardecer, un segundo dron terrestre logró evacuarle hasta el lugar donde Doc se encontraba. “Mi trabajo es evacuar heridos o muertos. Me siento en un sótano y espero el mensaje o la orden para evacuación. Durante el día había muchos drones y tuve que esperar a que el sol bajase. Cuando estaba oscuro, mandaron el siguiente dron, y esa misión fue exitosa”, explica el militar.

“Cuando me avisaron, fui a buscarlo a las coordenadas indicadas para traerlo aquí”, detalla bajo la oscuridad del pasillo subterráneo que divide el hospital, por donde las ambulancias entran y aparcan durante unos minutos antes de regresar a su posición más próxima del frente.

“Está estable, pero la artillería hirió la piel y las capas internas. Pensábamos que no había afectado a los órganos, pero hemos visto algo que nos hace tener que comprobarlo. Han limpiado la herida y ahora han abierto para comprobarlo”, sostiene el doctor jefe, mientras regresa el repetido trueno de los proyectiles múltiples cercanos. El quirófano donde ha sido trasladado el herido cuenta con novedosa tecnología y está preparado para tratar de urgencia cualquier especialidad, excepto las neurológicas. Una vez estabilizado, el personal decide enviar al soldado atendido al siguiente punto en la cadena sanitaria un hospital regular donde el paciente será ingresado.

Finalizada la operación, pasada la una de la madrugada, la mayoría del equipo médico se hace con alguna de las camillas militares para descansar el tiempo que permita la siguiente alerta. Mientras otros compañeros observan toda la noche las cámaras de seguridad que rodean su posición y los distintos mapas que dibujan los límites de las zonas ucranianas y las ocupadas, sobre los que pueden observarse los distintos tipos de drones o proyectiles que sobrevuelan la zona. Se apagan las luces, llegan los ronquidos, y ninguna alerta obliga a despertar a quienes duermen.

Pasadas las ocho de la mañana, vuelve la actividad. Un vehículo militar entra veloz al aparcamiento del hospital subterráneo. El sonido del embrague avisa al personal médico de la aparente llegada de nuevos heridos. De la furgoneta blindada salen varios hombres magullados, alguno con el rostro y las manos ensangrentadas. Caminan con dificultad, baldados y entre quejidos de dolor, pero por su propio pie. Acaban de ser atacados por varios drones FPV.

“Un puto dron golpeó directamente mi coche. No sé de dónde ha salido, no lo vio el detector, debió de aparecer por detrás”, decía el conductor de uno de los vehículos dañados, aún sin entender bien lo ocurrido. Se toca la cabeza y mira su teléfono, mientras otros compañeros están siendo atendidos en las camillas. “Me he golpeado la cabeza en el coche, pero nada más. Tengo que descansar un poco y tengo que irme por la tarde”, añade con nerviosismo el joven, que pide pastillas para paliar el dolor. “No sé qué ha pasado. No había nada delante de nosotros, nada a los lados, algo tuvo que venir por detrás”, repite con incredulidad.

El vehículo blindado que conducía fue sorprendido por el dron ruso cuando habían acudido al rescate de otros compañeros militares que acababan de ser atacados por otra aeronave no tripulada. No eran sanitarios ni militares de evacuación, pero solo estaban ellos. “Llegaron a las unidades adyacentes por su cuenta y su comandante nos llamó directamente. Al ser estar más cerca, salí inmediatamente para no retrasarnos Cuando llegué, en qué estado me los encontré… Estaban en estado de shock, no me han reconocido hasta que han llegado aquí”, reflexiona el comandante.

“Se quedaron impactados porque la herida era grave. Tenían las manos ensangrentadas, la cara llena de heridas de metralla”, describe el militar. Los diminutos restos de metralla marcan la mitad izquierda de su rostro. “Yo también estaba muy estresado, porque cuando íbamos en el coche a por ellos, también volamos. Otro dron nos dio, pero como nuestro vehículo está blindado era más robusto, no hubo bajas, solo algunos tienen conmoción por los golpes en el coche tras el impacto”.

Tras el ataque, continuaron para recoger a los otros heridos. “Íbamos conduciendo hacia allá, yo solo miraba al cielo, con mi fusil en la mano, para estar preparado en caso de ver otro dron”, recuerda el comandante.

Una ambulancia espera a los soldados heridos que, una vez atendidos de urgencia, requieren ser trasladados a otro centro hospitalario para una asistencia más especializada. “Es la segunda vez que resulto herido, también por dron, pero hoy ha sido peor. Dicen que los ucranianos nos acostumbramos a la guerra, ¿cómo vamos a acostumbrarnos a esto?”, se pregunta otro militar, con un vendaje que oculta su ojo dañado durante la explosión.

Durante el trayecto, en el que está presente elDiario.es, este último militar herido intercala reflexiones profundas con constantes bromas que destensan la rápida carrera de la ambulancia, mientras el detector de drones avisa de la presencia de aviones no tripulados enemigos sobre nuestras cabezas. El conductor pisa el acelerador y tranquiliza a sus pasajeros: “Parece que no está muy cerca”, dice a quienes han sido atacados horas antes por un dron indetectable, de fibra óptica, que cayó de forma repentina sobre su vehículo. “De esta nos libramos”.