Análisis
Marruecos no quiere ser el gendarme de Europa y la tragedia de Ceuta no es un acto de guerra
Marruecos ya no quiere ser el gendarme de Europa. En realidad, nunca quiso serlo. Y tiene razones para ello. En Ciencia Política explicamos que los componentes del Estado son el territorio, la población y la soberanía. Por tanto, una de las responsabilidades del Estado es la gestión de sus fronteras para garantizar la integridad y la seguridad de su propio territorio. En cambio, la vigilancia de las fronteras para dar respuesta a preocupaciones de seguridad de terceros países no es una las atribuciones clásicas del Estado. Menos aún lo es permitir el ejercicio de funciones soberanas a terceros países dentro de tu territorio.
Ahora bien, ¿qué sucede con las fronteras compartidas con otro Estado? En este caso parece razonable hablar de una responsabilidad compartida en la gestión de las fronteras de Ceuta y Melilla. Lo fundamental es bajo qué principios y criterios se producen las negociaciones para abordar esa responsabilidad compartida. Un esquema horizontal de diálogo es la mejor fórmula para evitar conflictos. La realidad dista mucho de esto debido a la externalización del control migratorio, entendida como el proceso por el que la Unión Europea traslada a los países de origen y tránsito el control de fronteras para evitar que la migración llegue a su territorio. Es una forma de desplazar la frontera europea más allá de sus propios límites territoriales. En el caso de la Unión Europea y Marruecos, la externalización nace de una asimetría de poder. Es la agenda de la seguridad europea, que vincula la migración con la inseguridad, la que se impone en todo este proceso. Esta agenda nunca fue ni una iniciativa ni una prioridad marroquí, sino que responde al exclusivo interés de la parte europea.
La externalización del control migratorio es problemática por varias razones. Por un lado, se asienta en relaciones de dependencia. La brecha entre el discurso y la práctica es muy obvia: la Unión Europea habla de socios, diálogo entre iguales y responsabilidad compartida, pero fuerza su propia agenda para convertir a Marruecos en un Estado tapón de la inmigración hacia Europa. Por otro, genera el rechazo de Marruecos porque conciben la externalización como una imposición desde el exterior. Por ello, no cabe esperar un alineamiento genuino y sincero con estas políticas. Además, crea un clima de confrontación, con acontecimientos como los de la semana pasada, en contraste con la retórica de una cooperación hispano-marroquí ejemplar. Además, la externalización no es un modelo eficaz. De hecho, garantiza el fracaso de la política migratoria de la Unión Europea.
En lugar de poner todo el peso explicativo en las estrategias de guerra híbrida o en conspiraciones que apuntan a la mano de Estados Unidos e Israel, convendría mirar la realidad desde abajo. Podría ser un factor más sólido el hecho de que la Generación Z en Marruecos no haya visto cumplidas sus expectativas y hayan dado por roto el contrato social. En un país de grandes infraestructuras y eventos (están construyendo el estadio más grande del mundo), los jóvenes gritan: “No queremos el mundial, queremos sanidad”
Otra consecuencia fundamental de la externalización es que ha otorgado a Rabat una palanca de enorme influencia. Paradójicamente, en nombre del control migratorio, la Unión Europea ha perdido capacidad de control sobre su propia política. Décadas de securitización y externalización han otorgado a Marruecos un extraordinario poder de negociación, permitiéndole utilizar la migración como instrumento de presión política cuando considera lesionados sus intereses. Marruecos ha logrado revertir la relación de poder con la Unión Europea. Aunque solo lo hace parcialmente, ya que a Europa aún le quedan palancas relevantes como el comercio. Probablemente, este reequilibrio de poder explica que, pese a sus reticencias, Marruecos haya acabado desempeñando ese papel de gendarme.
Un aspecto preocupante es la securitización y militarización del debate público en Europa al definir estos episodios como actos de guerra. En particular, como actos de guerra híbrida, en referencia a la confrontación que combina instrumentos militares y no militares. Incluso muchos académicos críticos han asumido la narrativa militarista de la guerra híbrida. Hay que insistir en algo elemental: los seres humanos no son armas de guerra. Por ello, es muy problemático el concepto de guerra híbrida aplicado a la instrumentalización de la migración porque militariza el fenómeno migratorio y desplaza el centro de atención desde las personas hacia las lógicas de la amenaza y la seguridad. Además, niega la agencia de las personas migrantes porque las convierte en meros instrumentos de confrontación interestatal. Es una visión estatocéntrica y con una mirada de arriba a abajo, por lo que es comprensible su uso desde la jerarquía militar, pero no desde la sociedad civil, la academia y los medios de comunicación. Es más acertado hablar de coerción migratoria o instrumentalización de la migración, porque ni Ceuta es un frente de guerra ni los migrantes son armas.
La crisis de Ceuta muestra la vulnerabilidad de la frontera provocada por la externalización y la dependencia que la Unión Europea tiene respecto de Marruecos. ¿Qué papel jugó Marruecos? Por el momento, no hay pruebas de que Marruecos haya organizado este movimiento de personas. Una de las tesis más extendidas es la de los brazos caídos, es decir, el relajamiento en el control de la frontera. De hecho, Mehdi Alioua, una de las voces más autorizadas en el campo de la migración en Marruecos en una reciente y muy influyente entrevista en Le Grand Continent, señaló lo siguiente: “Cuando varios miles de personas cruzaron a nado y una inmensa multitud se agolpó en la playa, la única alternativa para evitar lo peor —que se amontonaran o que se lanzaran al mar— fue abrir ligeramente la frontera terrestre, en coordinación con los españoles”.
Europa no reconoce la marroquinidad del Sahara Occidental, pero sí se le exige a Marruecos que frene la migración irregular proveniente de ese territorio
Además de reconocer que dejaron a la gente cruzar a Ceuta, Alioua afirma que Marruecos no pudo evitarlo debido a un fallo de seguridad y al desbordamiento de las fuerzas de seguridad por la simultaneidad de varios acontecimientos masivos (Fiesta del Trono, vacaciones de los marroquíes en las playas del norte del país y la Operación Paso del Estrecho). Sin embargo, niega las teorías conspirativas que señalan a Marruecos como el organizador por dos razones. Primero, porque estas crisis dañan la reputación de Marruecos más que la de ningún otro país. Segundo, porque la alianza con Francia, España y la Unión Europea es mucho más importante que la alianza con Estados Unidos e Israel, por el comercio y la diáspora marroquí.
¿Marruecos tenía capacidades operativas para evitar la entrada masiva de personas? En Europa, algunos análisis apuntan a las enormes capacidades de Marruecos en la vigilancia de sus fronteras gracias al apoyo financiero europeo. Años de políticas de externalización se han traducido en la entrega de equipamientos de vigilancia fronteriza y la transferencia de conocimiento a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad marroquíes. Sin embargo, desde Marruecos se ofrecen otros argumentos. Por un lado, Marruecos tiene 3.000 kilómetros de costa, un territorio muy extenso e imposible de controlar en su totalidad las veinticuatro horas del día. En realidad, serían 4.000 kilómetros, ya que se da un hecho paradójico: Europa no reconoce la marroquinidad del Sahara Occidental, pero sí se le exige a Marruecos que frene la migración irregular proveniente de ese territorio. Por otro, Marruecos siempre ha sostenido que el apoyo económico recibido es muy inferior al coste real de frenar la migración irregular hacia Europa.
En definitiva, en lugar de poner todo el peso explicativo en las estrategias de guerra híbrida, en un ensayo de ocupación de Ceuta o en conspiraciones que apuntan a la mano de Estados Unidos e Israel, convendría mirar la realidad desde abajo. Podría ser un factor más sólido el hecho de que la Generación Z en Marruecos no haya visto cumplidas sus expectativas y hayan dado por roto el contrato social. En un país de grandes infraestructuras y eventos (están construyendo el estadio más grande del mundo), los jóvenes gritan: “No queremos el mundial, queremos sanidad”.