Análisis
Ceuta, Marruecos y Europa: las consecuencias de un régimen migratorio colonial y racista
Lo sucedido en Ceuta estos días no es solo una crisis migratoria o humanitaria, sino también una crisis política entre países vecinos. Las relaciones entre España y Marruecos están formadas por una densa red de intereses mutuos en ámbitos como la seguridad, la migración o el comercio, pero también por una serie de conflictos estructurales, irresolubles a corto o medio plazo, como el Sáhara Occidental o los enclaves africanos de Ceuta y Melilla.
Durante las últimas décadas la política española hacia Marruecos se basó en el llamado colchón de intereses, que sintetizaba una ecuación sencilla: a mayor interdependencia, más costosa y menos probable es la crisis bilateral. Durante mucho tiempo el colchón de intereses redujo significativamente las crisis, aunque sin llegar a eliminarlas. Este equilibrio siempre fue inestable, pero ahora se ha roto. El papel de Marruecos ha cambiado considerablemente: ahora tiene aspiraciones de potencia regional, una política exterior más asertiva y una amplia experiencia negociadora con España y la Unión Europea en el campo de la migración, combinando de manera inteligente diplomacia y coerción. Esto ha hecho que la interdependencia sea cada vez más asimétrica en favor de Marruecos, lo que incentiva el fomento de crisis bilaterales.
Ahora bien, entender estas crisis como una mera negociación transaccional o un simple chantaje de Marruecos a España y a la Unión Europea es una simplificación de la realidad. Para comprender su naturaleza y características, y prevenirlas, es necesario ver que no son episodios aislados, sino consecuencias del régimen migratorio euromarroquí. Este régimen migratorio se ha construido sobre estructuras y relaciones de poder heredadas del colonialismo, en las que Europa continúa determinando quién puede moverse y quién no a partir de jerarquías raciales. El sistema de visados y las etiquetas que ponemos a las personas que viajan son buenos ejemplos. Si un europeo viaja a África puede hacerlo libremente y sin visado. Sin embargo, si un africano viaja a Europa, tendrá restricciones y necesitará un visado muy difícil de obtener. Al europeo nos gusta llamarlo turista o expatriado. Al africano preferimos llamarlo inmigrante, ilegal, clandestino o MENA, categorías de uso común utilizadas para deshumanizar, criminalizar y polarizar.
Además, esta jerarquía racial de la movilidad genera una violencia estructural que provoca miles de muertes cada año y convierte la frontera en un espacio de excepción para las democracias europeas. Según el proyecto Missing Migrants, de la Organización Internacional para las Migraciones, desde 2014 se han contabilizado más de 33.000 personas muertas o desaparecidas en las diferentes rutas migratorias y fronteras europeas. Son de media 2.350 muertes al año. Por tanto, no es exagerado hablar de necropolítica, tal y como lo hace el intelectual camerunés Achille Mbembe cuando afirma que los europeos nos hemos acostumbrado a la muerte de migrantes porque sus vidas no merecen protección ni tienen el mismo valor. Son muertes que no merecen luto. Buena prueba de ello es que, con 141 muertos en nuestra frontera, España no ha decretado ni un solo día de luto nacional ¿Alguien se imagina una actitud así con los fallecidos en un accidente ferroviario o en un incendio? Invito a encontrar la diferencia: solo hay una.
Si un europeo viaja a África puede hacerlo libremente y sin visado. Sin embargo, si un africano viaja a Europa, tendrá restricciones y necesitará un visado muy difícil de obtener. Al europeo nos gusta llamarlo turista o expatriado. Al africano preferimos llamarlo inmigrante, ilegal, clandestino o MENA
La matriz colonial del régimen migratorio y su jerarquía racial explican la agenda europea de convertir a Marruecos en un espacio de contención de la migración hacia Europa mediante políticas de externalización. Como en la etapa de los imperios, Europa sigue recurriendo a fórmulas de soberanía extraterritorial, hoy incompatibles con el principio de igualdad soberana de los Estados. La creciente resistencia marroquí a desempeñar el papel de policía de fronteras para Europa puede interpretarse también como un cuestionamiento de esa matriz de poder colonial. ¿Por qué los españoles podemos viajar sin visado a Marruecos y los marroquíes necesitan un visado para viajar a España? ¿No debería operar el principio de reciprocidad? Es legítimo cuestionar esta asimetría desde la diplomacia, pero no desde la coerción.
La instrumentalización de la migración por parte de Marruecos puede entenderse como una forma de desestabilizar las jerarquías históricas que han estructurado el régimen migratorio entre Europa y Marruecos. Pero evidentemente también es una forma de presión política. Cuando Marruecos percibe que sus intereses estratégicos se ven amenazados (como podría haber ocurrido por la futura aprobación de la ley que otorgará la nacionalidad española a los saharauis nacidos en tiempos de la colonia española) dispone de capacidad para instrumentalizar los flujos migratorios, en la lógica que Kelly Greenhill define como ingeniería estratégica de las migraciones. En la visión marroquí, una buena forma de defender sus intereses es activar una de sus palancas más valiosas (o su renta política, como algunos la llaman), instrumentalizando esos flujos migratorios.
Las migraciones internacionales son parte de las estructuras y relaciones de poder que generan desigualdades entre países. Además, las decisiones migratorias son una combinación de factores de empuje y factores de atracción. Esta crisis combina todos los elementos indicados: la matriz colonial del régimen migratorio, la jerarquía racial de la movilidad, los factores de empuje (situación interna en Marruecos, donde el lema de la Generación Z fue “dos mares y fosfato y vivimos bajo la bota” —en relación a las condiciones de vida pese a las riquezas naturales del país—) y los factores de atracción (como mejores condiciones económicas en Europa o políticas migratorias más liberales, entre otros).
La instrumentalización de la migración por parte de Marruecos puede entenderse como una forma de desestabilizar las jerarquías históricas del régimen migratorio entre Europa y Marruecos. Pero evidentemente también es una forma de presión política
Por su parte, la derecha radical global aprovecha cada crisis migratoria para reforzar una cada vez más extendida visión hobbesiana de la sociedad, presentada como una permanente lucha por recursos limitados entre grupos culturalmente incompatibles. Desde esta perspectiva, la inmigración se construye como una amenaza para la seguridad, el bienestar y la identidad, legitimando políticas cada vez más restrictivas, excluyentes y securitarias. Resulta alarmante la fragmentación europea en esta crisis. Como señaló Josep Borrell, “la solidaridad europea ha muerto en Ceuta”. Quizá nunca estuvo viva.
Necesitamos descolonizar el régimen migratorio europeo, superando las lógicas de securitización, externalización y jerarquización racial de la movilidad que reproducen la matriz colonial del poder. También una política migratoria común europea basada en la solidaridad entre los países. Esto permitiría reducir la dependencia estratégica de terceros Estados para la gestión migratoria y avanzar hacia una movilidad global más justa y segura.