Análisis
Cómo una modernización sin oportunidades en Marruecos dejó a una generación sin futuro
El orden económico internacional tiene una estructura de especialización productiva que reproduce las desigualdades. Esto significa que existe un centro industrial y una periferia agrícola, tal y como señalaron desde el desarrollismo y el estructuralismo los economistas Raúl Prébisch y Celso Furtado, entre otros. Los países del centro industrial se benefician de los términos de intercambio en el comercio, mientras que los países de la periferia agrícola se ven perjudicados, reproduciendo el subdesarrollo.
La especialización agrícola de las periferias genera subdesarrollo porque sus economías se basan en la exportación de productos primarios, que tienen menor capacidad para aumentar la productividad. En los países del centro industrial sucede justo al revés, por las exportaciones de productos de mayor valor añadido. Esta especialización productiva debe entenderse en un contexto de dependencia y relaciones de poder. Durante décadas, las economías coloniales se organizaron para producir materias primas para las metrópolis, quedando la industrialización concentrada en estas últimas. En este sentido, según André Gunder Frank, el desarrollo de los países centrales y el desarrollo de los países periféricos son dos caras del mismo proceso histórico. Una de las fórmulas para que las periferias agrícolas rompieran el ciclo del subdesarrollo fue la Industrialización por Sustitución de Importaciones, consistente en reemplazar los productos industriales extranjeros por bienes producidos en el propio país.
Marruecos se ha especializado históricamente en la agricultura, los fosfatos, las materias primas y las manufacturas de bajo valor añadido. Sin embargo, desde hace años el sector industrial (entre el 25% y el 30% del PIB) duplica al sector agrícola (entre el 10% y el 15%). Además, las exportaciones industriales superan ya a las exportaciones primarias. Especialmente relevante es el aumento del sector servicios, que actualmente representa en torno al 60% del PIB. Pese a lo anterior, la economía marroquí todavía tiene una fuerte dependencia del sector agrícola. Esto es visible, al menos, en dos ámbitos. Por un lado, en el impacto del clima en la economía. En los últimos veinte años Marruecos ha crecido al 4,4% de media. Pero este crecimiento es muy volátil porque el sector agrícola es muy vulnerable a los ciclos de sequías. Es común que de un año a otro el crecimiento varíe 5 puntos. A veces hasta 10 puntos. Por otro, en el elevado peso del empleo agrícola: aproximadamente el 40% de la población activa trabaja en la agricultura.
Uno de los rasgos característicos del modelo de desarrollo de Marruecos son las grandes infraestructuras y eventos internacionales. Muchos países han recorrido un camino similar. Los macroproyectos se piensan como palancas para modernizar la economía y atraer capital extranjero, pero este modelo tiene un riesgo notable
Por tanto, hoy en día Marruecos es una economía de servicios, con un peso mayoritario de la agricultura en términos de empleo y con unas exportaciones industriales en expansión. Ahora bien, se trata de una industrialización periférica, ya que esta se ha integrado en las cadenas de valor europeas. Casi la mitad de las exportaciones de Marruecos tienen como destino Francia y España. Además, el 30% de sus importaciones proceden de estos dos países. Es decir, en la estructura económica global, Marruecos continúa siendo una economía periférica, aunque emergente, más diversificada y en proceso de industrialización.
Uno de los rasgos característicos del modelo de desarrollo de Marruecos son las grandes infraestructuras y eventos internacionales. Hay numerosos ejemplos, pero quizás los más relevantes y simbólicos sean el puerto Tánger Med (aspira a ser el principal hub euroafricano), el estadio de fútbol Hassan II de Casablanca (un gran recinto de fútbol en construcción que quieren que acoga la final del próximo Mundial que se celebrará en 2030 con España y Portugal) y las líneas ferroviarias de alta velocidad (ya finalizada la línea Tánger-Casablanca y en construcción la línea Kenitra-Marrakech). Este modelo de desarrollo no es algo nuevo. Muchos países han recorrido un camino similar. Los macroproyectos se piensan como palancas para modernizar la economía y atraer capital extranjero. Este modelo combina varios elementos: una inversión pública masiva, el desarrollo acelerado de macroproyectos, la proyección internacional para posicionar al país en el mercado global del turismo y los negocios, y la promesa de modernidad para la legitimación política interna.
Sin embargo, este modelo tiene un riesgo importante: los elefantes blancos, una metáfora económica sobre los proyectos cuyo coste de mantenimiento supera su utilidad o beneficios. Tiene su origen en Tailandia, donde los reyes regalaban elefantes blancos para arruinar a alguien por los altos costos de manutención y porque, al ser sagrados, estaba prohibido usarlos para trabajar. Los macroproyectos financiados con dinero público son muy costosos de mantener y, a menudo, quedan infrautilizados o abandonados. No cumplen una función útil y real para la sociedad. El principal problema es que no dan respuesta a las necesidades internas, sino a la competición geoestratégica y al refuerzo de la marca país. Cuanto mayor es la brecha entre las demandas de la población y las respuestas que ofrece el sistema, mayor es el malestar social y la inestabilidad política.
Algunos dirán que es un proceso y que estos macroproyectos son una vía para escalar posiciones en las cadenas globales de valor, como hicieron China, Singapur o Emiratos Árabes Unidos y dejar de ser una economía periférica. Mientras tanto, muchos no pueden esperar y deciden irse
Las protestas de la Generación Z de 2025 pusieron de manifiesto esa brecha entre las demandas de la sociedad y las respuestas del sistema. Estas protestas rechazaron un modelo de desarrollo de macroproyectos que desatiende las necesidades sociales básicas. Las inversiones millonarias en grandes infraestructuras y eventos internacionales, como la Copa de África o el mundial de fútbol de 2030 no han sido bien recibidas porque al mismo tiempo los centros educativos y sanitarios del país se encuentran en una muy mala situación. El fallecimiento en un mes de ocho mujeres embazadas en el hospital Hassan II de Agadir fue la gota que colmó el vaso y disparó una oleada de indignación y movilizaciones.
Pueden observarse con claridad las contradicciones de un país en proceso de modernización e industrialización, pero con importantes carencias socioeconómicas y la imposibilidad de ofrecer oportunidades para sus jóvenes. Los datos macro son buenos en Marruecos: crece más de cuatro puntos cada año, es uno de los países con una tasa de inversión más altas del mundo (en torno a un 30% del PIB) y tiene una creciente Inversión Extranjera Directa. Además, ha mejorado notablemente en términos educativos. Pero también es cierto que el 47% de los jóvenes está en paro (en un país donde el 41% de la población tiene menos de 25 años) y que los empleos tienen baja retribución y aportan poco en términos de productividad. No menos importante es el problema de la desigualdad, con una diferencia de recursos, servicios e infraestructuras enorme entre las zonas rurales y las zonas urbanas.
Los esfuerzos en proyectar al exterior una imagen de modernización, poder e influencia sirven de poco si, al mismo tiempo, existe una sociedad que ha dejado de confiar en el futuro.
Algunos dirán que es un proceso y que estos macroproyectos son una vía para escalar posiciones en las cadenas globales de valor, como hicieron China, Singapur o los Emiratos Árabes Unidos, y dejar de ser una economía periférica. Mientras tanto, muchos no pueden esperar y deciden irse.