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“Máxima supresión”, una estrategia para reducir las cifras de contagios y evitar un confinamiento tras otro

Una bar, con medidas anti-COVID-19.

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Cuando sólo habían pasado 10 días desde que dijera que un nuevo confinamiento en Reino Unido sería “el colmo del absurdo”, el primer ministro Boris Johnson anunció el sábado por la noche un confinamiento de cuatro semanas a partir del jueves 5 de noviembre y hasta el 2 de diciembre. La situación recuerda a lo sucedido en marzo, se pide a la gente que “se quede en casa” a menos que sea para realizar actividades esenciales y que evite interacciones sociales en interiores o lugares privados. Los pubs, restaurantes, gimnasios o centros de fitness también tendrán que cerrar mientras que, y esto difiere del primer confinamiento, las escuelas y universidades permanecerán abiertas y tendrán clases presenciales.

Incluso con estas nuevas medidas en vigor, miles de personas seguirán muriendo de COVID-19 en las próximas semanas, dado el retraso con el que este confinamiento impactará en los contagios. Un estudio reciente del Imperial College calculó que cada día se contagian hasta 100.000 personas en Inglaterra. El pronunciado aumento de los casos y de los fallecimientos en los hospitales indica que, sin medidas severas, una segunda ola podría ser incluso más mortal que la primera y durar más tiempo.

Tal vez aquellos que mantenían hipótesis de que la segunda ola de la pandemia de gripe de 1918 se debió al aburrimiento y el cansancio estaban en lo cierto. El país está confinado de un modo u otro desde finales de marzo. El desempleo está aumentando y la economía sufre un lento estrangulamiento. Los sacrificios hechos en primavera han tenido poca o ninguna recompensa, sólo más malas noticias y menos esperanza. Inglaterra se encuentra ahora ante el día de la marmota, gobernada por políticos que prefieren seguir a la opinión pública antes que liderar.

Inglaterra sigue el mismo camino que el resto de Europa y las otras tres naciones que forman el Reino Unido. Francia, Alemania e Irlanda han puesto en marcha restricciones muy estrictas para reducir el crecimiento exponencial de los casos de coronavirus. Irlanda del Norte, Gales y Escocia se adelantaron tratando de evitar los errores ya cometidos por retrasar el paso a la acción y cortaron la transmisión con premura. Sin embargo, estas tres naciones dependen del gobierno del Reino Unido para la ayuda económica que permita apoyar las restricciones económicas en vigor, limitando su capacidad de continuar aplicando sus medidas más allá del permiso concedido, que acaba de extenderse un mes más.

Todos los gobiernos del mundo se enfrentan a una paradoja derivada de la pandemia de COVID-19, un dilema habitual en salud pública: evitar que la pandemia se extienda al tiempo que se los culpa por aprobar medidas que salvan vidas, o esperar antes de promulgar estas medidas y que luego los culpen por muertes que podían evitarse. La decisión del gobierno del Reino Unido de retrasar un nuevo confinamiento con la esperanza de que sea mejor para la economía desafía la realidad: retrasar la acción sólo ha llevado a un confinamiento más largo y estricto. Puede parecer que, ante esta paradoja y agotado por los meses de trabajo que le esperan, el gobierno está a punto de rendirse sin un plan o estrategia claras para sobrevivir en un mundo definido por la COVID-19.

Mientras tanto, podemos oír a locutores de radio que defienden la inmunidad de las células T (un asunto que remite a la ciencia y los datos, y no al debate y la tormenta de ideas) y señalando en dirección al supuesto éxito de Suecia. Pero al mismo tiempo, los casos en Suecia aumentan de manera preocupante y el país pide a sus ciudadanos que eviten el transporte público, que no visiten a nadie en sus casas y que sigan las normas sobre el distanciamiento social y el lavado de manos. 

Es hora de dejar de discutir sobre la gravedad de la COVID-19 o sobre si las pruebas PCR funcionan. Es hora de llegar a un acuerdo, de marcar objetivos comunes que todo el mundo apoye: proteger el sistema sanitario para todos, una recuperación económica sólida, asegurarse de que los colegios permanezcan abiertos y minimizar los contagios y la mortalidad. En lugar de centrarnos en la repetición interminable de aquello que no tiene arreglo, como si se cancela la Navidad o no, deberíamos fijar nuestra atención en las soluciones. La verdadera pregunta no es qué queremos, sino cómo podemos lograrlo.

Hay pocas opciones aplicables a todos los países. Si se intenta cocer el virus “a fuego lento” y que la sociedad pueda seguir funcionando a un cierto nivel, el aceptable, los ciclos de bloqueo que estamos viendo se repetirán una y otra vez. El virus es muy contagioso y conlleva una tasa de hospitalización muy alta. Eso provoca una carga para el sistema sanitario, en personal y recursos y obliga a los gobiernos a adoptar medidas duras, crudas y reactivas, para reducir la propagación del mismo y mantener la capacidad de reacción a los servicios sanitarios. Somos testigos de estos ciclos.

¿Qué pasaría si se levantan todas las restricciones y se deja que el virus se extienda rápidamente entre la población? Hay quienes podrían ver esto como un cálculo aceptable de coste-beneficio: “la vida de vuelta a la normalidad” para millones - especialmente la gente más joven y de mejor salud - a costa de la muerte de miles. Este enfoque no sólo es poco ético, inmoral, sino que nos llevaría por un camino peligroso. Si se permitiera que el virus se propagara sin límite, es probable que los sistemas sanitarios colapsaran bajo esa presión, lo que provocaría un pánico y una incertidumbre generalizadas. Lejos de salvar la economía levantando las restricciones existentes, esto terminaría por perjudicarla más. La gente probablemente llegaría a temer las consecuencias de participar en actividades sociales y económicas al ser testigos de los efectos del coronavirus y de las deficiencias de los servicios de salud en la atención de familiares, vecinos y amigos.

De hecho, un grupo de expertos del en el que acabo de participar junto a los directores generales de algunas grandes empresas como Unilever y Alpro, detectó que el miedo al virus está cambiando el comportamiento de los consumidores: el perjuicio económico para sus empresas es elevado porque, mientras el virus circule, el comportamiento de los consumidores será diferente.

La mejor opción, para la salud y la economía es adoptar un enfoque de “máxima supresión”, lo que significa reducir las cifras de contagios lo suficiente como para evitar un confinamiento tras otro. Lo crucial es que esto no significa un bloqueo real, sino una estrategia similar a la que se ha visto en Asia oriental y el Pacífico: controles fronterizos más estrictos para evitar que el virus llegue del exterior, educación a la ciudadanía sobre cómo evitar lugares repletos de gente y, lo que es más importante, un sistema efectivo de pruebas, rastreo y aislamiento. Esto incluiría apoyo económico, pagando generosamente a quienes den positivo con el virus para que se queden en casa.

El Reino Unido estuvo bien posicionado a finales de junio para seguir adelante con un escenario como este. La prevalencia entonces era baja. No logró que la estrategia que mantenía las cifras bajas y protegía ante la infecciones diese resultado. En lugar de actuar en solitario, el Reino Unido necesita cooperar con sus vecinos de Europa para llegar a un enfoque regional compartido. Los países africanos han funcionado bien a nivel regional, al igual que los del Asia oriental y el Pacífico. No parece factible en este momento que pueda aplicarse una estrategia de cooperación, pero con un invierno muy duro por delante para toda Europa, puede que en primavera sea más probable que suceda. Los países pueden darse cuenta de que el único camino a seguir es el de la unión, y una estrategia que pase por detener la transmisión comunitaria dentro de las fronteras nacionales es el camino menos difícil en esta crisis económica y social.

Todos podemos hacer cosas a pequeña escala que tienen un impacto colectivo. No hemos aplicado medidas de distancia social ni nos hemos puesto la mascarilla porque el gobierno nos lo diga, sino porque nos preocupamos por familiares y amigos, por el lugar en que vivimos. Esa preocupación se traduce en que nos centremos en lo que podemos hacer de manera segura y no nos obsesionemos con lo que no podemos hacer.

Cada país ha aprendido, pagando un alto precio por ello, que es fácil calcular el precio a pagar por la COVID-19 a la baja. Este virus es tan peligroso porque lo mismo que puede condenar a muerte a alguien puede no provocarle síntomas a otra persona. El mundo ha cambiado por su culpa. Podemos mirar al pasado y ponernos en duelo o mirar hacia delante y buscar sistemas nuevos, modelos de negocio, relaciones y rutinas.

¿Cómo construir un mundo más seguro y sano para todos? ¿Cómo cambiar de vida de modo que eso sea posible? ¿Qué liderazgos necesitamos para la próxima pandemia? Integridad, competencia, amabilidad, compasión, empatía, visión y trabajo duro: esas parecen ser las características de los líderes que cuentan con el apoyo de las poblaciones que gobiernan y de los países que lideran a lo largo de esta crisis.

La profesora Devi Sridhar es jefa del departamento de salud pública global de la Universidad de Edimburgo. 

Traducido por Alberto Arce

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