De los motivos religiosos de la posguerra al pop de la Transición: la evolución estética de un país a través de los carteles de San Isidro
Cualquier excusa es buena para dar un paseo por La Latina un día de diario por la mañana y pasarse por el poco conocido Museo de los Orígenes de Madrid, que además es gratuito. Sumamos en este artículo otra buena razón para hacerlo: visitar la exposición Carteles de San Isidro. La imagen de las fiestas, que se puede ver en la segunda planta del museo hasta el próximo 20 de septiembre.
En 1947 el Ayuntamiento de Madrid convocó un concurso para elegir el cartel de fiestas con un premio de cinco mil pesetas para el artista ganador y dos finalistas. Un modelo que se mantendría durante los siguientes años y cuyas añadas alimentan la exposición del Museo de los Orígenes,. El jurado estaba conformado por el alcalde, los concejales del ramo y, a partir de 1951, por un representante de le Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Los alcaldes de las dos primeras décadas de posguerra fueron el Conde de Santa Marta de Babio y el Conde de Mayalde.
La de San Isidro fue una festividad popular mucho más sencilla de asimilar para el franquismo que la del Dos de Mayo, que por su componente levantisco siempre tuvo un encaje complicado y trató de fundirse con la festividad religiosa de la Cruces de Mayo. San Isidro, sin embargo, era una romería religiosa y profundamente popular que había trasladado la imagen de un Madrid interclasista desde el Antiguo Régimen, por lo que era adecuada para la España del momento. Los motivos de los carteles fueron folclóricos (lo goyesco), costumbristas (los isidros, que eran desde antiguo los visitantes de los pueblos a la romería) o religiosos.
La muestra hace un ejercicio simple pero efectivo: reúne los carteles –oficiales y aspirantes– por momento históricos, permitiendo al visitante captar de manera intuitiva la evolución de los gustos estéticos desde los años cuarenta hasta casi la actualidad. Los contextualiza además con los textos de las salas, que introducen los cambios temáticos, estilísticos y técnicos del cartelismo a lo largo del tiempo. Para otra ocasión queda, sin embargo, descender algunos escalones más en lo que los patrones estéticos nos cuentan de periodos tan importantes y cambiantes de la historia de España como son el franquismo y la transición a la democracia. El paso que media de musealizar la cultura a la historia cultural.
Sería interesante, por ejemplo, profundizar en la biografía de los cartelistas que se presentaron al concurso en la primera posguerra. Muy presente en la exposición está por ejemplo Ricardo Summers Ysern Serny, importante dibujante que ya había tenido un papel reseñable durante los años veinte y treinta en la prensa gráfica española. Su trabajo, muy centrado en la figura humana, dialoga con la imaginería falangista en cuyas publicaciones participó después de la guerra.
A partir de mediados de los cincuenta y durante la década de los sesenta se empiezan a incorporar objetos festivos y cotidianos a los carteles. La técnica más habitual, igual que en los primeros años, fue la témpera –hasta cinco colores– y la litografía. Estos condicionantes técnicos influyen en que la cartelería, con colores planos y bien escogidos, sobre fondos sólidos, se hayan mantenido muy modernos. Las formas menos realistas y más geométricas empiezan a abrirse paso, dejando, poco a poco, atrás el realismo más propio de una posguerra en la que el primer franquismo quiso huir de los aires de vanguardia.
La exposición llega propiamente hasta 1980 aunque incorpora al final una serie de carteles que llegan prácticamente hasta nuestros días. La explosión creativa de los últimos años del franquismo y la Transición se leen perfectamente en la estética de los carteles. Si uno se fija bien, aprecia como la estética de los vinilos de rock de la época han viajado hasta los carteles anunciadores. Tiempos de offset y temáticas urbanas que, en algunos casos, han quedado más pasados que sus predecesores, como quedaron antiguos el zoom de las películas o las hombreras de las americanas.
Poco se le puede reprochar a la exposición, que cumple sobradamente con el propósito de ordenar estéticamente la publicidad institucional de las fiestas de San Isidro. Es muy divertida de ver. El material daría, sin embargo, para otra muestra más ambiciosa, que sumara los contextos sociales en los que se desarrollaron los diseños y diseccionara sus coordenadas etéticas de manera más profunda. Es, de todas maneras, un buen comienzo y un ejercicio adecuado para un museo pequeñito como el de San Isidro.