El eclipse total de 1860 que lanzó por primera vez a la gente a subirse a las azoteas de Madrid con cristales ahumados

“Muchísimas personas habían salido de la población, otras ocupaban las torres, las azoteas y los tejados, y casi todos los demás los balcones y las calles, unas y otras provistos de cristales ahumados o anteojos. Cuando la sombra llegó a su mayor incremento, el sol solo alumbraba como cuando queda en el ocaso”.

Así narraba el diario madrileño El Horizonte la expectación del vecindario madrileño ante el eclipse total ocurrido el 18 de julio de 1860. En nuestra región, el eclipse no llegó a apagar del todo el día –fue del 97 %– pero la capital de España tuvo un papel muy importante en la organización de su observación y estudio.

Aquel eclipse constituyó un hito fundamental dentro de la astronomía europea. La franja diagonal que se extiende desde las costas de Vizcaya y Álava hasta el golfo de Valencia fue el único territorio en el que se pudo ver completamente y bajo buenas condiciones atmosféricas, lo que hizo que llegaran a nuestro país más de treinta delegaciones internacionales procedentes de once países diferentes.

El eclipse de 1860 se considera el momento fundacional de la fotografía solar porque se obtuvieron las primeras fotos de la corona solar y de las protuberancias solares en la localidad alavesa de Rivabellosa. Fue la expedición inglesa, liderada por el astrónomo británico Warren de la Rue, y con la utilización del fotoheliógrafo de Kew, el primer instrumento del mundo diseñado específicamente para fotografiar el Sol.

Nuestra ciudad, como centro administrativo del país, fue el epicentro logístico, con la decisiva participación del Real Observatorio de Madrid y la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. A Madrid le tocó liderar un evento en el que la coordinación científica internacional dio un paso al frente respecto de otros anteriores.

La Real Academia de Ciencias se convirtió en el anfitrión de los astrónomos venidos de todas partes de Europa. Gestionó que las líneas telegráficas de las provincias afectadas estuvieran a disposición de los científicos para centralizar la recopilación de datos en Madrid y las excepciones aduaneras para entrar el instrumental científico necesario para las observaciones, que en algunos casos era de tamaño ciclópeo.

El Real Observatorio de Madrid ofició como centro de cálculo y distribución de mapas. Su director, Antonio Aguilar, participó en una de las dos expediciones organzadas desde Madrid, la que se encaminó al desierto de las Palmas (Castellón), que contó con la presencia del prestigioso astrónomo italiano Pietro Angelo Secchi. La segunda expedición, también organzada por el Observatorio de Madrid (liderada por el astrónomo de la institución Eduardo Novella junto con profesionales internacionales), se dirigió al Moncayo. Los dos grupos tuvieron gran seguimiento en la prensa diaria.

Las particularidades del eclipse fueron aprovechadas por los científicos locales para agudizar el ingenio y llevar a cabo distintos experimentos. El botánico Miguel Colmeiro, director del Real Jardín Botánico, estudió si el oscurecimiento repentino influía en los movimientos de apertura y cierre de las plantas consideradas “excitables” o “sensibles”. Los resultados arrojados demostraron que las plantas observadas – la mimosa púdica, el guayacán, el culle rosado o la falsa acacia – no variaban su comportamiento durante los eclipses.

El eclipse de 1860 fue utilizado por la España isabelina para tratar de situarse en el contexto internacional de la modernidad y la ciencia. Este esfuerzo del gabinete, encabezado en ese momento por Leopoldo O'Donnell, se ve bien a la luz de la coincidencia de otros hechos como la adopción del Sistema Métrico Decimal ese mismo año, la consolidación de la red de telegrafía –que tan necesaria fue para organizar la observación astronómica– o la expedición científica americana que el propio O'Donnell lideró en 1962.

Pero el fenómeno solar congregó también la curiosidad popular de forma inusitada y la prensa tuvo un decisivo papel divulgativo. El fenómeno supuso un antes y un después en la recepción popular de la ciencia que fue posible por, entre otras cosas, una influencia del periodismo sin precedentes hasta la fecha. Así lo recuerda en su biografía el propio Santiago Ramón y Cajal, que entonces era un niño de solo ocho años y lo vio en Ayerbe (Huesca):

“El eclipse de sol del año 60 había sido anunciado por los diarios y fue esperado por la gente con gran impaciencia. Muchas personas, protegiendo sus ojos con cristales ahumados, corrieron hacia colinas donde podían ver el eclipse con mejor comodidad. Llegó la hora anunciada y los cálculos se cumplieron con exactitud. Durante el eclipse, la inquietud llena toda la naturaleza, como me hizo observar mi padre. Para animales y plantas el eclipse es una contradicción, como si de repente las fuerzas naturales que gobiernan su vida fallaran. Comprendía que el hombre tiene en la ciencia un instrumento poderoso de previsión y dominio”.

Los cronistas, que habían afinado su pluma en otras lides, utilizaron sus habilidades para narrar el evento científico como si de un acontecimiento social o político se tratara. Valga como ejemplo este fragmento de La Época:

“Durante el eclipse se ha notado un horizonte despejado, una atmósfera limpia y diáfana; al llegar a su apogeo el ambiente había refrescado, las aves volaban tocando casi la superficie del suelo, y hasta hemos llegado a ver algunos murciélagos. La población de Madrid ha tomado la parte que era natural para saciar la curiosidad de observar un fenómeno que no se reproduce sino con intervalos de siglos. Los hombres de la ciencia nos darán pronto el resultado de sus observaciones en el Observatorio astronómico y detrás puntos donde han concurrido las comisiones del gobierno”.

Llegaron otros eclipses y, medio siglo después, el cometa Halley haría correr toda la tinta del país, convirtiéndose en un auténtico fenómeno social. No sería, sin embargo, la primera vez que la gente corriente se sumaba a la fiebre de la astronomía popular y seguía con interés masivo la crónica científica. Ya había sucedido en 1860 y, aunque la ocultación total del sol duró poco más de tres minutos, ya nunca más se puso de la misma manera para quienes aquel día lo obervaron mirando un balde de agua o ahumando los cristales que tenían por casa.

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