La plaza desconocida de Tetuán donde debutó Manolete, torearon anarquistas y que explotó durante la guerra
Las fachadas de la calle de Bravo Murillo hacen en su acera de los impares –a la altura del metro de Tetuán y del número 297– un curioso dibujo. Se retiran hacia atrás dando forma a una plaza adornada con jardines en el centro y rodedeada de plazas de aparcamiento vacías. A su alrededor, algunos comercios –hasta cuatro peluquerías o centros de estética– y un par de pasadizos que comunican con la trasera calle de Ceuta. En uno de ellos, arriba, hay una placa que se lee a duras penas. Dice: “Aquí estuvo ubicada la plaza de toros de Tetuán. 1900-1936. Junta Municipal de Tetuán. 2 de junio de 1988”. Los edificios, de principios de los años setenta, parecen querer respetar la ausencia del antiguo inmueble y susurrar al paseante el secreto de la vieja plaza de toros olvidada.
Dejando al margen las consideraciones éticas que a cada uno de nosotros pueda suscitar la misma práctica de torear y matar reses, es innegable el papel central que las corridas de toros y la plaza tuvieron como hito urbano en el eje de una barriada periférica que estaba desarrollándose, precisamente, en aquellos momentos.
Félix Morales Parra cuenta en Tetuán de las Victorias (1960) que la primera plaza se construyó en 1870 por iniciativa de don Ramón (al que denomina “el secretario”). Al parecer, cuando las obras estaban ya muy avanzadas, fue asesinado por unos desconocidos y el incipiente coso pasó a las manos de Manuel González y, luego, de sus hijas, que la destinaron a parador, tal y como recogió el erudito de la tauromaquia Cossío. En aquel tiempo la plaza no debía ser más que un gran corralón anejo a dicho parador, pero, poco a poco, fue sufriendo reformas que le dieron forma de plaza de toros al uso. En 1899, siempre según Morales, fue adquirida por Antonio Beltrán Berrás, que la reformó para inaugurar el siglo con una plaza ya con todas las letras. Todavía viviría una reedificación más, en 1928, que daría lugar a la última de las plazas del lugar, la de más fuste de toda la serie histórica.
Los años de mayor lustre torero del lugar fueron, al parecer, los de Domingo González Dominguín, que empleó los ahorros de su carrera como torero para arrendar la plaza de Tetuán –después lo haría con numerosas plazas en toda España y hasta en México–. Llenaron entonces los carteles de la plaza, de estilo neomudéjar, primeras espadas como Cagancho, Manolo Bienvenida o Domingo Ortega.
Los tres hijos del empresario jugaban a los toros con otros niños de la barriada en la plaza. El más exitoso de todos, acabaría siendo Luis Miguel. Los otros dos, Pepe y Domingo, también templaron armas en los ruedos. Sin embargo, lo más significativo de la carrera del hermano mayor, Domingo, son sus vaivenes políticos. Falangista de primera hora en los años treinta, se hizo comunista tras conocer a varios exiliados republicanos en México y financió el Mundo Obrero. Durante estos años, dirigió también Unión Industrial Cinematográfica SA (UNINCI), involucrada en la empresa de llevar de vuelta a España a Luis Buñuel para rodar Viridiana.
Morales Parra cuenta, en el apartado más puramente local, la historia de la llamada becerrada de La Lata, celebrada cada año por iniciativa de una peña tetuanera formada por veinticinco socios. El día de la becerrada cerraban todos los comercios de Tetuán de las Victorias y era jornada de gala en el vecindario. La becerrada de La Lata estaba dirigida por el matador Tomás Alarcón Manzzatinito, que moriría cogido por un toro en 1916.
Antes de la becerrada se producía un encierro en el que los vecinos participaban sobre caballos, asnos y, según relata el cronista, hasta bicicletas. La fiesta continuaba ya entrada la noche en un establecimiento cercano llamado Casa Franco. Las becerradas fueron muy habituales en la plaza de toros de Tetuán y a través de ellas se introdujeron en la capital toreros que, en algunas ocasiones, llegarían a ser primeras figuras. El caso más sonado es el de Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, más conocido como Manolete, que debutó en Madrid en la plaza de toros de Tetuán como novillero un 1 de mayo de 1935.
Además de Manolete, que luego sería un símbolo del franquismo, pasaron por allí algunos profesionales de la tauromaquia que hoy nos sorprenden por su adscripción política. Es el caso del banderillero granadino Francisco Galadí, al que el historiador Francisco Javier Fernández Andújar sitúa actuando en la plaza, con la cuadrilla del diestro Eduardo Navarro, a la altura de 1933. Galadí sería asesinado una madrugada de agosto del 36 en algún lugar del camino de Víznar a Alfacar y su cuerpo comparte fosa perdida con Federico García Lorca. O Melchor Rodríguez, luego conocido como El Ángel Rojo por su actuación como delegado general de Prisiones durante la guerra, que fue alcalde de la capital durante los días 28 y 29 de marzo de 1939. Rodríguez, miembro de CNT y FAI, sufrió una cogida en Tetuán el 4 de agosto de 1918 que le obligó a dejar los ruedos.
La plaza de toros de Tetuán de las Victorias fue durante el primer tercio del siglo XX, junto con los merenderos, uno de los alicientes que los madrileños del centro tuvieron para visitar el extrarradio. La afluencia debió ser cada vez mayor y los servicios de tartana, ómnibus y tranvía, también. Buen indicio de ello es una imagen inmortalizada por el fotógrafo alemán Willy Pragher que muestra a unos turistas a las puertas de la plaza en 1932. ¡Turistas en Tetuán!
José Gutiérrez Solana describió en un artículo titulado Corridas de toros en Tetuán (Madrid, escenas y costumbres, 1913), el ambiente festivo de un día de corrida en la plaza y sus alrededores. “En el mismo edificio hay una taberna llamada El Cubanito. En las plantas bajas de las casas inmediatas a la plaza hay otras tabernas con nombres sacrílegos: La Iglesia y La Sacristía”, enumera. Habla de la gente con la entrada general (a dos reales), detrás de las barreras; y de las autoridades en el palco, donde saca el pañuelo el concejal y “se ven dos tipos de comerciantes: uno con bigotes caídos de chino, otro jorobado, que ha venido a la plaza montado en un caballo pretencioso”. En la plaza, dice con su característico estilo tremendista, han muerto profesionales del toreo y también algún espectador “atravesado por un estoque, lanzado por un toro al tendido”.
La descripción del escritor deja entrever algo que fue una constante de los toros desde que su versión moderna se asentara entorno al siglo XVIII, su calidad como foto ritualizada del gradiente social de cada momento. Lejos quedaron ya los tiempos en los que el toreo era cosa aristócrática, pero ahora es la municipalidad y son las élites del barrio periférico quienes se sientan en los lugares preeminentes de la plaza. En 1907, por ejemplo, el dueño era el tabernero Eulogio Antón, lo que se corresponde bien con la foto de los pequeños notables del modesto ámbito del extrarradio, cuya nómina estaba nutrida por comerciantes.
Dentro de esta poliédrica foto de la sociedad, a través del espectáculo de masas y el ocio mercantilizado para la clase trabajadora, la cuestión de género también ocupa un lugar no exento de paradojas. Desde el XVIII, la presencia mujeres de todas las clases sociales en las plazas de toros había asombrado y escandalizado a los viajeros que visitaban nuestro país. En la pequeña escala social que representaba el entorno de Tetuán de las Victorias, se reproducían los usos atravesados por la división de género que se producían en las grandes plazas. Era habitual que las mujeres fueran protagonistas, especialmente, en las corridas benéficas. Durante la becerrada de La Lata, cuenta Morales Parra, las muchachas de Tetuán acudían ataviadas de mantilla, mantón de manila y ocupaban el palco presidencial, tal y como sucedía con las mujeres de las clases medias y altas en las corridas de la Beneficencia de la capital.
Los toros eran expresión de las quiebras de género pero también un ámbito donde las mujeres ocupaban el espacio público. “La corrida era foro donde se expresaban las preocupaciones sobre la virilidad de la nación y, a la vez, la existencia de mujeres toreras ponía en cuestión las normas convencionales del género”, en palabras del historiador Adrian Shubert en su Historia social del toreo.
El 25 de junio de 1908 el ministro maurista Juan de la Cierva suspendió una corrida en la plaza de Tetuán de las Victorias invocando las leyes de protección a la mujer por la presencia en el cartel de Salomé Rodríguez La Reverte, una diestra que había adquirido cierta fama desde hacía más de una década. La prohibición se extendió al resto de mujeres toreras y el caso hizo correr ríos de tinta. Rodríguez peleó en los tribunales su derecho a seguir toreando e, incluso, declaró ser un hombre llamado Agustín Rodríguez. Volvió a torear como mujer durante los años de la Segunda República, siendo ya muy mayor. El caso de La Reverte es particularmente llamativo porque incluye una posición de disidencia de género poco habitual en la época, pero fue relativamente frecuente la presencia de toreras en las plazas de toros de España.
El perfil secundario del coso y el carácter obrero de la barriada hizo que la plaza fuera alquilada con cierta frecuencia para celebrar becerradas y novilladas recaudatorias para sociedades y sindicatos obreros a principios del XX,. Así sucedió con trabajadores del tranvía, peluqueros, zapateros... O con el Centro Republicano del Distrito de Buenavista o el Centro Federal Republicano del Sur de Madrid, según recoge Shubert.
Muy del gusto de la época era el toreo cómico, una evolución de las llamadas mojigangas del siglo XIX que congregaba a espectadores de todas las edades. El 9 de junio de 1916 se presentó en Madrid –y, sí, fue en Tetuán– el espectáculo de Carmelo Tusquellas Forcén, alias Charlot. Después de que le propusieran doblar las escenas de toreo de Charles Chaplin en el rodaje francés de la película Parodia de Carmen, empezó a imitar en el ruedo al popular caricato, dando origen al personaje y a todo un género, el de la charlotada. La plaza de toros fue, adicionalmente, escenario de otros entretenimientos populares como veladas de boxeo o bailes.
Como sucedía con los merenderos, la plaza fue también un elemento central en la fisonomía y la vida diaria de los habitantes del entonces suburbio de Chamartín de la Rosa. Alrededor de la plaza se multiplicaba el comercio callejero, de por sí habitual en los alrededores de Bravo Murillo durante las primeras décadas del siglo XX. El entorno de la plaza fue uno de los elementos más característicos y de mayor efervescencia social del extrarradio más allá de su función concreta.
La tauromaquia no ha sido, como pretenden algunos de sus valedores, una manifestación ancestral y casi inmutable de lo español. Precisamente por ello, porque fue adquiriendo los atributos de los espectáculos de masas contemporáneos –como el deporte o el cine– sirve para ver en las corridas reflejos de su sociedad. No fueron pocos los intelectuales del siglo XIX que vieron en los toros un atavismo atado al atraso español o una muestra de la frivolidad que nos había conducido a la decadencia, como Joaquín Costa, César Graña, Baroja, Azorín, Cecilia Böhl de Faber o Concepción Arenal. También hubo un movimiento de oposición relacionado con los derechos de los animales encarnado en la Sociedad Protectora de Animales de Madrid, que se creó en 1874. Siempre hubo debate social acerca de los toros, partidarios y detractores. De lo que no cabe duda es de que la plaza se convirtió en uno de los polos de acción de las afueras de Madrid y nos habla de su historia.
Durante la guerra debió tener varios usos, uno de ellos, como polvorín, lo que llevó a que una explosión accidental la destruyera parcialmente. En la inmediata posguerra hubo varios intentos de reconstruir y poner en funcionamiento de nuevo la plaza, pero al contrario de lo que sucedió con la plaza de Vista Alegre (Carabanchel), los proyectos quedaron en agua de borrajas y la plaza fue derruida en los años cincuenta. Hoy, como decíamos al principio, una placita y una placa en un lugar poco visible recuerdan con poco éxito que en pleno Bravo Murillo hubo una vez una plaza de toros.