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Adán, nuevamente expulsado del paraíso

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Desde mi ya lejana juventud padecí problemas de integración social, difíciles de disimular, por no haber sabido integrarme ciegamente en las tribus urbanas, las que te otorgan, sin mayor esfuerzo, ese confortable sentimiento de pertenencia a un grupo. Dejé de ser católico desde el instante en que me pregunté a qué religión pertenecería si en lugar de en Ourense hubiese nacido en el Tibet o en Bagdad; y dejé de ser patriota cuando comprendí que el patriotismo es sólo la consecuencia de un accidente geográfico. Que ser fiel a una religión o ser gallego no comportaba ningún mérito personal mío, sino que dependía exclusivamente de la decisión de mis padres... heredada de los suyos, en un mecanismo hereditario que se perdía en la noche de los tiempos.

La pertenencia a un grupo ayuda a no pensar, que es la base de la felicidad del idiota. Es la masa crítica de la tribu la que tiene clasificados por ti los problemas y las soluciones correspondientes. Y tu felicidad se incrementará cuanto más delegues en el grupo. Sólo los fieles de las otras tribus se preguntarán desde afuera cómo puedes hacer cosas tan inexplicables o absurdas, como justificar los crímenes o la rapiña por patriotismo, como creer que la virgen del Rocío es más milagrera que la de Montserrat, o viceversa. Dispuestos a pensar por uno mismo salen cosas así de extravagantes.

Yo mantengo abierto este blog, entre otras razones, por mi manía de contemplar el mundo como espectador, por no tener ni dios ni patria ni rey. Con mi mujer ya tengo bastante. Algún día os conté que en los guateques yo era el que ponía los discos, no por mi especial pericia como disc jockey sino por mi incapacidad para componer mentalmente mi imagen allí, en medio del sarao, contoneándome convulsivamente al ritmo de la música, por culpa de un insuperable sentido del ridículo.

Por los mismos días, también los porritos de la risa circulaban en el círculo de mis amistades, lo que nos convertía en sociedad secreta y solidaria. Y hasta existía un cierto rito de iniciados en la forma en que se sujetaba el porro y se daba una inacabable calada, como un diminuto botafumeiro, con los ojos místicamente entrecerrados. Pero inexplicablemente a mí nunca me dieron risa y me sabían mal, a sucedáneo estropajoso de tabaco, y me parecían patéticos los amigos que se retorcían a carcajadas convulsivas bajo sus efectos, con los ojos inyectados en sangre, lo que me abocó a disimular cobardemente, a sufrir por ello en silencio una suerte de sentimiento de impostor, de intruso, de espía venido del otro lado de la razón.

También me hubiese gustado ser fan de un equipo de fútbol, entre otras razones porque bajo la dictadura era un síntoma inequívoco y peligroso de desafección al régimen el preferir la ópera al fútbol. Y porque si no eras de un equipo, tus amigos te clasificaban inmediatamente entre los raros. Como a mi madre sólo le preocupaban mis pecados, y a mi padre, las notas del colegio, me lanzaron a esta vida huérfano de afición al fútbol, espectador de amigos que misteriosamente se iban haciendo seguidores en la lejanía del Barcelona, del Real Madrid o del Athletic de Bilbao, sin que yo alcanzara a comprender muy bien las razones de su repentina conversión. Y la razón es que no había razones. Uno era de un equipo, como podía ser católico o mahometano, por un mecanismo irracional de fidelidad que te acompañará hasta la muerte, aunque tu equipo sea contumaz en la derrota, manque pierda reiteradamente, o aunque tu dios sienta un extraño placer en matar a tu hijo bajo las ruedas de la carroza de la cabalgata de los reyes magos, para castigar el intolerable delito infantil de perseguir caramelos interfiriendo en su trayectoria.

El otro día, por ejemplo, se jugó en Barcelona un partido de fútbol entre las selecciones de Cataluña y Nigeria. Se llenó la mitad del estadio. Los optimistas dicen que estaba medio lleno; los pesimistas, que medio vacío. Los infieles del fútbol y de la religión de las patrias, en cambio, no teníamos palabras para explicar el acontecimiento, dónde clasificarlo, si en el deporte, el folclore, la política o la esquizofrenia. El seleccionador de Cataluña es un holandés que, después de muchísimos años en España, habla el español como los indios cherokees de las películas, y el catalán, como Aznar, en la intimidad de su labio superior. Cuentan las crónicas que allí se vivieron dos partidos: el de fútbol, que apenas alcanzó la categoría de un partido de segunda B, y el de las gradas, con reivindicaciones independentistas y pancartas que hacían alusión al “nuevo Estado de Europa de la nación catalana”. Una juerga, vamos. 

Si a ti te parece una necedad como un piano que una comunidad autónoma como Cataluña, en quiebra técnica, y que ha batido el récord histórico de deuda autonómica con 43.954 millones de euros, tenga en plantilla por una pasta vergonzosa a un seleccionador de fútbol cuya selección jamás jugará un solo partido que traiga para Cataluña una gloria deportiva homologable, si piensas eso es que no eres creyente y ves el fútbol como un mero espectador. Porque, al igual que ocurre con las religiones, si al asunto del fútbol le aplicas la razón, José Mourinho, por ejemplo, te parecerá un tipo desagradable, maleducado, antideportivo y una completa nulidad sin la ayuda de Cristiano Ronaldo. Pero si acudes al fútbol con el espíritu de las apariciones de la virgen en El Escorial, con el ánimo de los creyentes, tu vida cambiará, y creerás ver una señal divina en la expulsión temprana del portero Adán como aviso celestial por haber sido apartado Iker Casillas como titular.

Unos creen ver en el Real Madrid, por ejemplo, tan solo un equipo de fútbol, y otros, creen ver en su entrenador una prolongación de su carácter y la sublimación de sus complejos. Depende de si te encuentras entre los fieles o entre los espectadores. El tal Mourinho dejó en el banquillo al portero de la selección española, y los descreídos solo vieron en ello una muestra de sus ansias de aprendiz de dictador. ¡Santo cielo, mira que es complicado esto del fútbol!

Dicen que el verdadero poder es el que se ejerce de manera arbitraria. El que no tienes que justificar, como le ocurrió a Mourinho ante sus afición malhumorada con el castigo a Casillas y la tomadura de pelo subsiguiente a los periodistas deportivos. Como el de los dictadores, que no están obligados a responder de sus actos ante nadie; como los gobiernos que utilizan infundadamente el derecho (¿) de amnistía con los corruptos de su partido condenados por los jueces a varios años de cárcel; o como el de dios, que te puede condenar a muerte, enfermar, empobrecer o matar a tu hijo la víspera de Reyes sin explicación alguna, por su puro capricho.

Yo, de Mourinho, andaría con más cuidado, porque creo haber visto los designios de su dios en esta segunda expulsión de Adán, esta vez del paraíso madridista. Para que luego digáis que el fútbol no tiene nada que ver con una religión.

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Meditación primera para hoy:

En mi carta a los Reyes Magos, les había pedido la III República, pero me trajeron unos cabrones envueltos en un lacito rosa, “por haberme portado mal”, según sus majestades. La notita en el zapato añadía: “Y no te comas los cabrones de golpe, que te tienen que durar toda una legislatura”.

Meditación segunda:

“Dios, Siria y Bashar son suficientes”, gritaban ayer en pie, aplaudiendo entusiasmados, los miembros de la Asamblea siria, antes del comienzo de un nuevo discurso del dictador. Dios, patria, rey... ¿dónde habré oído eso antes?

Meditación tercera:

¿Os imagináis el estado de orfandad en qué habrán quedado también los juguetes destinados al niño muerto en la cabalgata de Málaga? Os recuerdo el primer verso de la Elegía para mi muerte del poeta José María Valverde, dedicado a ese primer día fatal, a ese desencuentro definitivo: “Se quedarán mis cosas sin mí desconcertadas”.
La historia tremenda de unos juguetes desconcertados que jamás llegarán a conocer a su dueño.


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