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Hablemos ahora del Santo Prepucio


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Menos mal que mi madre ya no está en este mundo, que si no el Papa se iba a enterar. Se iba a enterar el Papa, escrito con mayúscula, aunque los de la Real Academia, nuestra Loca Academia de la Lengua, digan ahora que se escribe con minúscula. ¡Con minúscula! ¡Un papa de Roma en minúscula! Como si el sumo pontífice fuese, diría mi madre adicta a los crucigramas, una planta herbácea de la familia de las solanáceas. Como si fuese un tubérculo. O el padre de un niño gitano. O una moneda corriente, como dicen en El Salvador; o un tomate, o una cosa fácil de hacer, como dicen en Argentina y Uruguay; o fuese mentira, como dicen en México; o, lo que ya sería el colmo, ¡una mujer!, como dicen coloquialmente en Uruguay. Una papa, vamos. Entre las ocurrencias de este Papa y semejante desprecio por parte de la Real Academia hacia la majestad del padre santo, mi madre volvería a morirse del disgusto después de largarle cuatro verdades al farsante de Roma.

Para empezar, a estas alturas del año mi madre ya tendría organizado su pequeño belén junto a la repisa del televisor, con su mula y su buey, apenas más grandes que el Niño, y unos reyes magos, el negro siempre detrás, cargados de oro, incienso y mirra. Me la imagino boquiabierta, mirando intermitentemente con estupor al belén y al noticiario de la televisión mientras oye que Benedicto XVI niega la posibilidad de que una mula y un buey hayan podido calentar con su aliento el pesebre donde nació el niño Jesús. A mí, la verdad, siempre me pareció una guarrada el aliento de esos bichos en la cara de nuestro salvador, sobre todo del buey, que se baba mucho, pero  mi madre, que era muy limpia, aguantaba lo que fuese con tal de que su dios no pasase frío nada más venir al mundo, allí medio en pelotas en un pesebre. ¿Y los Reyes Magos? ¿Y la estrella? También pura imaginación popular, fantasías que ni siquiera existen en los ya de por sí fantasiosos evangelios, según el nuevo libro de Ratzinger.

Hay que joderse. Bueno, eso lo digo yo. Mi madre diría: ¿Quién le mandará a este Papa -ella hablaba de él en mayúsculas- meterse donde no le llaman? ¿Acaso este Papa es más papista que todos los papas anteriores? ¿Con qué cara nos vamos a mirar mañana los de la Asociación de belenistas, con nuestros ridículos bueyes y mulas en la mano (“como un gilipollas, madre”), estrellas sin cola que los modernos llaman supernovas, y reyes magos de mentirijillas que nos costaron una pasta gansa? ¿Como voy a dejar al Niño sin el calor de la mula y el buey, con lo fría que está la intemperie en diciembre, por mucho que lo diga el mismísimo Papa?

Hacía muchos años que se lo venía diciendo a mi madre. Que la estrella errante, los magos cargados de regalos fabulosos y la mula y el buey eran pura fantasía. Y que me explicara, además, en qué se gastaron después María y José la pasta fabulosa de los regalos, el oro que trae Melchor, el incienso de Gaspar y la olorosa mirra del rey Baltasar, pampanitos verdes, hojas de limón... Pero ella no me hacía caso, quizá porque yo había perdido mi escasa autoridad ante ella metiendo en el mismo lote de reproches que las vírgenes nunca pueden ser madres, y menos una señora que solo practicaba el sexo ¡con las palomas! Me quería mucho, pero por ahí no estaba dispuesta a transigir.

A falta de mi madre, que en gloria esté, el Ratzinger me va a tener que oír a mí. Y debería empezar por decirle que ya padecemos bastante crisis económica, con las ventas deprimidas y los negocios languideciendo, con la amenaza soterrada de boicoteo de las compras por parte de los funcionarios sin paga extra de Navidad, para que venga él ahora a suprimir de un plumazo el negocio de los villancicos, dejar a las grandes superficies de ventas sin el fun, fun, fun de la banda sonora de nuestras compras, y sobre todo, dejar sin sentido la tradición de los regalos de reyes. ¿Cómo les explicamos ahora a los tenderos y a nuestros hijos y nietos que los Reyes Magos nunca existieron, que los regalos los comprábamos nosotros de nuestro bolsillo, y que ya se están conformando este año con la compra de una pelotita y una muñeca de trapo?

Porque, vamos a ver. Él, el farsante de Roma, sabe tan bien como yo que lo del pesebre, el pequeño Mesías, la virgen madre y el cornudo de san José en una choza de Belén son más falsos que un premio Planeta. Pero, hombre, si ya había conseguido lo más difícil, como es persuadir de tamañas insensateces a gente crédula y entrañable como mi madre, ¿qué más le daba a él que siguieran creyendo también en la mula, el buey y unos magos de oriente guiados por una estrella que no hacen mal a nadie, y sí mucha ilusión?

Pues yo creo saber por qué: porque lo mejor del negocio navideño se lo llevan los grandes almacenes y los bancos, y apenas caen las sobras en los cepillos de las iglesias. En cambio, ni por asomo se le ocurre al Papa meterse con los grandes pozos de dinero con los que se financia la Iglesia, como son Fátima, Lourdes o Santiago de Compostela, por poner unos ejemplos notables. Los montajes de Fátima y Lourdes, descaradamente falsos, inventados por párrocos sin escrúpulos cuya manipulación de niños intelectualmente indefensos debería haberles llevado directamente a la cárcel, producen un río inagotable de dinero mediante un negocio repugnante montado sobre el aprovechamiento de las miserias humanas. Millones de tullidos y deficientes físicos y mentales intentando comprar los favores de la madre de dios, administrados por una clerigalla insaciable.

En Santiago de Compostela, el otro pozo inagotable, ya no creen ni en Santiago Apóstol. Pero todos continúan celebrando con disimulo a un santo comercial y turístico que jamás ha sido enterrado allí, a donde acuden todos los Papas para interesarse por la marcha del negocio y animar, de paso, las ventas y donaciones. No hace mucho supimos, gracias al turbio asunto del ladrón del Códice Calixtino, que los cepillos de la catedral ingresan decenas de miles de euros diarios. ¡A ver si tiene huevos el Benedicto para escribir un libro sobre el fraude de unos huesos del siglo V enterrados en el fondo de ese pozo del que mana una fortuna y que, en el colmo de las paradojas, pertenecen a un hereje!

La grandeza de la fe es que te hace ver a un director espiritual donde los demás vemos un pederasta, a un santo padre donde es evidente que se trata de un soltero farsante al que le repugna ser padre, o a un dios bondadoso cuando el resto sabemos que si existiese sería más malvado e insensible que el más miserable de los hombres. Por eso la clerigalla actúa sin complejos, como los políticos incombustibles, insensibles al ridículo, porque la razón jamás podrá contaminar su mundo de fantasía.

Por poner un ejemplo ridículo (y hablar de ridículo, tratándose de religiones, es ya como un triple salto mortal) tenemos el negocio de las iglesias y capillas que alojan el Santo Prepucio, ese pellejito de la parte superior del pene que al parecer le cortaron al niño Jesús, como era costumbre entre los judíos. Karlheinz Deschner, en su Historia sexual del cristianismo nos recuerda que el dominico A. V. Müller escribió en 1907 un libro titulado El sagrado prepucio de Cristo, en el que cuenta que al menos trece lugares de la Tierra “se vanaglorian de poseer el auténtico prepucio divino: el Lateranense y los de Charroux -junto a Poitiers-, Amberes, París, Brujas, Bolonia, Besançon, Nancy, Metz, Le Puy, Conques, Hildesheim y Cálcala”. Todos auténticos, según la Iglesia. Todos imposibles, según el sentido común.

Aquí, entre nosotros: ¿no os parecen demasiadas pollas para un soltero? Yo, con la mitad, ya me sentiría como dios. Y mi mujer, ni os lo cuento. ¿Cómo una Iglesia que practica con saña la represión sexual de sus adeptos puede adorar y exprimir, no uno sino trece auténticos santos pellejos prepuciales de su dios? ¿Como se puede mantener sin rubor tan colosal invento y no morir de vergüenza?

Fátima, Lourdes, Santiago de Compostela, santos prepucios, advocaciones de vírgenes milagreras en todos los rincones de la Tierra, cadáveres incorruptos de santos, money, money, money, todos haciendo caja para el Vaticano. Y mientras, el Papa dedicándose a escribir libros para decirnos lo que ya sabíamos: que lo de la mula, el buey y los reyes magos es una pura fábula. Sólo falta un empujoncito, y que su dios le ilumine para llegar a la conclusión de que no existió jamás ningún Jesús nazareno nacido en un pesebre de la unión contra natura de una mujer virgen y una gaviota.

Perdón, ese es el niño Rajoy: el pájaro que hizo al niño Jesús era una paloma.

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(Meditación para hoy:

En tiempos de crisis todo el mundo habla de la Botella medio vacía o medio llena. Pero vayamos un paso más allá. Seamos valientes. ¿Vosotros qué diríais: que la Botella es medio tonta o medio lista?)

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