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Fútbol de barrio en Nueva York

4 de julio de 2026 22:10 h

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Una pelota cruza el cielo. Sale, no se esperaba, del estadio, cruza los pulcros barrios acartonados blancos por el cielo de New Jersey, no lejos de la casa de Tony Soprano. Gira en el Turnpike para entrar en la ciudad de Nueva York. Atraviesa la isla de Manhattan, las zonas pobres en los bordes de la isla, donde los campos de fútbol conviven con las canchas de basket, pequeños playgrounds, rodeados de una valla, donde son presentes las marcas del tiempo y de las infinitas batallas contra la droga. Atraviesa de nuevo el río del este, la opulenta zona de los Brooklyn heights, la caótica ciudad re-gentrificada del entorno de Fulton, luego más allá Atlantic/Pacific, sube por Flatbush, da la esquina a las esquinas sofisticadas del Park Slope y aledaños, supera la Biblioteca pública, el museo, el jardín botánico, y cae hacia las zonas caribeñas, ya al sur del parque. Se posa allí, un domingo por la mañana, temprano. En pequeños grupos, los jugadores se organizan, comparten café, calientan mínimamente, se distribuyen vestidos de camisetas que delatan los afectos y los deseos: Messi, Mbappé, Yamal, Neymar. Se autoorganizan para jugar hasta que las fuerzas aguanten.

Vienen de semanas muy largas, muchos de ellos son guatemaltecos, salvadoreños, panameños, mexicanos, algunos jamaicanos, también, algún haitiano, pero no tantos, a pesar de que al sur del parque hay una gran comunidad caribeña y africanos que han llegado a la ciudad más recientemente. Se mueven ahora con mucho cuidado, aún con más cuidado. Alguien a veces observa si hay desconocidos en vehículos oscuros merodeando la zona. No es el peor momento, porque durante el Mundial hay una tregua tácita, pero todos recuerdan historias de jóvenes jugadores retenidos en una cita rutinaria, en Cincinnati o en Houston, de padres arrestados camino del estadio en East Ruherford New York, no lejos de aquí, en el mismo lugar donde se juegan los partidos del campeonato. Ha pasado un año. Las redadas y las prácticas de Stop and frisk, (parada y detención) que la policía de Nueva York ya realizaba años atrás y que han vuelto hace unos meses, se han relajado. Tregua tácita. Pero es importante levantar la mirada, no hacia Dios, sino hacia Parkside Avenue, o hacia South Park West, a un lado y a otro, por si hubiera algún movimiento. Parece que ahora no.

Se trabaja mucho, cinco, seis días a la semana. Muchos de ellos en la hostelería, en los talleres de automóviles de Bensonhurst, de Red Hook, en el territorio salvaje de las naves industriales, muchas ya abandonadas, y las amplias avenidas vacías y deshabitadas cerca de la costa de Brooklyn. Si trabajan en la construcción, por ejemplo, saben que los puntos de contratación informal, los grandes aparcamientos del Home Depot, donde un gran hombre blanco los selecciona para subirlos a una furgoneta descapotada, hay también redadas en las que los agentes delimitan racialmente, por el aspecto, por la lengua, a veces incluso por el acento, a aquellos a los que es preciso separar e interrogar. Hay un voto particular transparente en el Tribunal Supremo para estas prácticas.

Para ellos el fútbol representa exactamente lo contrario que para el espectador burgués. El juego es un espacio de expresión y también de comunidad. Muchas veces el único espacio, con la iglesia, donde se pueden desarrollar relaciones horizontales, formas de cooperación, algún tipo de fraternidad. Por eso la práctica del fútbol, el deporte proletario por excelencia, al que casi nadie jugaba en los Colleges y para el que no hacía falta equipamiento ni cancha, es un extraño momento de igualdad, de la que participan el polaco de Fort Greene, el italiano de los Heights, los caribeños de Flatbush, los latinos de todo el barrio de Brooklyn, NY. El baloncesto era otra historia, el deporte de los huecos entre edificios de los barrios negros en los 80 y los 90 convertido en el juego de los cool guys, de los hoosiers militarizados en el estado de Indiana, el norte del sur. Un mundo de entrada rígida, aún cuando quieras jugar solo en sesiones libres, como las que hay por ejemplo en la sexta avenida en Manhattan.

Ahora mismo, mientras van camino del trabajo, a través de la confusa red del metro de Nueva York, ven en el teléfono, otra vez, los tres, los cinco goles de Messi. Viven el deporte de otra manera, porque lejos de ser espectadores de televisión por cable y butaca, perciben en el juego una posibilidad, imaginan poder hacer al menos uno de los recortes o ese efecto de rosca que nunca sale, pero que las estrellas parecen realizar casi sin darse cuenta. A veces una de esas parábolas se produce en una falta, en un remate, en un centro, una mañana de niebla junto a Prospect Park, y queda en la memoria, como la idea de que tal vez sea posible otra vez. Vuelve a ver la jugada. Para ellos el fútbol, el jugado y el observado, que son una realidad y la expectativa que genera o al revés, no es el espectáculo de masas que sin duda es, sino un cierto espacio de expresión y de comunicación abierto, de equipo fuera. Siguen además las diferentes ligas, con un afecto que es la proyección imaginaria del deseo de una vida, de un mundo mejor, a veces solo la palabra Barcelona. Y si son salvadoreños, por ejemplo, observarán con todas las distancias a México y se alegrarán de su derrota, porque tendrán la memoria de las goleadas de la Concacaf y de la prepotencia con la que los equipos de Centroamérica son vistos por su hermano mayor. Y se alegrarán y se sentirán próximos a la Argentina, cuando venza otra vez a México. Si son mexicanos, sin embargo, mantendrán una desconfianza constante, a veces consecuencia de los celos, de esa misma Argentina, que ven como una fantasía blanca, europea, fuera de lugar. Como si no existieran Gualeguaychú, Río Gallegos, Formosa, Tucumán.

A veces unos y otros tienen una relación ambigua con España y ven en el equipo de fútbol, una alegoría representativa de la nación. Otra fantasía. Y sienten una proximidad por Pedri, Yamal, por ciertas formas de fútbol poesía, que en parte perciben como suyos, hablados en el mismo idioma, como si España aún fuese una posibilidad latinoamericana. No ven el fútbol como Helenio Herrera, otro latinoamericano, quien declaró, tal vez en una provocación que indignó a Pasolini, que el fútbol cumplía una función narcótica, cuyo sentido último era impedir la protesta y la revolución de las barriadas obreras. Como las canchas de baloncesto en los barrios negros de Nueva York, en los años 70. Para Pasolini sin embargo esos grupos de jóvenes de las barriadas eran la Italia real, no la acomodada de los colegios religiosos de Milán o Turín, sino la que caóticamente se organizaba para jugar al fútbol en el suburbio abandonado de El Trullo. La presencia de la Italia meridional en el norte, en la otra Italia. Una simplificación, claro, pero tal vez estos otros muchachos encajados a la fuerza en categoría de “latinos”, constituyan una Latinoamérica real, más allá de America, “America-América”, más allá de la España que se imaginan, que tanto los ignora. Tienen en el fútbol un espacio de expresión, de juego más allá de las necesidades y las urgencias, de comunidad relativamente fraternal. No lo ven, desde luego, como un mero espectáculo comercial, federativizado, rancio, reaccionario. Y se acercan así al Mundial, tan lejos de El Salvador, de Guatemala, de Honduras, que verán en fragmentos en los teléfonos, a veces en los garajes de amigos, en las urbanizaciones modestas donde han conseguido algo de paz y una yarda, para ver si esta vez es posible, que hagan algo los nuestros.

(Para Ale, Nelson y Víctor, salvadoreños, en otro lugar).