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Con las crisis en la boca

Se les llama “millennials”: son la generación que parecía destinada a disfrutar de un destino lleno de prosperidad y bienestar, niños y niñas que nacieron entre los ochenta y los noventa y que tenían todo a su favor. Nacieron en un mundo en permanente crecimiento e incluso según algunos sin ideologías: una felicidad perpetua. Bajo esa suposición estudiaron, se graduaron, terminaron su formación y justo cuando empezaban a posicionarse en el mercado laboral se les cayó encima el sistema financiero mundial. Los banqueros del mundo especulando con su futuro hicieron que les explotara la felicidad, impidiendo que llegaran a saborear lo prometido.

Lo ha contado una película, Flores en la basura, que todos deberíamos ver cuando pase el confinamiento. Muestra una generación que debería estar luchando por sus sueños y haciéndolos realidad, con un trabajo y una familia nueva. Y que, sin embargo, está viviendo en la precariedad, trabajando en los bares cuando estaban abiertos, sin oportunidades para aportar a la sociedad la magnífica formación superior que obtuvieron.

Una amarga realidad arruinó sus proyectos de vida, y ahora que parecía que levantaban cabeza, la explosión de esta nueva les deja sin aliento. ¿Están condenados? ¿Tendrán que vivir siempre en la provisionalidad y la incertidumbre, ausentes en las redes? Carles Manera, presidente del Consejo Económico y Social de Baleares sugiere que les hablemos no de la generación de sus padres sino de la de sus abuelos, que es la mía también. Quienes crecimos en una situación de racionamiento de la comida, teniendo que emigrar para al final llegar a una democracia desde una dictadura perversa, podemos dar una lección sencilla, aprendida en la vida, que se puede contar para que los millennials no sean una generación perdida.

Los abuelos de hoy coincidimos con ellos en que hemos invertido un gran esfuerzo en formación, y en tener que afrontar la precariedad en todos los ámbitos de la vida. Lo importante, entonces y ahora, es no ser nunca una generación rendida. Hay que tener y emplear toda la fuerza contra un sistema que ha sido la ruina, no dejarse dominar ni en lo económico ni en lo político. Ser rebeldes, con ideas y con un poco de utopía, necesaria para luchar con fuerza.

Bordoni nos recuerda que cuando termina una crisis, otra pasa a ocupar su lugar. O tal vez se trata de la misma: una inmensa crisis que se autoalimenta y se metamorfosea con el tiempo, transformándose y regenerándose. Como sabemos por experiencia, vivir en un estado de crisis constante no es agradable, pero mantiene nuestros sentidos vigilantes y en alerta, preparándonos psicológicamente para una realidad quizás inevitable: que las crisis han venido para quedarse.

Para salir de las crisis es esencial la capacidad del Estado para ejercer el poder, y que la Política pueda cambiar las cosas, sin que se escapen de su control efectivo esas fuerzas supraestatales como las finanzas y los mercados, que saben quedarse fuera de toda norma y actuar según su exclusivo interés. En las crisis es cuando más se detectan los déficits del poder: si no tiene un control efectivo sobre esos flujos, la consecuencia es la incapacidad para actuar. Y se pone de manifiesto lo difícil que es elegir el modo de proceder para que se pueda aplicar la terapia adecuada.

Hoy se acusa duramente de incapacidad a las personas que nos dirigen, cuando el problema es que hace falta una solución viable que permita compaginar y compensar poder y política. Porque la típica separación de poderes que todos hemos estudiado ha quedado maltrecha de tanto que la han contaminado.

Donde se vive con más crudeza esta situación es en los lugares en que habitamos. Bauman usó una metáfora muy explícita para explicar lo que ocurre en las ciudades actuales: son una especie de grandes cubos de basura, en los que esos poderes que viven en sus espacios de flujos arrojan los problemas que crean: migración, contaminación, especulación urbanística, transportes y tantas otras cuestiones, que obligan a dar respuestas muy complejas. Y eso abre el camino a la anti-política, como alerta Balibar: un peligroso camino de populismos y nacionalismos de desbastadoras consecuencias. Y por ello, en las crisis es fundamental intervenir a tiempo para corregir fallos y recuperar la confianza que los hechos dramáticos han podido deteriorar, logrando reestablecer vínculos fuertes entre el Estado y la ciudadanía.

Por eso defiendo que una generación tan bien formada como la de los millennials tiene futuro si configuramos entre todos un modelo que pueda cambiar costumbres, trabajo, propiedad y sentidos para un futuro compartido, reindustrializando lo que se fue de nuestras vidas. Relocalicemos empresas que la globalización desplazó a otros lugares para explotar a los que vivían sin derechos. Rediseñemos nuevos espacios dando sentido a la vida más allá del desear siempre más. Aprendamos a conformarnos con un trabajo con futuro, un mercado laboral estable y una propiedad compartida. Sin meter en la mochila más de lo que necesario para caminar en nuestro día a día. De dinero, solo el preciso como medio de intercambio, para cubrir los costes del mantenimiento diario de todas las familias. Así surgirá la ayuda, el compañerismo o la participación, y habrá menos enfrentamientos por cosas que cambian de valor cuando ya no son de utilidad.

No consintamos que la generación de millennials se rinda. Démosles la oportunidad de vivienda, de trabajo o de tener familia e hijos, para que puedan como lo hicieron sus abuelos. No fue sencillo superar dictadura y monopolio capitalista, con una concentración de poderes que impedía gritar libertad y derechos. Es algo que no debemos olvidar, sino recordar cada día, porque el grito de libertad y rebeldía les dará el derecho que fortalecerá sus vidas. No es un sueño. Soy de la generación que nunca dio una partida por perdida.

Se les llama “millennials”: son la generación que parecía destinada a disfrutar de un destino lleno de prosperidad y bienestar, niños y niñas que nacieron entre los ochenta y los noventa y que tenían todo a su favor. Nacieron en un mundo en permanente crecimiento e incluso según algunos sin ideologías: una felicidad perpetua. Bajo esa suposición estudiaron, se graduaron, terminaron su formación y justo cuando empezaban a posicionarse en el mercado laboral se les cayó encima el sistema financiero mundial. Los banqueros del mundo especulando con su futuro hicieron que les explotara la felicidad, impidiendo que llegaran a saborear lo prometido.

Lo ha contado una película, Flores en la basura, que todos deberíamos ver cuando pase el confinamiento. Muestra una generación que debería estar luchando por sus sueños y haciéndolos realidad, con un trabajo y una familia nueva. Y que, sin embargo, está viviendo en la precariedad, trabajando en los bares cuando estaban abiertos, sin oportunidades para aportar a la sociedad la magnífica formación superior que obtuvieron.