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Del discurso del odio a la violencia

Juan Guirado

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Las sociedades democráticas se sostienen sobre un principio fundamental: la convivencia entre personas diferentes. Cuando ese principio se erosiona mediante discursos que señalan, estigmatizan y convierten a determinados colectivos en enemigos públicos, las consecuencias no tardan en aparecer. Lo que comienza como una campaña de confrontación verbal termina traduciéndose en agresiones, persecuciones y violencia física.

Los recientes acontecimientos registrados en Ceuta y distintos puntos del país muestran con preocupante claridad un fenómeno ampliamente estudiado por la sociología, la criminología y los organismos de derechos humanos: la transformación del discurso extremista en violencia real.

Durante las últimas semanas, grupos organizados han protagonizado acciones dirigidas contra personas migrantes en diversos enclaves de Ceuta. Entre otras actuaciones, se han denunciado ataques a asentamientos informales, la quema de refugios improvisados en zonas como Benítez, El Trampolín o El Tarajal, así como acciones de persecución y señalamiento de personas migrantes o entidades sociales que ayudan a niños, niñas y mujeres en situación de vulnerabilidad.

No se trata únicamente de episodios aislados. Lo preocupante es el clima social que los hace posibles. Cuando determinados mensajes presentan a colectivos enteros como una amenaza colectiva, cuando se habla de “invasión”, “sustitución” o “peligro migratorio” de forma constante y sin matices, se genera un terreno fértil para que algunos individuos concluyan que la violencia es una respuesta legítima.

La historia reciente demuestra que los ataques físicos rara vez aparecen de forma espontánea. Antes existe un proceso gradual de deshumanización. Primero se cuestiona la pertenencia de determinados grupos a la comunidad. Después se les responsabiliza de problemas complejos. Finalmente, algunos individuos terminan creyendo que actuar contra esa persona o un determinado colectivo, está justificado.

Pero el fenómeno va más allá de las personas migrantes. Ciudadanos españoles de confesión musulmana, vecinos nacidos en España con ascendencia magrebí o simplemente personas con apariencia árabe han denunciado situaciones de acoso, insultos y agresiones. El prejuicio opera sin distinguir nacionalidades, trayectorias personales ni grados de integración. La sospecha colectiva sustituye al conocimiento individual.

Uno de los ejemplos más estremecedores tuvo lugar en Ceuta cuando un niño de ocho años resultó herido tras recibir un disparo de perdigones efectuado presuntamente por individuos encapuchados organizados. La imagen de un menor convertido en víctima de un clima de hostilidad colectiva debería servir como señal de alarma para toda la sociedad.

En este contexto, la reciente agresión sufrida por Hamza en la localidad murciana de Mula —donde denunció haber recibido un botellazo en la cabeza—, ilustra de manera perfecta cómo funcionan los mecanismos de radicalización social.

Según los relatos difundidos públicamente y manifestados, los insultos precedieron a la agresión física. La frase atribuida a los agresores contiene varios elementos clásicos de los delitos motivados por odio: “Moro de mierda, vas a pagar por lo de Ceuta, te voy a matar a ti y a tu familia”.

Desde una perspectiva de análisis social, este comportamiento revela tres mecanismos fundamentales:

  • El primero es la colectivización de la culpa. Hamza deja de ser percibido como una persona concreta, con nombre, historia y derechos propios. Se convierte en representante involuntario de un colectivo al que se atribuyen responsabilidades que no le pertenecen. Bajo esta lógica, cualquier persona identificada como musulmana o de origen magrebí pasa a ser culpable de los acontecimientos ocurridos en otros lugares.
  • El segundo mecanismo es la deshumanización. El uso de insultos racistas pretende degradar la condición humana de la víctima. Diversos estudios han demostrado que cuando una persona deja de ser vista como un igual resulta más fácil justificar la violencia contra ella.
  • El tercer elemento es la construcción de una supuesta amenaza existencial. El agresor se convence de que actúa en defensa propia o en defensa de la comunidad, aunque la realidad no respalde esa percepción. Es precisamente esta lógica la que explica por qué determinados discursos extremistas terminan desembocando en comportamientos violentos.

La Región de Murcia no es ajena a esta realidad. En los últimos años, organizaciones sociales, entidades de defensa de los derechos humanos y organismos especializados hemos alertado sobre distintos episodios de tensión y racismo que evidencian la necesidad de fortalecer las estrategias de prevención y convivencia.

Frente a esta situación, la respuesta debe producirse en varios niveles de forma simultánea:

  • En primer lugar, corresponde a las autoridades policiales y judiciales investigar con rigor cualquier posible motivación discriminatoria. Los delitos de odio no solo atacan a una víctima concreta; buscan enviar un mensaje de miedo a toda una comunidad.
  • En segundo lugar, las instituciones públicas, Ayuntamiento de Mula, Gobierno y Asamblea Regional, tienen la responsabilidad de condenar de manera firme y unánime cualquier manifestación de racismo o xenofobia. La ambigüedad, el silencio o la minimización de estos hechos pueden interpretarse como formas de tolerancia frente a la violencia.
  • Finalmente, la sociedad civil, los medios de comunicación, las asociaciones vecinales y los colectivos ciudadanos deben contribuir a desmontar los relatos que presentan a determinados grupos humanos como enemigos colectivos. La convivencia se construye reconociendo al otro como vecino, compañero de trabajo, estudiante o ciudadano, no como una amenaza abstracta.

Las democracias no se rompen únicamente por los actos violentos que llegan a ocupar titulares. También se deterioran cuando el odio se normaliza en conversaciones cotidianas, discursos públicos y espacios digitales. Las palabras tienen consecuencias. Lo que se tolera hoy en el lenguaje puede convertirse mañana en agresión física.

Por eso, la defensa de los derechos humanos no es solo una cuestión jurídica. Es sobre todo un compromiso ético y una responsabilidad compartida por toda la sociedad. Frenar la espiral del odio antes de que produzca nuevas víctimas constituye una responsabilidad compartida por instituciones, partidos políticos, medios de comunicación y ciudadanía.

Porque cuando una sociedad permite que una persona que convive en nuestro barrio, municipio,... sea atacado por su origen, su religión o su apariencia, no solo pierde la víctima. Pierde la comunidad entera. Y recuperar la confianza quebrada siempre resulta mucho más difícil que protegerla a tiempo.

¡¡Solidaridad y Justicia para Hamza!!